ANÉCDOTAS Y DATOS DE MI AUTOR
Aunque no estoy seguro (sí de que he tenido la dicha, el honor y el privilegio de haber leído cuanto ha escrito mi amigo del alma, incluso cientos de textos que aún no han visto la luz), juraría que fue en un microrrelato que le trenzó a su amada Pilar, ya publicado, donde Otramotro me mencionaba y en él venía a decir que, cuando él hubiera muerto, acaso la gente haría todo lo posible por contactar conmigo para hacerme una interviú y sonsacarme anécdotas o datos sobre el tal.
Antes de que ocurra ese fatal desenlace (como puede que mi fin existencial se adelante al suyo), he decidido urdir estos renglones torcidos y meterlos en un sobre con la indicación de que solo se abra y, por lo tanto, las líneas que logre juntar y contiene únicamente salgan a relucir y se lean, en el supuesto de que, cuando fallezca el autor de mis días, yo ya no esté.
Otramotro (desde que, hace mes y medio, se clausuró el servicio de ordenadores que funcionaba en el Centro Cívico “Lourdes”, donde mi amigo solía coronar la primera versión de sus urdiduras o “urdiblandas”), siempre que se hallaba el ordenador número 3 de la biblioteca municipal “Yanguas y Miranda”, de Tudela, libre, era el que usaba. Quien acudiera por entonces, primavera del 2019, de manera asidua, a la calle Herrerías, al Palacio del Marqués de Huarte, donde tiene su sede la susodicha, testificará lo mismo.
Por María Ángeles y por Pilar, las dos bibliotecarias habituales en la sala de adultos, sentía verdadera veneración, pues referir que a ambas les estaba eviternamente agradecido y les tenía un aprecio y un cariño singulares, impares, era quedarse corto, muy corto.
Salvo por causa de fuerza mayor, o viaje o enfermedad, desde que a ambos, por idénticos motivos, nos llegó, de modo prematuro, la jubilación, no fallamos un solo día que abriera sus puertas ni él ni yo, su sombra, que disfrutaba tanto o más que él, porque acostumbraba a situarme estratégicamente detrás de su hombro derecho y, desde allí, solía ir leyendo cuanto él tecleaba.
He de reconocer, por ser memorable, que le di un montón de besos (siempre que me hubiera cerciorado antes de que nadie me veía, claro) en el pelo del cogote, después de escribir él y leer yo textos sobre su madre, Iluminada; sus diuturnos amigos, “los Luises”; su amada Pilar; su dilecta amiga y colega de igual gracia de pila, Pilar; sus confidentes Jesús y Manolo, con quienes tantos correos cruzó; sus deudos (ellas y ellos) y seres más allegados.
Como antes apunté, desconozco si estaré presente cuando Otramotro dé su última boqueada o estertor (porque nadie puede descartar que yo fine mis días antes que él). Asimismo, ignoro cuál será la postrera palabra que pronuncie (si es que esta resulta audible), pero me apostaría doble contra sencillo a que el último pensamiento que tiene, a pesar de los muchos pesares que le deparó la calabaza o el revés que de ella recibió, se lo dedica, si descarto las féminas de su familia, a la mujer que más y mejor amó, Pilar.
Emilio González, “Metomentodo”.
Ángel Sáez García
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