EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCXII)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Hoy, para poder contestar con candoroso humor y, a la par, con cuerdo amor (vale lo mismo que leal amistad), al comentario que me haces, siento (noto) y/o pienso que he de echar mano del ingenio de un genio ajeno (que siento anejo, próximo, y aun propio), de uno de mis maestros más dilectos o predilectos, del bueno de APR (Arturo Pérez-Reverte) o APR “el Bueno” (las razones las dejo para el postre o final de esta apostilla), que, sin ninguna hesitación, me ayudará a salir airoso del comprometido aprieto o brete.
Casi siempre, en literatura (en poesía, a mí, al menos, me resulta más evidente), un plano de la misma te lleva a otro plano. La expresión latina “mutatis mutandis” viene, de manera precisa, a dar cuenta de lo aseverado arriba. Cuando tú inicias tu escolio con “no hay que irse tan lejos”, eso es lo que he pretendido con mi décima: poner el foco allí para hablar, cambiando lo que haya que cambiar, de lo que aquí.
Vaya por delante que, por mucho que sea el esfuerzo que hayamos hecho hasta hoy de coherencia a lo largo (y a lo ancho) de nuestra vida y sigamos haciendo hasta que la parca Átropos le dé un corte al hilo de nuestra existencia, no creo que haya nadie (y, cuando escribo el vocablo “nadie”, no me refiero a la argucia que ideó y puso en práctica Odiseo o Ulises con el cíclope Polifemo, sino que quiero dar a entender que ninguna persona) en el mundo que pueda sobrepasar el insuperable listón de la congruencia, que otras/os llaman de la consecuencia.
Como cuanto afirmas en torno a la manzana, grosso modo, me recuerda o trae a la mente la teoría del perspectivismo de don José Ortega y Gasset, que, mientras no haya otra que la contradiga o refute, seguiré teniendo por verdadera, poco (aña)diré. Abundaré, eso sí, contigo en que España, en muchos aspectos, parece una sentina y el hedor que uno capta aquí, ahí y allí, si algo viene a indicar es que la corrupción y/o putrefacción es sistémica, general.
Como APR “el Bueno”, a ratos, me veo o cuento entre los que o “soy de los que imaginan a una especie de dios borracho, o bromista cósmico, tronchándose de risa con los afanes de las miserables hormigas que corremos bajo su bota”.
¿Qué nos concierne a ti y a mí? ¿Qué debemos hacer para, primero, aspirar, y, luego, conseguir ser un día, antes de morir, las personas coherentes que sobrepasen el insuperable listón de la congruencia? Haremos bien si acudimos, de nuevo, a APR, quien nos logra persuadir cuando asegura que “lo que hay que hacer es educar a los jóvenes, no para ese mundo nuevo y maravilloso que nunca va a existir y que cuando se enfrenten a él se les caiga todo el castillo de naipes, sino para decirles que siempre hay un iceberg delante del Titanic, que siempre hay un tsunami en la playa paradisíaca. Educarlos para eso: para sobrevivir, para soportar, para no ser excesivamente infelices en un mundo que se acaba. Dotarlos de las herramientas intelectuales, morales y de solidaridad del peón del tablero para que puedan soportar el dolor y la soledad y el fracaso del mundo que viene. En mis novelas, los personajes con los que trabajo son, justamente, personas que buscan mecanismos para sobrevivir a ese final del mundo”.
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
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