El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Un abrazo eviterno ha dado Bego

UN ABRAZO EVITERNO HA DADO BEGO

Qué razón abriga ese dicho castellano que airea esta verdad, que acoge el aforo y contiene las dimensiones de un coso taurino medio y hasta las de un campo de fútbol de Primera División, de que no hay mal que por bien no venga; que, en el caso concreto que me dispongo a narrar, ha venido acompañado, acompasado y apoyado por ese otro adagio o apotegma que predica que las cosas no son cómo empiezan, sino cómo concluyen.

Hoy, como todos los lunes, he acudido a la tienda donde prestan sus servicios y brindan una atención exquisita a su clientela Bego y Mila, Mila y Bego. Cuando he terminado de hacer la compra o gestión, a la hora de despedirme de ellas, le he preguntado a Mila si le había gustado el texto en el que aparecían ambas citadas y les había entregado unos días antes de que fuera publicado en mi bitácora. Y ha salido del mostrador y me ha dado un beso en la mejilla. Yo no me he animado a dárselo a ella, pero se lo he agradecido sobremanera. Como Bego refunfuñaba, porque la había convertido o metamorfoseado en él en una camarera (acaso Bego fingía, no la conozco tan bien como para colegir, de modo indudable, que había echado mano de la ironía o usaba el sarcasmo, cuando se mostraba enfadada; yo no entendía su enojo, mera salida de pie de banco, porque cualquier trabajo es digno, siempre que no se realicen actividades delictivas o denigratorias, ora para sí misma/o, ora para las/os demás), le he echado en cara que era ella la que debía emular el gesto de Mila, esto es, seguir su senda, salir del mostrador y darme otro ósculo. Y, oh, sorpresa, me ha admirado, me he quedado patidifuso, porque lo ha hecho así, pues me ha dado un abrazo auténtico, sentido, señero, sincero, de los de aúpa, eviterno, como hacía años que nadie del sexo femenino me lo daba. Y me he ido contentísimo, como unas castañuelas repicantes, a pasar a ordenador lo escrito durante el finde a la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela, donde las tres responsables de la misma, Pilar, Teresa y Estíbaliz, me tratan estupendamente, de maravilla.

Ciertamente, lo reconozco sin ambages ni requilorios, el susodicho abrazo de Bego se merecía un beso casto largo, pero lo he descartado un segundo antes de proceder a estampárselo en un carrillo. Estábamos en un establecimiento público, que puede devenir, por una simple síncopa o sustracción, en púbico. Ahora, cuando redacto estas líneas, conjeturo que he hecho bien, lo correcto, al procrastinarlo (quizá, sine die), porque ignoraba sus circunstancias personales. He recordado la famosa frase del filósofo José Ortega y Gasset (“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”), y creo haber salvado de la posible quema en una hoguera dos, la suya y la mía; al menos, la sutil frontera o muga que, durante ese momento crucial, un hito, sí, y hasta un mito, hemos compartido.

Así que, he pensado que tal vez convendría empuñar el BIC azul con mi diestra y dar cuenta de lo sucedido sobre unas medias cuartillas amarillas, que, si no guarda una concomitancia o relación estrecha con el beso casto luengo, puede hacer las veces de su sustituto en determinadas circunstancias.

Y aquí me hallo, en el lugar de mi casa donde acostumbro a trenzar a diario mis urdiduras o “urdiblandas”, coronando la idea que acabo de cazar al vuelo.

Me consta que hoy he recibido un empujón extraordinario. En la entrevista que le hizo recientemente Ana Fuentes a Javier Cercas, que apareció publicada el pasado domingo 26 de abril de 2026 en las páginas 50 y 51 de EL PAÍS, cabe ver el acicate y el aliciente, las palmas de las sendas derechas de Ana y Javier, en la pregunta que Fuentes formula a Cercas:

P. Otras novelas suyas también han nacido de columnas. ¿Las usa como laboratorio?”.

Y en la respuesta que este le da:

R. Sí, y como todos los laboratorios, a veces te explota en la cara. Pero un escritor tiene que arriesgar; si no se la juega, no es escritor”.

Bego, he aquí otro botón de mi osadía.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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