Teatro Marquina, Madrid — ‘Strafalari’, Mag Lari

Magia con traje clásico y alma gamberra: la fórmula que funciona en directo

Magia con traje clásico y alma gamberra: la fórmula que funciona en directo
Mag Lari PD.

Hay funciones que empiezan mucho antes de que se apaguen las luces. En el Teatro Marquina, sentarse en los asientos del pasillo central es casi un guiño silencioso: aquí puedes acabar formando parte del número.

Cuando Mag Lari aparece —traje impecable, ironía elegante y ese punto de provocación que no incomoda a nadie— uno entiende rápido que ‘Strafalari’ no pretende modernizar la magia, sino traer de vuelta la que recordamos de los años 80 y 90. La de los programas familiares, la de sofá y manta, la que unía a toda la casa frente al televisor.

Aquí, esa magia vuelve sin pantallas ni trucos tecnológicos. Lo que hay es brillo en el vestuario, pausas tensas justo antes del efecto, miradas cómplices y un humor que roza lo atrevido pero nunca se pasa de la raya. Los números se encadenan sin artificio, con ritmo, con intención y, sobre todo, con cercanía.

Se entiende por qué funciona para todo tipo de público. Los niños abren los ojos como si no parpadearan, los adultos se ríen —mucho— y recuperan esa ingenuidad que creían olvidada, y los adolescentes descubren que hay espectáculos que sorprenden más en directo que en cualquier pantalla que se invente.

Y otro detalle inesperado: el precio. Tratándose del Marquina, con un montaje cuidado y un artista muy conocido, cualquiera esperaría entradas más caras. No lo son. Es un espectáculo accesible, especialmente atractivo para familias y grupos. Un plan cultural que no asusta al mirar la taquilla.

El ambiente es el de una fiesta escénica. Buenos tiempos, buena música (sin protagonismo), ritmo constante y la sensación de que en cualquier momento alguien del público puede acabar sobre el escenario. Mag Lari domina ese hilo invisible que conecta con la sala sin recurrir a chistes fáciles ni a pausas innecesarias.

Salir del teatro —sobre todo si has vivido la función desde ese pasillo central— deja una sensación que no es fácil de describir pero sí de reconocer: esa mezcla de risa y nostalgia que, por un rato, vuelve a recordarnos que aún sabemos dejarnos sorprender.

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