A QUIENES ME ATENDIERON AQUEL DÍA
DE ÁNGELES EJERCIERON EN EL CIELO
Está claro, cristalino, que el mejor filósofo español del siglo XX (acepto discrepantes, pues no soy dogmático), José Ortega y Gasset, dio de lleno en el blanco o centro de la diana cuando le brotó o se sacó de su magín, que no faltará el opinante, ora (sea o se sienta ella, él o no binario) peyorativo, ora zumbón, que lo llame manga (como si se tratara de un mago o prestidigitador), su teoría del perspectivismo, que ejemplificó al exhibir una manzana (me refiero a una fruta), metáfora de la verdad, en cierta conferencia inolvidable, proverbial. Cada perceptor ve la realidad desde su perspectiva, prisma o punto de vista. Aunque, según Oliver Sacks, que se limitó a plagiar un aserto que había aducido antes el médico y físico-químico estadounidense Gerald Maurice Edelman, premio Nobel de Medicina de 1972, “cada acto de percepción es hasta cierto punto un acto de creación; y cada todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”.
La primera de las cuarenta coplas de pie quebrado que Jorge Manrique escribió a la muerte de su padre, el gran maestre de Santiago don Rodrigo, el 11 de noviembre de 1476, dice (tras proceder a poner al día o modernizar su ortografía y puntuación) así: “Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando, / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando; / cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor, / cómo a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado, / fue mejor”. Basta con fijarse en la segunda mitad de la composición para constatar, abundando con él, que la felicidad es momentánea y el placer efímero, fugitivo. Recordar el bien caduco produce morriña, da nostalgia.
“En las cimas de la desesperación”, obra de Emil Cioran, su autor escribió: “Hay demasiadas cosas que añorar en un mundo en el que nada debería ser añorado. De ahí que yo me pregunte si este mundo merece realmente mi nostalgia”. Si yo me hubiera formulado dicha cuestión, hubiera respondido que sí, por supuesto. Disiento de esa visión pesimista del orbe que tenía el filósofo rumano, porque yo opino, exactamente, lo contrario que él, que hasta en el mundo inmundo, que siempre lo fue, nunca dejó de serlo, hay un montón de actos o gestos que merecen añoranza.
He comprobado que el cielo y el infierno existen. Ahora bien, he verificado su presencia en el planeta azul, la Tierra. Como no he muerto, tiendo a dudar que su existencia en la vida de ultratumba sea cierta, real, y, por ende, cuando alguien me habla de ellos, suelo echar mano de la doble significación de la voz “escatología” en castellano, y de un término aristotélico, entelequia.
Todo lector avezado de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro sabe que reputo mi edén en la Tierra los tres cursos académicos, de Sexto a Octavo, de la extinta Educación General Básica, EGB, que estudié en el inolvidable colegio de Navarrete (La Rioja).
En el seminario menor de los Camilos asistí a un rosario interminable de milagros; a un prodigio le sucedía otro sin solución de continuidad; y, además, iban acompañados o acompasados del despertamiento o desperezamiento de un don propio que había permanecido adormilado o aletargado hasta entonces, hasta que mis educadores, mis émulos o yo mismo (pocas veces) ejercimos de comadronas o parteras y ayudamos a que alumbraran.
En esta vida he tenido momentos felices, casi siempre rodeado de mis amigos. Algunos han fallecido, pero no han dejado de tener esa condición por dicha circunstancia.
Inesperadamente, constaté que existía el paraíso el lunes 10 de septiembre de 2001, durante las horas que estuve ingresado en la UCI del Hospital “Reina Sofía”, HRS; de Tudela. Las enfermeras (todas femeninas) que me atendieron durante las treinta horas escasas que permanecí allí se comportaron como verdaderos ángeles del cielo.
Recuerdo que les reproduje, de memoria, el grueso del primer capítulo y otras partes de “El Quijote” cervantino. He olvidado sus nombres de pila, pero no que, a dos de ellas, al menos, les gustó mucho la cita que más me chifla del mismo y que sigue, que se lee en el capítulo III de la Segunda parte de la imperecedera obra del alcalaíno: “—Una de las cosas —dijo a esta sazón don Quijote— que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente, es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre, porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualara (sin tilde, por favor; sostengo el parecer de que se trata de un imperfecto de subjuntivo, no de un futuro)”.
Dedico esta urdidura a aquellos ángeles, añorando el primor de sus cuidados.
Ángel Sáez García