"Siempre es mejor hacer las noticias que leerlas; es preferible ser actor que crítico"

REPORTERO DE GUERRA: Un gigante polifacético llamado Winston Churchill (XXVIII)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: Un gigante polifacético llamado Winston Churchill (XXVIII)

La táctica fundamental de Lord Herbert Kitchener consistió en forzar a los veintiséis periodistas que le acompañaban a compartir todos los riesgos asumidos por sus soldados, además de limitar su acceso al telégrafo a doscientas palabras diarias, racionarles la comida, no darles ayuda material alguna, incrementar sus penalidades, negarles información y dispensarles el trato mas descortés posible. No es de extrañar que los reporteros le odiaran.

La campaña sudanesa comenzó en 1883, cuando el Mahdi llamo a la yihad -la guerra santa de los islámicos– y puso en armas a cincuenta mil fanáticos juramentados para expulsar a las tropas egipcias del Alto Nilo.

Hasta entonces Sudán era poco mas que una remota provincia del Imperio Británico bajo dominio nominal de Tewfik Pasha, el indolente caíd de Egipto.

Obnubilado por los mensajes que le llegaban de Londres, Tawfiq despachó lo más granado de sus tropas Nilo arriba con la misión de someter al revoltoso Mahdi.

Al mando de los once mil soldados egipcios iba el general retirado William Hicks, acompañado por el irlandés Edmond O’Donovan, corresponsal del Daily News, y por Frank Vizetelly, dibujante al servicio del Graphic londinense.

El 4 de noviembre de 1883, en El Obeid, la patética columna del general Hicks fue atrapada por los derviches.

Cuando los seguidores del Mahdi concluyeron su labor, dejaron atrás una pila de cadáveres -incluidos los de O’Donovan y Vizetelly- y se llevaron con ellos la cabeza del anciano general.

La primera crónica de la tragedia apareció en el Times de Londres y fue obra de Frank le Poer, un periodista irlandés de veinticinco años que se reponía en Jartum de un ataque de disentería.

 

El Mahdi se convirtió en una obsesión para políticos, periodistas y lectores británicos. La prensa, encabezada por el respetable Times, desató una furiosa campaña en la que se calificaba de ultraje inadmisible el desafío planteado a la Corona por «un barbudo don nadie y sus millares de ignorantes y semidesnudos seguidores».

Fruto de la intransigencia, fue el alto precio pagado por Gran Bretaña, que sacrificó las vidas de buenos oficiales y fieles funcionarios, en misiones que se podía haber ahorrado de ir con más tiento y menos urgencia.

Afortunadamente para el periodismo bélico, en la lucha por reimplantar el control imperial sobre la «vacuidad sudanesa» también se escribieron algunas de las mejores crónicas de guerra de la centuria.

En enero de 1884, el War Office despachó hacia Jartum al general Charles George Gordon, veterano de la guerra de Crimea, experto en China y, hasta cuatro años antes, gobernador de Sudán, donde había batallado sin piedad contra los traficantes de esclavos.

Gordon, acompañado por el teniente coronel Stewart, arribó a la capital sudanesa un mes después.

A su llegada, según reportó el joven Frank le Poer, el carismático Gordon pronunció un emotivo discurso:

«Vengo sin soldados, pero con Dios a mi lado, para arreglar los males de Sudán; no voy a luchar con armas sino con justicia.»

Como suele ocurrir a menudo, la fe en el Creador y en la ley no fue suficiente. Este hecho ha sido magistralmente expuesto por los magos de Hollywood en una película titulada ‘Khartoum‘, en la que Charlton Heston hace el papel de Gordon y sir Lawrence Olivier encarna al Mahdi.

Los traficantes árabes de esclavos, que apoyaban la insurrección y espiaban para el Mahdi, no tardaron en descubrir que los únicos tres británicos de la capital sudanesa eran Gordon, Stewart y Poer. Los tres europeos estaban acantonados en el palacio del gobernador.

El Times montó una nueva campaña instando al Gobierno de su Majestad a organizar a toda prisa una expedición y acudir en socorro del asediado Gordon.

A finales del verano, al no haber recibido ayuda alguna, el general Gordon envió Nilo abajo al coronel Stewart y al reportero Poer. Su misión era llegar a Egipto y pedir ayuda, pero tuvieron la desgracia de chocar contra una roca y que su barca quedara inutilizada.

Iban desarmados y creyeron inocentemente las palabras de un jeque local, que les prometió unos camellos para seguir viaje. Cuando iban a ensillar los animales fueron degollados.

Irónicamente, el último despacho de Poer, redactado un mes antes de expirar y publicado diez días después de su fallecimiento, decía:

«El general Gordon está bien, el coronel Stewart se ha recuperado de su herida y yo me encuentro satisfecho y feliz.»

El 26 de enero de 1885, al darse cuenta de que un nuevo cuerpo expedicionario se aproximaba a Jartum, el Mahdi envió a sus seguidores a saquear la ciudad y masacrar a sus habitantes. Gordon salió a la escalinata y se enfrentó a los derviches, que lo cosieron a lanzazos y le cortaron la cabeza.

Al recibir la noticia, el cuerpo expedicionario que venía en su ayuda se replegó hacia Egipto. Unas pocas semanas después el Mahdi contrajo la viruela y falleció. Le sucedió el califa Abdullah, cuyo reino fue demolido por los implacables y ahora rencorosos británicos catorce años después.

Al mando de la expedición que acabó con el imperio derviche iba el general Horatio Herbert Kitchener.

Entre los que le acompañaban, marchaba el futuro primer ministro Winston Churchill, quien a la sazón solo contaba veinticuatro años y repartía su exuberante energía entre la lucha y el periodismo.

«Nunca he tenido duda alguna sobre cual es el extremo correcto de la cadena -escribió en una ocasión el insigne descendiente del duque de Marlborough-. Siempre es mejor hacer las noticias que leerlas; es preferible ser actor que crítico.»

Desde el primer instante, Churchill no dejó duda alguna sobre su decidida voluntad de ser una estrella en la escena mundial.

En 1895, con apenas veintiún años, ya hizo una escapada a Cuba y derrochó temeridad junto a las tropas españolas.

En 1897, recubierto con el uniforme de húsar, contribuyó a aplacar una revuelta tribal en la India.

Rematada la represión, en lugar de sestear en el cuartel, solicitó un permiso, partió hacia la ciudad de Peshawar, en la frontera con Afganistán, y se transformó en corresponsal-soldado al servicio de su majestad y del Morning Post.

En 1898, con el grado de teniente y acompañado por veintiséis mil soldados y veinticinco colegas periodistas, se aventuró en Sudán a las ordenes de Kitchener.

Churchill, a diferencia de otros oficiales, prefería la moderna pistola al noble sable y volaba la cabeza de cualquier derviche que se le ponía a tiro.

Llegó a Jartum sin un rasguño, y un año después, en su doble papel de teniente y corresponsal, partió hacia Sudáfrica, donde seis mil granjeros boers a las órdenes de un cazador llamado Paulus Kruger estaban corriendo a pelo a veinticinco mil soldados profesionales británicos.

A las dos semanas de poner pie en Ciudad de El Cabo, Churchill fue ligeramente herido y hecho prisionero. Como no era hombre que se resignara fácilmente, a la primera ocasión saltó el muro de su prisión en Pretoria, se aupó a un tren y logró llegar a Lourenco Marques, capital de la vecina colonia portuguesa de Mozambique.

Los carteles encabezados con un «Se busca» distribuidos por los afrikáners describían así al futuro primer ministro:

«Inglés, veinticinco años, aproximadamente 1,60 de alto, camina con ligero balanceo, pálido, pelirrojo, pequeño bigote apenas perceptible, habla por la nariz, no puede pronunciar adecuadamente la letra S y no sabe una palabra de afrikaans.»

Churchill retornó al combate a la primera ocasión y, además de por su coraje, se distinguió por sus ajustadas crónicas y su indiferente frialdad ante el sufrimiento ocasionado por la guerra.

En uno de sus despachos al Morning Post, a la hora de relatar lo ocurrido durante la Jornada escribió:

«Hoy hemos tenido una buena cosecha, diez muertos y diecisiete heridos.»

Aunque es raro, también ahora hay periodistas que sienten ese insólito enamoramiento por la violencia militar o manifiestan una insensibilidad análoga a la de Winston Churchill.

Al margen de si es o no la postura adecuada para un corresponsal de guerra, lo que parece claro es que el futuro primer ministro británico estaba absolutamente convencido de que era la única actitud cabal.

Alfonso Rojo

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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