LE SIGUE UNA RESPUESTA A TODO ESTÍMULO
TODA DECISIÓN TIENE CONSECUENCIAS
CON EFECTOS NOCIVOS CURSA ALGUNA
“A quien no le quepa en su cabeza de chorlito, esto es, no entienda que cualquiera de las 69 personas que han finado sus días, como consecuencia directa de la tragedia ferroviaria de Urda (Toledo), pudo ser él, no tiene la capacidad mínima, necesaria, suficiente, para llevar las riendas de un ministerio, y menos aún de un gobierno. ¿Cómo va a ser la causa del problema el artífice de la solución? En España, un Estado de derecho, un ministro tiene ciertas ventajas y algunos inconvenientes. A quien fue, es y será nombrado para ostentar en el Ejecutivo dicha dignidad pública, un honor, le debe constar que va a disfrutar o gozar de una serie de prebendas o privilegios, de pros, pero, asimismo, que va a tener que apechugar con una ristra de contras; entre otros, habrá de asumir su responsabilidad política cuando en el ámbito de los límites de su cartera o departamento acontezca un desmán; y, si este deriva en una hecatombe, una desgracia con numerosos muertos, presentar su dimisión, de manera irrevocable, sin pensárselo dos veces. Eso es lo que hizo otrora, en mayo de 1994, el ministro del Interior Antonio Asunción, sin que hubiera habido muertos de por medio. La presentó cuando le preguntaron los mass media si le constaba, de manera fehaciente, dónde se hallaba Luis Roldán, ex director de la Guardia Civil, que se había fugado, y aseveró que lo conocía. Volvieron a interrogarle por su paradero y, como Asunción no supo darlo, adoptó la decisión que la responsabilidad política le exigía, la correcta y esperada, presentar su dimisión al presidente del Gobierno de entonces, Felipe González, quien, sin andarse por las ramas ni chistar, se la aceptó”.
Eusebio Arteaga Piérola, fray Ejemplo.
“En el solemne acto de toma de posesión de un cargo público (se sea funcionario o político), cuando se jura o promete cumplir las obligaciones inherentes al puesto de trabajo, guardar y hacer guardar la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico vigente (así como el secreto, tras haber asistido a un Consejo de Ministros, si se da ese caso), se debería incluir, por considerarlo pertinente y preceptivo, que, en ese mismo instante, el cargo en cuestión, teniendo en cuenta el principio jurídico de que la causa de la causa es causa del mal causado, adquiera el compromiso ineludible de dimitir, en el supuesto de que, debido a su deficiente gestión (y es que, cuanta más información acopio sobre el caso, más diáfano lo veo), sobrevenga un desastre con decenas de muertos”.
Emilio González, “Metomentodo”.
Ignoro, atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario), de estos renglones torcidos, si usted es persona que sueña mucho o poco (cuando se halla durmiendo a pierna suelta, tumbado decúbito supino sobre la cama o dentro del sobre, recostado sobre el respaldo del sofá o donde sea —mi señera y señora madre, Iluminada, solía hacerlo sobre la mesa de la cocina, apoyando su cabeza sobre uno de sus brazos, después de comer; era una mala costumbre, pero ella, erre que erre, caía en el mismo yerro, pues volvía a ella por haberla convertido en una rutina, como otro tanto hacemos el resto con otras; y he trenzado que era una mala costumbre porque, indefectiblemente, cuando se despertaba y levantaba la cabeza, lo hacía con la nariz torcida y un humor de perros si nadie, ninguno de los comensales, habíamos procedido a hacer lo conveniente y/u oportuno, recogerla y limpiarla; más de una vez, de dos y de tres, notaba que se le había quedado dormido el brazo de apoyo o una pierna; y, si yo estaba presente, velando su sueño, como si fuera su ángel de la guarda, me pedía que le hiciera varias cruces en el uno o la otra, a fin de despertárselos; el remedio era mano santo, porque en un santiamén sentía que la sangre volvía a circular por el uno o la otra; muchas veces he llegado a pensar que hice mal en dejar la orden religiosa de los camilos, porque mis cruces de entonces, aunque pronto dejé de hacerlas, eran prodigiosas, una natural panacea—).
Me precio de ser un soñador nato. No solo sueño estando dormido, sino que también suelo hacerlo estando despierto, en estado de vigilia. Por ejemplo, voy paseando por la calle y fantaseo o imagino situaciones alternativas a las reales. Hallo en el mundo onírico, en los sueños, la sustancia nutritiva para crear, un hontanar de varias fuentes fértiles o prolíficas de agua vivificante y transformadora, de constante e inagotable inspiración.
Hoy, verbigracia, entre los varios sueños que he tenido, me he levantado del catre recordando con fidelidad este:
Tras pasar por el arco de la derecha de la Plaza de Los Fueros o Nueva de la ciudad de Tudela (Navarra), donde nací y vivo, ya en la calle Yanguas y Miranda, de camino a la biblioteca pública homónima, sita en la calle Herrerías, me he dado de bruces con Abundio (he de reconocer sin ambages que últimamente nos encontramos mucho; puede que la razón descanse, esté o estribe en que ambos somos andarines y los dos estamos jubilados. Tras saludarnos mutuamente, él me ha preguntado:
—¿Qué, Otramotro, a la biblio —no ha terminado de pronunciar las dos sílabas finales de la palabra, biblioteca, por coherencia, ya que es un defensor a ultranza de la ley del mínimo esfuerzo, y consideraba que el mensaje se había entendido plenamente—?
—Así es, Abundio; ahora, ya ves, con algo más de peso del acostumbrado, por acarrear el portátil, que tuve que comprarme por el motivo que ya te consta.
—Oye, Ángel, a ver si tú, que estás enterado de todo, y muy bien informado de lo que se cuece en las ollas de España y el resto del orbe, logras ayudarme a deshacer el nudo gordiano que tengo entre manos, o sea, la duda que me corroe. ¿Puedes explicarme por qué no ha aceptado Pedro Sánchez la dimisión que, al parecer, le presentó el ministro de Transportes Óscar Puente?
—Como no soy dogmático, puedo estar equivocado, pero creo haber llegado a averiguar el busilis, intríngulis o meollo de la cuestión que me planteas. Te puedo dar dos versiones subjetivas de la misma respuesta, una larga y otra corta. ¿Cuál prefieres?
—La breve, por supuesto.
—Si tenemos en cuenta dos declaraciones recientes de Sánchez; una, que la confianza en el sistema patrio de la alta velocidad está quebrada; y dos, que dos tragedias ferroviarias en menos de diez meses es una circunstancia inadmisible, inasumible, lo lógico y normal es que la aceptara. Ahora bien, como mero correlato, tras aceptar la dimisión de Puente, el propio Sánchez debería hacer lo mismo, dimitir (ya lo debería haber hecho como secretario general del PSOE cuando él, un lince, nombró secretarios de Organización a Ábalos y a Cerdán, dos águilas, que hicieron y deshicieron a su antojo, sin que él se enterara de nada, claro). Si el presidente del Gobierno aceptara que el ministro del ramo debe dimitir por ser el responsable político de la tragedia de Urda, debido a su gestión deficiente (cuanto más atento estoy a lo que cuentan los expertos más evidente lo veo), de forma velada, vendría a reconocer que él, Sánchez, había nombrado titular de la cartera susodicha a quien no estaba capacitado para ostentar con competencia dicho puesto, lo que dejaría entrever que él, por la doble culpa in eligendo e in vigilando, era otro incapaz, y, por ende, debería dimitir. Y, por esa razón, no lo hace, aceptar la dimisión de Puente, porque acarrearía la suya, en plata, un dos por uno.
Nota bene
Si no he conseguido deshacer la duda (el nudo gordiano) de Abundio ni tampoco la del atento y desocupado lector, recomiendo encarecidamente a ambos que lean detenidamente el editorial titulado “Desconfianza sistémica”, de EL PAÍS, del pasado domingo 1 de noviembre de 2026, en la página 16, con el que abundo de cabo a rabo.
A veces, no siempre, tiendo a ver, hasta en el asunto más intrincado, enrevesado, enmarañado o complejo, la verdad pura y dura con límpida y lúcida nitidez. A las cuatro escasas horas, cuatro, de ocurrido el impacto ferroviario en Urda, cuando los muertos computados eran 31, una persona muy allegada y querida por mí me preguntó cuál era mi parecer sobre lo acaecido, y le dije qué tenía que hacer el ministro Puente, dimitir, por ser el responsable político.
Confío, deseo y espero que hoy Puente, tras informar de cuanto sabe sobre la tragedia a la opinión pública y publicada, proponga medidas sensatas para que no se repita el desmán, dimita y se vaya a su casa.
Termino este texto con lo inexcusable, mi más sentido y sincero pésame a los deudos y amigos de los fallecidos, que pudimos haber sido cualquiera, Óscar Puente incluido.
Ángel Sáez García