UN MAL SIEMPRE HALLA UN BIEN QUE LE DA ESCOLTA
CABE ADUCIR LO PROPIO VICEVERSA
“¡Cuánto contento siento cuando brillo, / no como el sol, sino como un membrillo, / mudado en documento o monumento!”.
Emilio González, “Metomentodo”.
Bueno, bueno, Otramotro, ya estás haciendo otra vez de las tuyas, pues la forma asidua y normal de formular el dicho es la clásica: “No hay mal que por bien no venga”.
El pasado martes, 3 de diciembre, Día de Navarra, festividad de San Francisco Javier, había quedado con mi dilecto amigo Luis Quirico Calvo Iriarte en el bar “Aragón”, sito en la Plaza de los Fueros o Nueva, de Tudela, a las nueve y cuarto de la mañana. César, camarero de dicho establecimiento, me sirvió amablemente lo que le pedí, un cortado descafeinado de cafetera, mientras esperaba a Luis. Como pasaron más de los cinco minutos de cortesía y él no había hecho acto de presencia, lo llamé por teléfono. Él venía en coche desde su lugar de residencia, Tafalla, y, según me dijo, acababa de pasar junto al Hospital “Reina Sofía”. Le comenté que lo mejor que podía hacer era dejar el vehículo en el aparcamiento que queda anejo a la Avenida Argentina y hacia allí encaminé mis pasos. Nos divisamos mutuamente a unos 20 metros de distancia, nos acercamos, abrazamos y nos dirigimos hacia nuestro destino, la sede de la Peña “La Teba” (acrónimo de “Tudelanos En Buena Armonía”) en la calle Portal, frente a la puerta románica de la catedral tudelana.
Él había aceptado la invitación-propuesta que le había hecho tres semanas antes, si no recuerdo mal, en el restaurante-asador Coto Valdorba, donde estuvimos comiendo en la grata compañía de nuestro querido amigo común Luis de Pablo Jiménez y un amigo suyo (de Luis Quirico), José María, muy majo. Tras llenar el estómago, jugamos en el bar una partida de mus (por parejas, él con José María y yo con Luis de Pablo) y le comenté a Luis Quirico si le apetecía jugar conmigo el 26º Campeonato de Mus Rápido de La Teba. Me dijo que sí y allí nos encontrábamos, por fin, tras franquear la puerta de entrada, con el resto de los participantes, entre ellos, a mi hermano Jesús María, “el Chichas”, y Alfredo Sarnago, “Purillo”, su pareja de juego, que, aunque perdieron contra nosotros, se clasificaron y jugaron la final.
Mientras se sucedieron las cuatro partidas que echamos, tuve ocasión de comprobar que el azar insistía en su inveterada costumbre de mostrarse caprichoso (o, si se prefiere, que sigue siendo válido y estando vigente ese otro dicho que airea la verdad con visos de mentira, o viceversa, de que en la variedad está el gusto), porque el resultado de nuestros enfrentamientos no se repitió, ya que ganamos a Alfredo y a mi hermano 4-0, y perdimos los otros tres encuentros por 4-1, 4-2 y 4-3.
Durante la comida, en la bodega (degustamos unas pochas exquisitas y unos untamorros suculentos), constaté que las viandas y los caldos devienen ambrosía y néctar cuando compartes mesa y mantel con comensales a los que quieres o por los que sientes un cariño especial, fraternal.
Como quien traspasa la puerta de entrada de La Teba se da cuenta al momento de que allí dentro se gasta guasa y sorna de las buenas, preví, pero marré (por poco; no soy más que un mero aprendiz de augur o brujo), que la pareja a la que vapuleamos iba a ganar el torneo (al menos, jugaron la final; no exenta de polémica, supe luego).
Después de la ingesta de alimentos, Luis decidió que iba a ir a Rincón de Soto a hacer una visita a quien fue uno de los jefes mejores que tuvimos, Joaquín Félix Martín, “el Andaluz”. Le encargué que le diera un abrazo de mi parte.
Cuando contacté con Luis por teléfono, este aún estaba en Rincón y llevaba en esos momentos a Luis de Pablo en su coche a su casa (de De Pablo), y le hice saber lo que me acababa de confirmar Alfredo Sarnago (el teléfono de mi hermano, sin batería, estaba fuera de cobertura), que estaban jugando la final.
Como el eterno retorno es un hecho (aunque no falten quienes lo refuten, porque, a pesar de que, a la postre, el resultado sea muy parecido, son otras las circunstancias que se juntan), el Día de Navarra de este año volvió a tener un pero para mí, idéntico al de los años anteriores, que La Teba parecía una película del lejano Oeste, un wéstern, pues había allí demasiado indio haciendo señales de humo. Ergo, cerrando el círculo, cabe aseverar al final lo contrario a lo que aduje al principio de este texto, que no hay bien que por mal no venga. De solventar ese problema adquirido, el olor a humo, que lo penetra todo, se encargó el baño relajante que me di y la lavadora (a la que suministré las cantidades cabales de jabón y suavizante).
Ángel Sáez García