El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Tiene más vías de agua el ser humano…

TIENE MÁS VÍAS DE AGUA EL SER HUMANO

QUE EL BARCO QUE ESTÁ A PUNTO DE IRSE A PIQUE

Está claro, cristalino, que no marró el comediógrafo latino Publio Terencio Africano, sino, al contrario, que dio de lleno en el blanco o centro de la diana, cuando adujo por boca del personaje Cremes de su obra “Heautontimorumenos” (o “El hombre que se castiga a sí mismo”) que a cualquier persona (y, por tanto, a ti, atento y desocupado lector —ora seas o te sientas ella, él o no binario— de estos renglones torcidos, y a mí, quien ahora los compone, traza y/o trenza) nada de lo humano nos es ajeno, ni lo óptimo ni lo pésimo. Somos todos, sin excepción (y, si la hay, esta viene, precisamente, a confirmar esa regla), un cóctel o popurrí de lo mejor y de lo peor que cabe identificar, tras hallarlo, en él.

A mí, verbigracia, cuando me da por ser exigente (que es algo que me apetece a menudo), implacable conmigo mismo, severo a ultranza, no me cuesta sacarme los colores un esfuerzo extra, porque tengo el hábito de hacer cada día (costumbre que adquirí en el seminario menor navarretano, y dura y perdura diuturnamente, como aquel anuncio de otrora del conejito danzarín de las pilas Duracell), tras acostarme en la cama o meterme en el sobre, antes de conciliar el sueño, un examen de conciencia (unas noches más extenso, otras más sucinto) de mis actitudes hodiernas. Y no paso por alto ninguno de mis fallos. Gracias al Ser Supremo o a su seudónimo, el azar, no todas las jornadas del año soy así, sino más laxo y, como corolario, más indulgente.

Es público y notorio que uno empieza a conocerse, a saber cómo es, conforme hace eso mismo con los demás; y, cotejando los comportamientos ajenos y propios, forma su personalidad, decantándose, escogiendo u optando por los que más le conviene seguir, por el bien común, por ser más beneficiosos para él y el resto. Todas las personas que he conocido y conozco (barrunto que otro tanto sucederá con las que conozca en el devenir o futuro) somos más contradictorios que coherentes. Muchas veces nos comportamos de modo congruente o consecuente, pero la contradicción es la circunstancia común que siempre he advertido en los demás y en mí, a pesar del empeño que el grueso, me consta, hemos puesto en dejar de ser absurdos, disparatados, paradójicos.

Los varones, por ser menos diligentes e inteligentes que las féminas (a esta certeza llegué pronto, cuando las empecé a tratar con cotidianidad o asiduidad, en el COU y la Universidad; esa diligencia e inteligencia más despierta y natural las hace también más perversas; te aconsejo que no las maltrates, porque como una te tome ojeriza o animadversión y te guarde rencor, será vengativa; y ya te puedes atar bien los machos; quien avisa no es traidor), y, por esa razón de peso les acostumbro a preguntar a ellas por nosotros, para que me hagan un diagnóstico fiel, justo de nuestra realidad; tenemos un mecanismo procedimental simple, no complicado, como el de un reloj de precisión, por ejemplo, que así suele ser el de ellas. Somos de gustos, ideas y rutinas fijas, poco dados a los cambios. He podido comprobar que hay varones adúlteros, por supuesto, pero un porcentaje alto de ellos no son proclives a dejar a sus esposas. Sin embargo, ese tanto por ciento no es el mismo, sino mucho más alto, en las mujeres.

A los varones nos gusta lo que nos plugo y place; y, como acarreamos tantos prejuicios, solo si les hacemos caso a ellas, a que nos demos el lujo de catar y probemos, si les seguimos la senda desbrozada y abierta por ellas, cambiamos nuestro criterio, y aprendemos a apreciar que nos chiflan o flipan más cosas de las que reconocíamos al principio.

Los varones somos sujetos inseguros, como eso se desprende de la lectura de “El perseguidor”, el cuento largo que a algunos tanto nos gusta de Julio Cortázar. Cambiando lo que debe ser cambiado, a los varones nos pasa lo que Johnny Carter le confiesa a su amigo Bruno, sobre los médicos que lo cuidan en Camarillo (detrás los cuales, con ocasión de la bendita/maldita liberación de las mujeres —la polarización del juicio está a la orden del día entre nosotros—, cabe advertir que pueden ocultarse ellas; confío, deseo y espero que ninguna vea aquí un ápice o pizca que sirva como botón o muestra de mi supuesta misoginia, pues soy un inconcuso defensor de ellas, no detractor): “(…) Algunos eran modestos y no se creían infalibles. Pero hasta el más modesto se sentía seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco, para descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo, lleno de agujeros, todo, esponja, todo, como un colador, colándose, a sí mismo…”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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