El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Elogio del sujeto inconformista

ELOGIO DEL SUJETO INCONFORMISTA

Es evidente que el progreso científico-técnico, social, económico, cultural, emocional, intelectual, en resumen, humano, tiene sobre la faz del planeta azul, la Tierra, muchos partidarios (ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios). Es crucial y fundamental que siga teniendo numerosos seguidores (los conformistas se suelen quedar parados, dichosos en su cómoda inacción). El progreso no es bueno ni malo en sí mismo. Depende de qué uso hacemos de él. La medicina nuclear (utilizada correctamente) es beneficiosa, positiva; las centrales nucleares (salvo que ocurra un accidente/desastre como el de Chernóbil) son positivas; ahora bien, ¿las bombas atómicas lo son? Habrá disparidad de criterios, pero hasta quienes no son defensores, verán su parte positiva, al ser estas disuasorias (algo parecido u otro tanto cabe pensar de las tijeras de podar mayúsculas que esta mañana portaba en la mano izquierda mi amigo Vicente Aguado, a quien he visto en la tudelana calle Juan Antonio Fernández, según he barruntado, porque las llevaba cubiertas por un plástico negro, pero las orejas era inconcusas, a quien le he preguntado, con ironía, claro, si la mui del deslenguado era tan grande y tan larga, como para necesitar semejante herramienta; otra conocida suya, que le ha visto portando el citado útil, con sorna mejanera, le ha comentado que con el tal intimidaba).

Los avances que ha habido durante las últimas décadas en los ámbitos mencionados arriba han venido a hacernos la vida más fácil, aunque nos hayan traído también algún problema aparejado, inesperado, con el que no contábamos, por no haberlo columbrado u olido, como, verbigracia, la adicción que crea el smartphone.

Quien haya sido atento y desocupado lector del Nuevo Testamento, habrá pasado su vista o escuchado, más de una vez, leer al sacerdote en misa la parábola de los talentos que, en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo, en concreto, en los versículos que van del 14 al 30, dice lo que sigue:

“Es como el amo que, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: ‘Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco’. Su señor le dijo: ‘Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor’. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: ‘Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos’. Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor’. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: ‘Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo’. El señor le respondió: ‘Eres un siervo negligente y holgazán. Como sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo, debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes’”.

El maestro, Jesús de Nazaret, no les está hablando a sus discípulos de esas monedas que eran conocidas entonces por dicho nombre, talentos, sino de los dones o virtudes que Dios había depositado en cada uno de los seres humanos.

¿¡Qué docente no ha exigido más al alumno más inteligente del grupo, a quien disponía de más talento y, por ende, podía devenir en más dicaz y perspicaz que el resto de la clase!?

Juan Pablo Forner, a quien siempre le he achacado que, a pesar de sus dos o tres obras mayores, la “Oración apologética por la España y su mérito literario” (1786), el Discurso sobre el modo de escribir y mejorar la historia de España y sus “Exequias de la lengua castellana” (sátira menipea o varroniana, por ser escrita en prosa y verso; editada póstumamente, en 1871), malgastó su talento manteniendo polémicas con todo quisque de su tiempo, la segunda mitad del siglo XVIII español.

Ahora bien, como no hay mal que por bien no venga, siempre recordaré del benemérito emeritense, que llegó a ser fiscal del crimen de la Audiencia de Sevilla en 1790, una excelsa epístola que escribió y mandó para disculparse de haber roto la relación de amistad que mantenía con el sacerdote y poeta de la escuela salmantina José Iglesias de la Casa, al que intentó persuadir de volver al redil de la amistad perdida así: “Si deseas, como es justo, que te tenga por hombre de buen juicio, no rehusarás renovar nuestra amistad, cuando el mismo que erradamente la rompió vuelve a ella. A mí se me hace no poco dificultoso dar satisfacciones; mas hago esto ahora para que veas, sobre el conocimiento que tienes de mí, cuán fácilmente me allego a la verdad siempre que la conozco”. Sublime, como la despedida que escribió, momentos antes de suicidarse con un cóctel de barbitúricos, el escritor italiano Cesare Pavese en el hotel Roma de Turín el 27 de agosto de 1950: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No chismorreen demasiado”.

Nota bene

Un genio, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, en un derroche de ingenio, extrajo de su fecundo magín una frase indeleble, que da cuenta de una verdad apodíctica. Hizo el mejor encomio al sujeto inconformista. Ese aserto cabe leerlo en la introducción que antepuso a su obra “Ecce homo”, subtitulada Cómo se llega a ser lo que se es (1888): “Recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”. Se limitó a dejar constancia de una realidad incontrovertible, que lo lógico y normal es que el alumno se esfuerce en superar al guía, como eso hizo, verbigracia, Platón con Sócrates y, asimismo, Aristóteles con Aristocles, verdadero nombre de Platón.

En esa tesitura se halla ahora servidor, Otramotro, comprobando qué complejo y difícil resulta tratar de aventajar en algún aspecto o faceta a quien tomó, reputa y puede que siga considerando su modelo actitudinal, fray Ejemplo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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