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REPORTERO DE GUERRA: Llamé a Dios y ese día no acudió en mi ayuda (XLI)

Todos los cadáveres se asemejan, pero cada muerte es distinta

REPORTERO DE GUERRA: Llamé a Dios y ese día no acudió en mi ayuda (XLI)
Un estudiante opositor capturado por la Policía en la Guerra Civil de El Salvador, en 1980. John Hoagland.

Todos los cadáveres se asemejan, pero cada muerte es distinta. Una de las escenas mas vívidamente impresionadas en mi cerebro tras treinta años de dar tumbos por el mundo yendo de guerra en guerra es la de un padre bosnio que se presentó en junio de 1992 en un hospital de Sarajevo suplicando que reanimasen a su hijo.

Llegó con una muchacha que debía ser su esposa y todavía más jóven que él, justo en medio del bombardeo, apenas unos instantes después que unos morterazos nos hubieran hecho meternos a toda prisa en la testada recepción del edificio, como se ve en la foto de abajo donde yo aparezco con una cazadora marrón buscando un hueco donde cobijarme.

El hombre apenas tendría veinticinco años y sujetaba en sus membrudos brazos a un niño al que la metralla había arrancado un tercio de la cabeza. Su hijo estaba muerto, pero el hombre se negaba a aceptarlo.

Lo acunaba, intentaba taponar con la palma de la mano el horrendo orificio del cráneo y le susurraba palabras cariñosas al oído.

Cuando le convencieron de que no se podía hacer nada, se acurrucó en un rincón con la criatura apretada contra el pecho y estuvo así, llorando sin sonido, varias horas.

A pesar de esa escena aciaga, no es el fallecimiento de ese niño lo que recuerdo con más espanto.

En 1980, en San Salvador, asistí a la ejecución a sangre fría de un testigo de Jehová que hasta el último instante de su vida estuvo convencido de que Dios acudiría en su ayuda.

Hacía pocas semanas que habían asesinado a monseñor Óscar Romero. La universidad era un foco de protestas y las autoridades militares decidieron cerrarla.

Podían haber clausurado el centro con un decreto y dos funcionarios, pero escogieron la forma dura: despacharon hacia las aulas cientos de soldados armados hasta los dientes.

En aquellos días, yo formaba tándem reporteril con Ian Mates, un sudafricano que había abandonado su tienda de discos en Johannesburgo para no tener que combatir por tercera vez consecutiva en la sabana de Namibia y acabó sus días en un polvoriento camino salvadoreño, victima de una mina Claymore plantada por el Frente Farabundo Martí.

Ian falleció el 13 de enero de 1981 cuando el vehículo en el que viajaba con dos colegas topó con la mina de la guerrilla. Yo ví el cadaver unos días después, cuando acompañé a Etienne Montes a la morgue, a ‘empaquetar‘ el cuerpo y remitirlo a Sudáfrica.

El día del testigo de Jehová no venía Etienne con nosotros. Retornábamos Ian y yo al hotel Camino Real, después de la preceptiva gira exploratoria por las ‘zonas calientes‘ de la capital salvadoreña, cuando divisamos a varios agentes de la Policía de Hacienda apostados en el patio de la Escuela de Agronomía.

Algunos llevaban un atuendo trasnochado: botas por encima de la rodilla y guerrera de húsar.

Paramos el coche y nos acercamos cautelosamente. Habían arrinconado en el piso superior a varios estudiantes y los conminaban a entregarse. Para reforzar sus amenazas, desde abajo, largaban de vez en cuanto unos balazos que iban a estrellarse contra el travesaño del dintel.

En el aula debía de haber dos docenas de estudiantes. Probablemente se habían refugiado en la habitación al ver aparecer a los policías. Estaban aterrorizados. Se escuchaba a uno de ellos clamar con voz lastimera, invocando a Jehová y solicitando su socorro.

Súbitamente, sin esperar a que cesaran los disparos, abrió la puerta y descendió las escaleras dando tumbos. Los soldados le obligaron primero a arrodillarse, después a tenderse en el suelo y prosiguieron su letal tarea.

Echado en tierra, boca abajo, el muchacho siguió entonando salmos. Solo suspendía su patético canturreo para instar a otro alumno a salir:

«¡Ricardo! ¡No temas! ¡Dios nos ayudará! ¡Jehová esta con nosotros!»

Durante diez minutos todo siguió igual, pero de repente, como si se hubiera hartado de la salmodia, uno de los policías se acercó pausadamente al joven, sujetó la carabina con una sola mano, apuntó a su cabeza y apretó el gatillo.

La primera bala perforó la oreja del estudiante y rebotó en el pavimento. El muchacho se limitó a elevar el tono de voz e incrementar sus gimientes invocaciones.

El agente, frío como un tempano, volvió a disparar. Esta vez el proyectil impactó en la parte inferior de la nuca del muchacho, que profirió un ronco estertor y comenzó a agitar circularmente la cabeza, como un lagarto al que hubieran partido la espina dorsal.

El parsimonioso policía se demoró una inmensidad en darle el tiro de gracia.

Cuando lo hizo, sin un murmullo, conscientes de que seríamos ejecutados como bestias si descubrían que su crimen tenia testigos, escapamos hacia el hotel.

En aquella época, el Camino Real era un hervidero de periodistas y apenas pusimos los pies en el ‘lobby‘ facilitamos la tétrica grabación a todo el que la quiso. No es lo usual, pero se trataba de protegerse, de diseminar la culpa.

Si los Escuadrones de la Muerte se habían llevado por delante a todo un arzobispo, no había razón alguna para suponer que iban a respetar la vida de dos humildes periodistas que ni siquiera eran norteamericanos.

Pocas veces en mi vida he agradecido tanto el estar rodeado de colegas como en las horas siguientes al asesinato de aquel testigo de Jehová.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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