MOSCÚ SIN BRÚJULA

La muerte lleva máscara negra (I)

La muerte lleva máscara negra (I)
El presidente Zviad Gamsajurdia y escenas de la guerra en Tiflis, en las Navidades de 1991. Igor Mihalev

Nunca había visto matar un hombre a golpes. Muchos años antes, siento casi un chaval, en San Salvador, contemplé horrorizado como ejecutaban de un tiro en la nuca a un testigo de Jehová que hasta la última fracción de segundo rezaba a gritos convencido de que Dios acudiría en su ayuda.

He asistido a fusilamientos sumarios en las montañas de Nicaragua. He sido testigo de la lenta asfixia de docenas de mujeres aplastadas por la multitud, en el funeral de monseñor Óscar Romero, y de la indescriptible agonía de una negra de Soweto, retorciéndose como una serpiente, mientras se consumía la llanta de automóvil rociada de gasolina que habían colgado de su cuello, pero nunca había visto a un ser humano perecer ante mis ojos, golpeado inmisericordemente por los puños desnudos de una muchedumbre enloquecida.

Ocurrió el viernes 3 de enero de 1992, a primera hora de la tarde, junto a la estación de metro de Didubé, en Tiflis.

El presidente Zviad Gamsajurdia, atrincherado en su bunker de la Casa de Gobierno desde hacía doce días, había lanzado la noche anterior por radio un dramático mensaje, llamando a sus partidarios a la huelga general.

El nuevo Comité Militar creado por la oposición georgiana había advertido esa mañana que la Constitución estaba suspendida y reiteró que los mítines quedaban terminantemente prohibidos. Cuatro días antes, los milicianos opositores habían disparado al aire para disolver una nutrida manifestación de «lea-les» a Gamsajurdia que intentaba marchar hacia los estudios de televisión, pero nada presagiaba la tragedia.

Tiflis: Un civil llora junto a su hermano muerto durante la guerra civil de 1991-92 en Georgia.

Aunque había nevado los últimos días en la capital georgiana, el 3 de enero, cuando la gente empezó a congregarse frente al terraplén del Metro, lucía un sol radiante.

A las dos de la tarde, una directora de cine con aire de profesora de instituto comenzó a hablar con verbo apasionado desde lo alto del talud de la vía. En la explanada había algo más de dos mil personas. Algunas coreaban intermitentemente «¡Zviad! ¡Zviad!» y un par de incansables entusiastas agitaban pancartas con la foto oficial de Gamsajurdia, esa en la que parece todavía más sombrío y triste que en la realidad. Todo transcurrió apaciblemente hasta las 14.15.

A esa hora, cuando la «profesora» tomaba aliento para lanzar su última arenga, se oyó el violento chirriar de unos neumáticos. Fue muy rápido, casi vertiginoso. Vimos como frenaban en seco tres vehículos -un Volga blanco, un todoterreno soviético y un pequeño turismo color crema-, como emergían del interior trece enmascarados empuñando fusiles kalashnikov y se ponían a disparar alocadamente al aire, como figurantes de una mala película de gángsters.

Al oír los estampidos muchos se arrojaron aullando al suelo, apretando el vientre contra el asfalto. Otros intentaron correr despavoridos hacia la vía. Lo lógico es que la multitud se hubiera desperdigado en unos segundos, pero alguien gritó «¡no corráis! ¡no corráis!» y la muchedumbre se detuvo. De repente, como empujada por un resorte invisible, la masa empezó a avanzar en bloque. Primero lentamente y después a zancadas, con una determinación suicida.

Carnicería en Gerogia: Milicianos muertos en la guerra de Abjasia.

Los enmascarados iniciaron la retirada, bajando cada vez más el punto de mira, haciendo silbar las balas por encima de las cabezas de los que se abalanzaban sobre ellos. En el último instante, cuando estaban ya metiéndose en los coches, uno de los pistoleros tropezó.

Cayó de espaldas, aparatosamente, y antes de que pudiera incorporarse, lo habían atrapado. Capturaron a otro unos metros más allá y cuando estaban a punto de echar mano a un tercero, el enmascarado, presa del pánico, colocó el cañón del AK-47 paralelo al suelo, apuntó directamente a las barrigas de los que venían hacia él y apretó el gatillo.

Una de las balas penetró por el ojo izquierdo de un viejo gordo y salió por su cogote, llevándose un enorme pedazo de cráneo, con pelos y masa encefálica. Otra alcanzó a un muchacho con pinta de estudiante en pleno pecho.

Otra a un hombre en el vientre y el resto de la ráfaga se perdió entre la gente, dejando un rastro de manchones de sangre roja y oscura sobre el húmedo pavimento.

Aprovechando el momento de estupor, el tipo se encaramó a uno de los coches, que huía ya marcha atrás a toda velocidad, y se alejó disparando entre un estrépito de llantas derrapando, pedradas e impreca-cienes.

«¡No los matéis! ¡No los matéis!», gritaba desgañitándose un joven con cabello corto y ese color ceniza en la cara que se les pone a soldados o policías cuando se ven impotentes.

«¡Hay que llevarlos a la Casa de Gobierno y que confiesen! ¡Valen más vivos que muertos!»

Entre varios, con premura, introdujeron a uno de los pistoleros en una casa y al otro en una furgoneta azul, formando un cordón humano para evitar el linchamiento.

Al de la casa lo evacuaron a la media hora, malherido, pero con vida, entre un diluvio de patadas, golpes, insultos y bastonazos. Probablemente esa noche la consumió en el oscuro sótano de la Casa de Gobierno, desnudo, maniatado y tumefacto, preparando su «confesión». El otro, el que había tropezado, no tuvo siquiera esa suerte.

Georgia: una mujer llora en Tiflis, junto al cadáver de su marido.

Poco después de que lo metieran en la furgoneta, hombres, mujeres, viejos y niños, armados con pesados cascotes arrancados del terraplén, lapidaron el vehículo azul hasta romper el fino cordón de seguridad. Introdujeron las manos por las destrozadas ventanillas, asieron por el uniforme al desgraciado e insensibles a sus lágrimas, a sus heridas, a sus espantosos alaridos y a sus estertores, comenzaron a golpearle con una furia ciega, inclemente, monótona y tribal.

Al cabo de diez minutos, cuando cesó el suplicio, el cadáver del hombre no tenía cara. Habían convertido su rostro en pulpa sanguinolenta.

En los días posteriores murió más gente en Tiflis y, antes y después, en Nagorno-Karabaj, Vilna, Alma Atá, Samarcanda, Bakú, Zugdidi, Kisinov e incluso Moscú; hubo otros cadáveres, pero por alguna oscura razón, durante los seis meses que estuve deambulando intermitentemente por el ex Imperio Soviético, siempre tuve la impresión de que nada reflejaba tan ajustadamente la tragedia de los 300 millones de habitantes de la antigua URSS, como la cabeza sin faz de aquel pistolero georgiano.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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