El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Epístola a Jesús, un epígono de Otramotro (XXXI)

EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XXXI)

Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:

Espero y deseo que Dios haya perdonado en un santiamén a ese autor, amén de contrito, zumbón, que también acarreo. Lo propio anhelo para ti, que sea provechosa tu hodierna clase de OYE (si estás alerta y escuchas con atención —no sé en tu caso, pero en mis años de EGB en los Camilos, en Navarrete, era una asignatura con nota—). Si hay algo que no entiendes, no seas tímido y pregunta; procura deshacer cuanto antes ese nudo gordiano que semeja la duda.

Acabo de bajar del médico (que es médica, Ana Carmen), en cuya consulta me he visto bendecido con la contemplación y por la presencia de tres gracias (delgadas y vestidas con sendas batas blancas; ergo, nada que ver con las desnudas y orondas que pintó Rubens al óleo y cuyo cuadro puede una/o observar en el madrileño Museo del Prado); bendito, al estar solo frente al susodicho trío de mujeres (no se puede estar mejor acompañado, a menos que uno necesite o prefiera estarlo con la soledad o con Soledad).

Tienes concedida de antemano la paz (aunque nosotros —ese es, al menos, mi parecer al respecto— no hemos estado nunca —y me atrevo incluso a agregar que jamás estaremos— en guerra) y la palabra (buscando razones por aquí, por ahí y por allí, probando a averiguar por doquier, he advertido cómo abrir los comentarios en mi blog, pero no la manera de que el autor o autora del hecho —no faltará quien lo/a llame “desecho”— no vuelva a hacer de las suyas, que irán, seguramente —intuyo, me temo y/o sospecho—, en contra de las nuestras).

El apócrifo segundo tomo de Alonso Fernández de Avellaneda (sea o no, como sostenía Martín de Riquer, el seudónimo de Jerónimo de Pasamonte, el galeote Ginés de Pasamonte de la obra cervantina) fue el mejor acicate o aliciente para que Cervantes se pusiera a urdir la segunda parte de su genial novela, en el supuesto de que no la hubiera empezado a escribir ya. Sin ese falso tomo, que no es malo, como muchos que no lo han leído sostienen, acaso no tendríamos la segunda, inmarcesible, de don Miguel.

Ciertamente, como vienes a decir, uno escribe lo que escribe y otro lee e interpreta según su personal modo de entender el texto. Uno es poseedor (no, no pierde los derechos de autor) de su escrito hasta que este se publica, hasta que ve la luz. Luego pertenece a la sociedad en la que fue alumbrado, editado, que lo comprende (o no) a su manera. De poco o nada sirve que el autor (o autora) sostenga que quiso decir A, si el resto, los lectores, interpretan B, o C, o D. Cada nueva generación puede ver en el libro algo distinto de lo que vio la anterior. Mira, verbigracia, los diferentes modos de entender “Don Quijote” a lo largo de la historia. Las líneas mejores que he leído sobre el término “clásico” las escribió Borges: “Clásico (…) es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y una misteriosa lealtad”. Poco antes hacía trenzado esto: “como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”.

En el prólogo de “Don Quijote” dice Cervantes que el fundamento o propósito de su obra no ha sido otro que hacer una sátira contra los libros de caballerías. Quizá no mienta Cervantes, pero la obra ha evolucionado tanto que ha pasado a ser depositaria de otro objetivo o tener una intención más profunda. Acaso empezó siendo una novela ejemplar (como las otras que trenzó el autor alcalaíno) pero devino en otra cosa, un hontanar, un venero de novelas. De todas las novelas que se han escrito después de que Cervantes trenzara la suya cabe decir que una/o puede hallar un fundamento o precedente de las tales en la que firmó “el Manco de Lepanto”.

Por la tarde, Deo volente, te enviaré el texto de mañana, porque ahora no dispongo de tiempo para ello, pues clausuran en un pispás la biblioteca municipal hasta la tarde.

Te saluda, aprecia y abraza

Ángel Sáez García
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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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