QUIEN CITA HA DE SEGUIR LA NORMA IMPRESA/IMPUESTA
(EL LIBRO DE ESTILO ES ÓPTIMO CANON),
HASTA EL TORO DE LIDIA TIENE NOMBRE
Reconozco que no he visto ni “Los domingos”, de Alauda Ruiz de Azúa, ni “Torrente, presidente”, de Santiago Segura; ergo, no tengo opinión (ni fundada, ni sin fundar) sobre ambas películas. Ahora bien, sí he escuchado comentarios y leído críticas sobre las dos cintas. En “El eco de nuestro llanto”, rótulo de la tribuna libre que leí el pasado sábado 21 de marzo de 2026, en la página 15 del suplemento BABELIA de EL PAÍS, que lleva la firma del maestro (vocablo que se queda corto, merecería más, quizá la voz guía fuera más ajustada) Gregorio Luri, cabe pasar la vista por lo que su nieto le dijo: “Les da caña a todos y se ríe de todos”. Mis amigos Pío y Diana coincidieron básicamente en el parecer con el deudo de Luri y añadieron: “No deja títere con cabeza”, locución que, al día siguiente, por la mañana, me llevó a releer los capítulos XXV, XXVI y XXVII de la segunda parte del “Quijote” cervantino, los correspondientes al retablo o teatrillo de maese Pedro y su mono adivino (que no es otro que el pícaro Ginés de Pasamonte, oculto tras el parche de tafetán verde).
Asimismo, en “Los malentendidos”, de Rosa Montero, pieza (confío, deseo y espero que no se moleste conmigo Álex Grijelmo por haber decidido este menda echar mano de dicha voz, pieza) que cabe leer en la página 74 del número 2.582 de EL PAÍS SEMANAL, de ayer, domingo, subrayé estas líneas: “Desde luego Ruiz de Azúa es una genia, un alma compleja en tiempos de simplezas, una inteligencia poliédrica capaz de atrapar los infinitos matices de la realidad, lo cual facilita que haya una diversidad de interpretaciones, pero no deja de inquietarme al menos un poquito que amigos muy cercanos hayan visto una película completamente diferente a la que he visto yo. Pardiez, me digo; pero cómo puede ser, si para mí está todo tan claro. Y si ahí no nos entendemos en absoluto, ¿en cuántas otras cosas somos divergentes sin saberlo?”.
Está claro, cristalino, que la verdad es la manzana que exhibió sobre la palma de su mano izquierda, al inicio de cierta conferencia proverbial, el filósofo José Ortega y Gasset. Todos los espectadores (excepto los ciegos, si es que había alguno presente en la sala) y oyentes (salvo los sordos, claro) observaron y escucharon las referencias que hizo el pensador español sobre la pieza (aquí Grijelmo seguramente no se incomodará) de fruta, pero ninguno tuvo una perspectiva global o total de ella. Cada quien la vio desde su prisma o punto de vista, la butaca en la que estaba sentado. He ahí la base del perspectivismo orteguiano.
Hoy se suele decir que cada persona es un mundo; y, asimismo, que todo mundo es un poliedro. También se escucha argumentar que todos somos un claroscuro o, mejor, un muestrario o colección de ellos.
Y eso, un largo claroscuro, es lo que me parece la crónica titulada “El PSOE observa las elecciones andaluzas bajo la lente de la ‘dulce derrota’ en Castilla y León”.
Nuria Labari, en “El ultraconservadurismo de la delgadez extrema”, que leí ayer, en la página 7 del suplemento IDEAS de EL PAÍS, dejó escrita esta verdad: “Las actrices son referentes estéticos y culturales, capaces de crear moda (norma) y marcar tendencia”. Bueno, pues, mutatis mutandis, el mismo argumento sirve y vale para los periodistas (sobre todo, si trabajan en EL PAÍS), que pueden ser tomados como arquetipos, dechados o modelos por otros compañeros de redacción o estudiantes de periodismo.
José Marcos (que no es el evangelista; y, por ende, su palabra no es tomada por la de Dios) es buen y mal ejemplo de lo afirmado por servidor arriba, el claroscuro.
José Marcos entrecomilla: “’El resultado de Castilla y León, donde no olvidemos que el PP lleva 39 años de gobiernos ininterrumpidos, nos insufla oxígeno pero es un espejismo. En Andalucía nos vamos a volver a dar de bruces con la realidad’, augura el secretario general de una federación del PSOE”. A los lectores de EL PAÍS no nos interesa si era moreno o rubio, con pelo o calvo, nos importa conocer quién le dijo eso al periodista, su nombre, Fulano de Tal, Mengano de Sal o Zutano de Cal. “’Que Alfonso Fernández Mañueco crezca más de 50.000 votos y cuatro puntos de apoyo [hasta el 35,5%] después de comerse a Ciudadanos es para hacérnoslo mirar, porque nosotros hemos subido del 30% al 30,7% y ganado 14.000 votantes, tampoco vamos a echar las campanas al vuelo’, añade mientras recuerda que la ventaja del PP en 2022 era inferior a un punto y medio”. Seguimos sin saber quién le hizo esa confidencia a José Marcos. “’A nadie le amarga un dulce pero este resultado no nos saca de pobres, percibo demasiado triunfalismo’, coincide el secretario de Organización de una federación potente”. Es una lástima, pero ya he guardado el disfraz de Sherlock Holmes (y hasta el de Mortadelo) en el armario. Así que no me voy a poner a hacer averiguaciones sin mi lupa especial, que es experta en hallar huellas de acertijos. Si José Marcos no puede darnos la información pertinente, distintiva y relevante debe decirnos el porqué. Pudo decirnos que quien le informó al respecto pidió el anonimato, porque el sujeto en cuestión temía recibir represalias, por ejemplo.
José Marcos hace lo correcto cuando entrecomilla lo aseverado por los mencionados Roberto González, Miguel Muñiz, Enrique del Olmo, Carlos Méndez y Wooby Jacques.
Marcos vuelve a incurrir en los mismos yerros cometidos antes cuando señala que “otro líder territorial advierte contra la fórmula de los ministros candidatos…” o cuando entrecomilla un texto del que se “lamentaba un dirigente de la tierra”.
Nota bene
Las/os periodistas de EL PAÍS deben ser inteligentes y seguir la norma impresa e impuesta, EL LIBRO DE ESTILO.
Martín Caparrós, en “La palabra inteligencia”, que leí ayer en la página 6 de EL PAÍS SEMANAL, sostiene que “la inteligencia, tan indefinible, se puede definir como una cruza de esas dos aptitudes: la capacidad de elegir entre muchas la mejor opción, la de juntar elementos que parecían distantes y lograr algo nuevo en esa síntesis”.
Ojalá no vuelva la burra al trigo. Me explicaré. El periodista deportivo (televisivo y radiofónico) Alfonso Azuara solía usar este latiguillo o muletilla “y vuelta la burra al trigo”, cuando alguien, un contertulio, verbigracia, volvía al tema que ya había sido tratado, clausurado, al campo que había sido cosechado, o incurría en el mismo error que él había señalado.
Ángel Sáez García