El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Son Iris y Otramotro almas gemelas?

¿SON IRIS Y OTRAMOTRO ALMAS GEMELAS?

A veces, basta con que leamos las líneas iniciales de un libro (el que sea; siempre que este resulte excelente para nosotros, claro) para que nuestra voluntad quede atrapada por esos primeros renglones y, a continuación, suceda lo deseable, esperable, lógico, normal y razonable, que nos broten (o entren) unas tremendas ganas irrefrenables de seguir leyendo las páginas de ese ejemplar, indicio evidente de que quien pasa la vista por sus párrafos está disfrutando a tope, de lo lindo, de él (bien por esta razón; le admira lo que el autor, ella o él, cuenta, el contenido; bien por esta otra; le entusiasma cómo lo dice, la forma; bien por lo que se conoce por la repanocha o repera, la suma de ambos motivos). Eso, la última opción aducida, esgrimida y apuntada, es lo que me ocurrió a mí cuando cayó y/u obró en mis manos lo que me dejó muda, “El mosaico” (la primera novela que le publicaron a Iris Gili Gómez, que, por cierto, no fue la primera que escribió), que no dejé de leer hasta que, cuando empezaba a clarear un nuevo día, llegué a su punto final.

Aunque alguien pueda llegar a escandalizarse por leer lo que me dispongo a urdir enseguida aquí sobre el arte, el método y las herramientas que quien exhibió sobre su testa la primera corona de laurel del prestigioso o reputado premio Total suele manejar para hilar en su telar un párrafo tras otro, echaré mano de las mismas palabras que usa Iris en su novela y hace que las suelte por su sinhueso el protagonista de la misma, Luis Unamuno, sosia/s o trasunto de su amigo Otramotro: “Yo copio lo que veo, la realidad; lo mismo que hacía Henri Beyle con lo que quedaba reflejado en el espejo que colocaba en una ventana que daba a la plaza o sobre la rama de un árbol que fungía de centinela, atento a cuanto acaecía junto a un cruce de caminos. Luego todo eso lo metamorfoseo a mi antojo”.

Otramotro, seguramente, ejerció también de intermediario, transmisor o vector de la curiosa tesis de Stendhal sobre la “cristalización” o transformación mágica del sujeto amado, porque fue el argumento que utilizó él para explicarle a Iris el incondicional amor que sentía por ella. Por eso mismo, cabe aseverar que Luis Unamuno sostiene en “El mosaico” lo que mantuvo, mantiene y, si no cambia de parecer, mantendrá Otramotro (con, si no iguales, parecidas palabras): “No hay libertad sin responsabilidad. Si al cuerpo humano, la libertad, le amputan los brazos y las piernas, la responsabilidad, aún queda cuerpo humano, pero la autonomía brilla en él por su ausencia. Nuestra libertad nos impele a satisfacer nuestros deseos; la mía, en concreto, a amarte y a querer llevarme cuanto antes a la boca y comerme de un bocado el bombón que tengo delante, tú; pero también a ser responsable de mis actos y a tolerar que tú, la persona que amo, no sientas lo mismo por mí; y hasta que estés enamorada de otro ser”.

Desde el punto de vista del procedimiento o la técnica narrativa, tengo para mí que Iris hace en “El mosaico” tres cuartos de lo propio que viene y sigue haciendo Otramotro con las pequeñas piezas que trenza él sobre ella o nos pide, con especial encarecimiento, a sus heterónimos más obedientes, que le echemos una mano y le ayudemos a coronar lo que él solo no puede, el puzle.

A mí, lo reconozco, tanto me encanta “El mosaico” que ya la he releído dos veces y he hecho el esfuerzo de aprenderme de memoria la penúltima perla del libro, que Iris la pone en boca de Luis Unamuno: “Si damos por sentado que España es un Estado de derecho, donde impera la ley; y, por ende, la libertad de expresión se puede ejercer, siempre que no se sobrepasen las cortapisas de la calumnia y la injuria, sus límites infranqueables, las líneas rojas, una/o puede decir lo que le venga en gana, pero los demás tenemos el mismo derecho a poder criticar lo que ha dicho, si lo consideramos censurable, por supuesto”.

Ignoro si Iris y Otramotro son almas gemelas; ahora bien, estoy convencido de que a Otramotro le agradaría un montón, o sea, se daría con un canto en los dientes, si así fuera. Sí me consta, sin embargo, que “El mosaico” y “El puzle” (si acaba titulándose de esa guisa la novela que anda ultimando Otramotro) se parecen como dos gotas de agua.

   Edurne Gotor, “Metonimia”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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