EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCXLVI)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Ignoro si has leído alguna vez la definición de poesía que sigue: “Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”. Si la décima te ha gustado tanto, desde el título hasta el último de sus versos, “La angustia, ansiedad en rama”, que vuelve a iterarlo, pero dejando a un lado los signos de interrogación y exclamación, acaso sea por lo que otrora adujo el autor de la citada definición de arriba, Federico García Lorca. Ya conoces mi parecer sobre dicho literato. A mí me gusta más como dramaturgo que como poeta. Aunque, si consideramos lo que él sostuvo al respecto (“El teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana”), acaso no sean teatro y poesía más que el haz y el envés, la cara y la cruz, de una misma moneda literaria, la “teatroesía”.
Pues deja de imaginártelo y pásalo de las musas al teatro. Que te pongas a ello ya, vaya. ¡Adelante con él!
Que cada palo (¡qué más da que el ladrón sea de guante blanco o lleve guantes de otro color!) aguante su vela, se apellide como se apellide el que se ha dedicado a dar un palo tras otro, sin dar un solo palo al agua.
Ojalá con la susodicha advertencia de la OMS salga beneficiada la salud de la población mundial. Ahora bien, quien solo tiene hamburguesas, embutidos o salchichas para comer, ¿dejará de llevárselos a la boca por ser cancerígenos? Seguro que contesta lo que aquel torero, que más cornadas da el hambre.
Ciertamente, habrá que seguir a quien recomendó que había que comer y beber con moderación; a saber, poco de todo (a excepción de veneno y demás sustancias deletéreas, claro) y mucho de nada.
Ignoro a qué hora, dónde, por qué y a quiénes escuchaste debatir ayer sobre arte y artistas. Ya conoces mi tesis o teoría sobre la importancia que yo le concedo, porque la tiene, al DES (acrónimo de Dedicación, Esfuerzo y Sacrificio), conditio sine qua non para alcanzar, conseguir o lograr en esta vida (dejando a un lado, claro está, la suerte de recibir una (in)esperada herencia de un deudo rico o la fortuna de obtener el premio gordo en una lotería o cualesquiera otros juegos de azar), predicamento entre la crítica y el público.
Un artista puede serlo de una única obra, sin duda. Ahí tienes más de un caso: “Cumbres borrascosas”, de Emily Brontë; “El guardián entre el centeno”, de Jerome David Salinger; “El gatopardo”, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa; “El doctor Zhivago”, de Boris Pasternak, etc. Sin embargo, para llegar a elaborar, coronar o construir dichas obras, y que estas hayan merecido el calificativo de imperecederas, sus hacedores, seguramente, tuvieron que echar mano de mi requisito imprescindible y necesario, el DES. Una obra genial no brota, nace o surge por generación espontánea. Ha habido autores jóvenes que han muerto jóvenes y por eso tienen una sola obra en su haber, pero nadie sabe qué hubiera pasado si hubieran vivido más años. Hay quien habla de la maldición de la primera gran obra. Por sostener, se puede defender cualquier tesis, hasta la que parezca más extravagante.
Del sujeto en cuestión ya escribí otrora lo que tenía que escribir. Me inspiró varios textos, incluido un soneto (esa es la parte positiva, la memorable). No merece la pena insistir en su censurador y reprensible proceder.
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
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