Por Carlos de Bustamante

( Tríptico de Ferrara: El lavatorio. 1567. Temple y óleo de El Greco en la Fondazione Cassa di Risparmio di Ferrara. Pintura.aut.org. 22.6 x 15.5) (*)
Humeaba el cordero en la fuente de barro, cuando mi Amo pidió una jofaina con agua y una toalla. No entendía para qué, pero obedecí. Se lo traje enseguida. Myriam estaba serena, pero extremadamente seria. La preocupación que me rondaba iba en aumento. Sin olvidarme de que ignoraba porqué y para qué vino Jesús al mundo, ahora contemplé atónito la escena: uno a uno rogó a sus discípulos que se quitaran las sandalias. Y uno a uno les fue lavando los pies, como hacían los esclavos con sus amos. Al llegar a Pedro y como se negaba, forcejearon, de palabra, claro.
-“Si Yo no te lavare, no tendrás parte conmigo”. Se refería, digo, a su Reino.
Y Pedro:
-“Señor, no solamente los pies, sino las manos y también la cabeza”.
Contestado lo que pude oír, dijo luego muy claro: “No todos estáis limpios”.
El que se guardó el dinero sobrante cuando compré el cordero, se puso colorado como un tomate. Agachó la cabeza. Desde entonces rara vez levantó la vista del suelo. Huuummmm… No podía casi aguantar tanta preocupación. Miré a Myriam. Sus ojos, tristes, me dieron la paz que me faltaba por momentos. Había tal serenidad en ellos, que recobré la calma.
Comenzó la cena. Tarsicio, esclavito y pendiente de servir lo necesario, no sabía bien lo pronto que vería justificados, mejor, aclarados, sus temores.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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