A MI AMIGO JOSÉ MARÍA, “MARI”,
QUE CUBRE SU CABEZA CON SOMBRERO
He recordado numerosas veces (pero acaso me haya quedado corto, o sea, hayan sido menos de las que hubieran resultado necesarias, por ser su contenido cabal y prudente) lo que dejó escrito, negro sobre blanco, el monje benedictino Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, en el párrafo 35 (no 37; por tanto, convendría que alguien procediera a enmendar este y otros errores que aparecen en la Wikipedia sobre el fraile en cuestión) del discurso décimo tercero, titulado “De lo que sobra y falta en la Física”, del volumen VII de su “Teatro crítico universal” (mas, insisto, el párrafo susodicho acarrea tanta enjundia o sustancia nutritiva para el intelecto que a pocos les sabrá mal, por la reiteración, que lo rememore hoy aquí una vez más: “Así yo, ciudadano libre de la República Literaria, ni esclavo de Aristóteles, ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre, con preferencia a toda autoridad privada, lo que me dictaren la experiencia y la razón”.
La próxima vez que vayamos por la calle juntos “el cuarteto de cuerda” (he dado en llamarnos de esa guisa, porque los cuatro, incluido De Pablo, tenemos cuerda para rato; cuando nos juntamos, tocamos todos los palos de la baraja, todos los temas, humanos y divinos, aunque no resolvamos ninguno de los que acucian y aquejan a nuestros conciudadanos y a los congéneres de otros países del orbe; en plata o a la pata la llana, que nos gusta darle a la mui o sinhueso), conformado por “los Luises” (Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez), José María, “Mari”, y servidor, quien redacta y firma abajo estos renglones torcidos, el atento observador (ora sea o se sienta ella, él o no binario) del hecho concreto, identificará al momento, claramente, a quien hoy, domingo 29 de marzo, cumple años, porque, seguramente, calará sombrero.
Ignoro cuál es el quid, la razón. Nunca he considerado ni importante ni pertinente preguntárselo. A mí me bastaría y satisfaría escuchar, sin que se lo hubiera tenido que interrogar, que lo lleva por el sencillo y respetable argumento de que le gusta. Me consta que hay personas que, para no perder un gramo de seguridad en sí mismos, llevan en el bolsillo derecho de la americana que visten, si son diestros, y en el izquierdo, si son zurdos, una castaña, una nuez o unos cuantos alfileres o imperdibles (como eso ocurre en el filme “Sucedió en Manhattan” (2002), donde el candidato al Senado Christopher Marshall, papel que interpreta Ralph Fiennes, los acarrea en dicho lugar); así que puede haber también quienes cubran su cabeza con cuanto les sirva de amuleto o talismán.
Las personas que llevan boina lo hacen por diverso motivo. En cierta ocasión, le escuché aducir a un usuario de ellas que, en su caso, no se trataba de una moda, sino que su uso tenía fundamento, porque el frío no solo nos entra a los seres humanos por los pies; también lo hace por la cabeza; y por esa razón él se la cubría con boina.
A mí, la verdad, poco me importa que Mari lleve o no sombrero. A mí lo que me importa, de veras, es que ahora ya es mi amigo (y lo tengo por tal). Al principio, cuando lo conocí, era amigo de Luis Quirico y a mí ese motivo me servía y bastaba para tratarlo como tal. Ahora, tras algunas horas más de vuelo, lo trato así, porque, por sus hechos, por sus frutos, se ha hecho digno acreedor de serlo.
Uno, un día llegó a la conclusión de que tiene dos familias; una, la consanguínea o por afinidad, la propiamente dicha, y otra, la conformada por los amigos, que ha elegido que lo sean, por dos circunstancias, sobre todo, por su generosidad y por su lealtad.
Ergo, como hoy, domingo 29 de marzo, Mari cumple años, deseo que no le falte mi felicitación ni mis palabras de cariño sincero en dicha jornada. Por ende, agradecido, de corazón, ahí van, junto con la dedicatoria de este texto, mis ¡muchas felicidades!
Ángel Sáez García