Hace un calor que atontolina y anda media España de vacaciones, pero aquí seguimos, en la pelea, porque no quiero que a mis hijos, el día en que me llame San Pedro, pueda algún malvado decirles que su padre andaba panza arriba en la playa y untándose crema bronceadora, cuando un tipo apellidado Sánchez y sus compinches ponían a la Patria en almoneda.
Quizá por eso me irrita un poco que la sufrida oposición -fundamentalmente el PP -, haya decidido posponer a septiembre la ofensiva contra el marido de Begoña, en lugar de sacudirse la arena de los pies y meterse ya de lleno en la batalla.
Vaya por delante que sigo convencido de que los populares no utilizaron a fondo su mayoría en el Senado contra la amnistía a los golpistas catalanes, provocando un conflicto institucional, pero que serán capaces de aprovechar su abrumador poder autonómico y municipal.
Porque estos malandrines siguen a los suyo, dispuestos a acabar con la democracia si les hace falta para seguir chupando del frasco y durmiendo en La Moncloa.
No se si han escuchado a Oscar Puente, ese ministro de Transportes que se dedica a jugar al golf mientras el caos reina en la red ferroviaria, anunciar que se pasan al Tribunal Supremo por la entrepierna, porque Conde Pumpido les arreglará lo que haga falta desde el Tribunal Constitucional.
La amenaza del más mandril de los miembros del Ejecutivo Frankenstein no es un desliz.
Lo mismo piensa su jefe Sánchez, a quien obsesiona lo que vayamos descubriendo los periodistas sobre la corrupción de Begoña o la de su hermano músico, pero al que parece importante un comino lo que diga Feijóo o proponga la oposición.
Si parece tranquilo el amo del PSOE, que tras pasarse una semana con la parienta y las hijas de vacaciones en Islandia, se ha venido a Lanzarote a rematar el jolgorio, disfrutando a cuerpo de rey del lujoso palacete de La Mareta.
Algo le ha tenido que perturbar el sueño que hayamos revelado que Begoña usaba ‘ilegalmente’ el logo de la ONU para hacer negocio o que su hermano músico, ese que cobra sin trabajar en la Diputación de Badajoz y tiene casas por doquier, se ahorró 40.000 euros al tributar en Madrid una donación que le había hecho su padre.
En esto de los impuestos, los socialistas son como los actores progres, los sindicalistas comegambas o los zarrapastrosos de Podemos.
Y el bueno de David Sánchez habrá pensado que si los Bardem, que tan vehementemente habían protestado contra la reforma laboral de Rajoy, se acogieron a sus ventajas para despedir a los 11 empleados de su restaurante, no iba él, sólo por ser coherente, a pagar un montón en impuestos asumiendo el régimen fiscal del Estado.
Hablando de coherencias, me ha venido súbitamente a la mente la imagen de Chiqui Montero, quien además de muy verdulera es ministra de Hacienda y vicepresidenta de Sánchez.
Chiqui, que tiene en su historial haber dejado el Fisco andaluz como unos zorros además de negarse a recuperar el desfalco de los EREs, bregó con denuedo a la sombra de Griñán y Chaves contra cualquier privilegio fiscal a Cataluña.
Pues bien, ahora proclama sin ponerse colorada que el cupo catalán es el no va más de la financiación solidaria para España.
A estos del PSOE no hay por donde cogerlos.
Pero no por escurridizos, sino por el asco que dan.