"Se nace solo, se muere solo y yo siempre he sido un solitario"

REPORTERO DE GUERRA: Un maestro gordo, miope y genial llamado Manu Leguineche (XXX)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: Un maestro gordo, miope y genial llamado Manu Leguineche (XXX)
Manu Leguineche. EP

Manuel Leguineche, que era vizcaíno, había nacido en 1941 y falleció el 22 de enero de 2014 después de una vida intensa dedicada al periodismo y la literatura, escribió una vez que la II Guerra Mundial empezó en su pueblo, Guernica.

La guerra siempre formó parte de la vida de este hombre de paz, extraordinario jugador de mus, cazador empedernido, fundador de dos agencias de prensa, Colpisa y Faxpress, autor de dos decenas de libros y de miles de artículos, trotamundos incontenible, hincha del Athletic «¡hasta la muerte!», maestro de periodistas y uno de los grandes nombres de la prensa española de todos los tiempos.

Manu, como le conocía toda la profesión, pasó los últimos años de su vida recluido en su casa de Brihuega, en la provincia de Guadalajara, enfermo y cansado, entre sus libros y sus recuerdos. Los pasó también en la memoria de todos sus compañeros.

«La enfermedad empezó a maltratarlo demasiado pronto», escribió en su blog Los desastres de la guerra el reportero Gervasio Sánchez, quien visitó a menudo a Manu en Brihuega.

Manu, que se perdió la revolución digital, ganó todos los premios periodísticos posibles: Premio Nacional, Premio Cirilo Rodríguez, Premio Ortega y Gasset, Medalla de la Orden Constitucional…

No es ese, sin embargo, su principal legado. Su enorme mérito han sido los cientos de periodistas, entre los que están Gervasio, Arturo Pérez Reverte, Chani Pérez Henares y me encuentro yo, que aprendieron el oficio con él o con sus artículos, que heredaron una forma cosmopolita y abierta de contemplar el reporterismo.

Manu empezó a trabajar en el semanario Gran Vía de Bilbao y se formó en una de las mejores escuelas de periodismo, el diario vallisoletano El Norte de Castilla, cuando lo dirigía Miguel Delibes.

Desde muy pronto comprendió que su universo informativo no estaba en la España franquista, en las carreras delante de los grises, sino en el Tercer Mundo, en el momento de las guerras postcoloniales, pero también en el nacimiento de decenas de países.

Era un mundo lleno de optimismo, de fuerza aunque también de tragedias y Manu lo contó como nadie.

«No tuvimos infancias felices, pero tuvimos Vietnam» era una de sus frases favoritas, tomada de ‘Dispatches‘, de Michael Herr, a quien trató mucho porque formaban parte de la misma pandilla de periodistas en el Saigón de los ventiladores en el techo del Hotel Continental.

De aquello le dijo a Juan Cruz en una de sus últimas entrevistas, en enero de 2007:

«Vietnam fue un clásico del periodismo de nuestra época. Ahora te tienes que mover en función del mercado. Entonces a mí me cogió esa guerra, y las guerras de Asia, mientras hice el viaje alrededor del mundo, que luego contaría en el libro ‘El camino más corto’. En primera persona, allí donde pasaba aquello».

Viajó por los cinco continentes, a decenas de conflictos, desastres, elecciones. A través de sus crónicas pueden seguirse los principales acontecimientos del siglo XX, desde la guerra de Vietnam o los conflictos indo paquistaníes, hasta las guerras yugoslavas, la caída de la URSS o la primera Guerra del Golfo.

Solo la enfermedad le obligó a quedarse en casa. Manu se perdió la revolución digital pero en 1992 cuando recibió el premio Ortega y Gasset, ya hizo una reflexión totalmente vigente sobre los cambios que empezaba a sufrir la profesión.

«Los de la galaxia Gutenberg debemos aprender en estos tiempos a ajustar el tiro, porque la televisión en directo lo ha trastornado todo… ¿Para qué repetir lo que ya se ha visto por la CNN? Cada vez pasan más siglos entre la retransmisión de la CNN y tu artículo en el periódico, y no digamos, en la revista. Hay que decir adiós a la narración escenográfica de los hechos, escudriñar allí donde los objetivos de la televisión no llegan, describir antecedentes y consecuentes, atmósferas, ambientes secretos».

Manu escribió decenas de ensayos, casi se puede decir que inventó un género propio, que mezclaba la narración de viajes, el periodismo, la investigación y la historia.

También es un autor de una sola novela, ‘La tribu’, una historia de periodistas en Guinea Ecuatorial durante la caída de Francisco Macías Nguema.

Contaba con cara de mus y mucha socarronería que no se le ocurriría volver a intentar meterse en la ficción. Eso sí, dejó una palabra con la que desde entonces se conoce a los enviados especiales: la tribu.

También decía, traduciendo del inglés cuando en España no lo hablaba ni el ‘tato‘, que todos los reporteros sufren las tres D: depresivos, divorciados, dipsómanos.

La que si era suya y se me quedó grabada de forma indeleble es una que soltó en 2007 sobre los cambios en esta profesión:

«Joder, todo, todo ha cambiado. El periodismo ya no es lo que era. ¡Ahora los periodistas sólo toman agua! Y, de repente, me doy cuenta de que ya no hace falta ni ir a las guerras, yo que he hecho tantas».

EL LIBRO INICIÁTICO Y ALGUNO DE SUS DISCÍPULOS

Clave en la peripecia personal de Manu e iniciático para él y todos los que después tratamos de imitarle, en la vuelta al mundo que inició en 1965.

De esa peripecia, nació ‘El camino más corto’, su obra maestra y el texto que hace medio siglo contribuyó decisivamente a desatar decenas de vocaciones periodísticas. Yo puedo dar fe, como certifico que Miguel de la Quadra Salcedo y sus reportajes amazónicos me metieron de niño en el alma el afán de aventuras.

Tenía entonces Manu 23 años, ganaba de sueldo mensual el equivalente a 20 euros y nunca explicó muy bien como se las había arreglado para que le dejaran sumarse a lo que bautizaron como la Trans World Record Expedition.

Salió de la Península con dirección al Norte de África un 19 de abril con tres periodistas estadounidenses —Harold Stevens, Albert Podell y Woodrow Stans—, el fotógrafo suizo Willy Mettler, bordo de un Toyota Land Cruiser y -según su propia confesión- llevando en el equipaje libros de Stevenson, Kipling o Conrad, un jersey de lana gruesa, puros Farias, varias botellas de anís Machaquito, un chisquero con una mecha de un metro, una boina de vuelo ancho de Elósegui y un par de navajas de Albacete.

 

Su libro, cuyo título sale de la frase de Hermann Keyserling «El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo», se publicó en 1978, mucho tiempo después de concluida una aventura en la que atraveseron Libia antes de Gaddafi, cruzaron Irak cuando Sadam Husein todavía no se había apoderado del país, pasaron por Líbano cuando era la Suiza de Oriente Próximo, entraron en Afganistán en los años dorados del rey mucho antes de que este país se viese engullido por un conflicto que todavía no ha terminado y se vieron inmersos hasta en la guerra entre India y Pakistán.

En Australia, cuando iban a embarcar el Toyota hacia Estados Unidos, le llegó un telegrama del director del diario ‘Madrid‘ ofreciéndole un contrato para hacer de reportero de guerra para ellos y eso catapultó su carrera.

GERVASIO SÁNCHEZ

De los miles de aspirantes españoles a periodista, para los que el ejemplo de Manu Leguineche sirvió de catalizador hace tres décadas, quizá sea Gervasio Sánchez quien más apasionadamente encarne el prototipo.

Gervasio, que nació en Córdoba en 1959 y emigró muy niño a Cataluña con su familia, para instalarse en Hospitalet del Infante, es tipo entrañable y pesado como el plomo, pero tiene un mérito inmenso.

Comenzó a trabajar con solo 11 años, sin dejar nunca de estudiar y con la vista clavada en un sueño: ser reportero de guerra.

A los 15 años laboraba de camarero en el chiringuito Fina de la playa del Miracle los tres meses de verano. Cuentan de él que no tenía rival sirviendo paellas y no me extraña.

Allí retornó, con persistencia de hormiga, cada estío hasta 1990, para ahorrar unas perras con las que costearse los primeros viajes.

Se licenció en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona en 1984 y desde entonces, con un esfuerzo encomiable, sin los recursos de sus competidores, sin tener detrás una empresa que pagase gasto o pudiera financiar el coche o el hotel, ha cubierto -primero como fotógrafo y después como reportero integral casi siempre conectado al Heraldo de Aragón– la mayor parte de los conflictos armados de América Latina, fue a la Guerra del Golfo, se la jugó decenas de veces en Bosnia durante el desmembramiento de Yugoslavia, saltó a África y se ha movido de esquina a esquina por Asia.

El reconocimiento, en forma de premios como el Ortega y Gasset de periodismo o el Cirilo Rodríguez, tardó en llegar, pero llegó y eso nos ha quitado a todos un peso de encima. Gervasio es inasequible al desaliento y nos hubiera abrasado a los colegas que le queremos de verdad.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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