El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Para Pilar, que fue mi amor y musa

PARA PILAR, QUE FUE MI AMOR Y MUSA

“El corazón tiene razones que la razón ignora”.

Blaise Pascal

Déjame decirte (en sentido estricto, escribirte), Pilar, que tú, en lo tocante a nuestra relación de pareja afectivo/literaria, nada tienes que reprocharte; de nada tienes que culparte. Y menos de su ruptura. Eres una mujer estupenda; (ur)diré más, de bandera (yo no me he enamorado jamás de una mujer mediocre; eso es lo que creo a pies juntillas; respeto que para otros las mujeres que he amado hayan podido parecérselo, pero no serlo), pero tienes tus defectos (me consta que no los ignoras), como yo los míos (que tampoco) y cualquier hijo (sea hembra o varón) de vecino los suyos.

Pilar, tú solo querías tener conmigo una relación de amistad. Me quedó claro desde el principio, pero yo, como advertí que cada vez estaba más y más enamorado de ti, hasta que llegué a estarlo de manera completa (no concebí nunca que a un verdadero tal le cupiera estarlo de otro modo), confiaba en que, con el lento paso del tiempo, te darías cuenta de ello, de que mis sentimientos hacia tu persona eran decentes y verdaderos, y de que la flecha de Cupido, que me había acertado en pleno corazón, acaso pudiera haber rozado el tuyo y eso ayudara o contribuyera a hacerte cambiar de parecer. Me equivoqué, sin duda. Y tal vez tú también. Me explicaré. Lo intentaré, al menos. Veremos si lo logro o no.

Insisto, Pilar, en lo incontrovertible, en que tú solo querías tener conmigo una relación de amistad. Esa era la máxima concesión que estabas dispuesta a hacerme, el tope al que podía llegar mi pretensión. Yo acepté que ese fuera tu criterio, tu deseo. Pero, como para mí se quedaba corto (entiendo que a otras/os tu propuesta les sirviera y hasta les llenara o satisficiera plenamente; al parecer, lo que no llegaste a comprender, lo que no entendiste, es que a mí no lo hiciera), no pudiera avenirme a decir que sí a la misma, a eso, que era lo que tú querías, no lo que yo anhelaba. Además, el martes de marras no me vi capaz, ni mediana ni meridianamente preparado para, verbigracia, tenerte delante, enfrente, a un escaso metro de distancia, y no lanzarme directo a darte, amén de un abrazo e(vi)terno, besos sin cuento.

A lo que yo aspiraba era a que fueras (así te lo hice saber varias veces) mi esposa (si no querías que nos casáramos, estaba dispuesto a aceptar que fueras mi pareja, siempre que viviéramos bajo el mismo techo, y pactáramos, de mutuo y común acuerdo, las condiciones o los términos de nuestra convivencia y nos comprometiéramos a cumplirlas/os a rajatabla y a respetarnos). Mi aspiración, dizque, superaba con creces los límites de tu concesión. Acepté (de mal grado) que fuera así el caso, la cosa, pero lo admití (insisto, de mala gana), que no fue lo que tú hiciste. Mientras que yo respeté que tú dijeras que no a mis ansias, tú no toleraste que yo rehusara las tuyas. Mientras que yo respeté que rechazaras mi propuesta, tú no toleraste que rechazara la tuya.

Aunque sé, me consta, que el amor no es un juego, no debe serlo (aunque todo amor tenga un componente o una parte de tal), acaso valga la siguiente imagen. Yo, Pilar, me jugué todo mi capital sentimental a la apuesta del todo (el doble, en realidad, o sea, complementar o completar mi persona o ser con el tuyo, o viceversa) o nada. Lancé las chapas al aire y salieron cruces (o lises). Perdí. Era algo que podía pasar. No me quejo.

Para mí haberte conocido y haberme enamorado “hasta las trancas” de ti fue otro maná, una bendición o milagro caído del cielo. Nunca podré olvidarte, pero te engañaría y me engañaría si te dijera que me siento capaz de ser solo tu amigo o tu “follamigo” (vocablo que, eso intuyo, aceptará pronto, como ocurrió recientemente con la voz amigovio, el DLE), condición, estado o plan que se lleva mucho en estos tiempos nuestros, hasta entre gente talluda (si hay acuerdo entre los dos miembros adultos de la pareja y a los dos les sirve, no pongo objeción), pero que no va conmigo. Hoy no.

Te desea, de corazón, lo mejor

Ángel Sáez García
[email protected]

Adenda (por si no se ha entendido, como era mi propósito, correctamente, la referencia que he hecho al juego de “las chapas”).

De abril a noviembre de 1993 (si no marro, que puede, en el primer mes) estuve trabajando como camarero de comedor en el restaurante “Mojón de los Tres Reyes”, de Valverde (barrio de Cervera del río Alhama, La Rioja), donde vivía. A mí nunca se me cayeron los anillos (bueno, me enmiendo al momento, ya que he mentido sin querer, sí, porque, estando trabajando en Alfaro perdí un solitario). Hacía los dos turnos (el de comida y el de cena) y aprovechaba las horas libres de la tarde para preparar las oposiciones a profesor de Lengua Castellana y Literatura. Aquel año las hice en Zaragoza. Las aprobé, pero no saqué plaza: lo normal en quien no tenía más puntos que sumar a la calificación obtenida que el 1,5 concedido por haber promediado la nota de notable en las asignaturas de la carrera.

Recuerdo que, estando trabajando en el “Mojón”, tras cenar, bajé a Fitero en dos ocasiones y asistí (creo que en el casino, pero no lo puedo asegurar) como mero espectador (no jugué) al juego de las chapas (dos monedas antiguas). Quien tenía la banca debía igualar el dinero que habían apostado las personas que formaban el corro de jugadores. Si, tras el vuelo aleatorio, caídas al suelo, salían caras, ganaba la banca. Si salían cruces (o lises, llamadas así, supongo, porque en lugar de una cruz aparecía en el reverso de la moneda una flor de lis) ganaba el corro. Si no coincidían, volvían a lanzarse al aire las chapas.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído