El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

No valen para echar tabas a un corro

NO VALEN PARA ECHAR TABAS A UN CORRO

Esa era la sarcástica expresión que solía venirle de ordinario a la mui o sinhueso a mi difunto y piadoso padre, Eusebio, para dar cuenta de qué incapaces podían llegar a mostrarse o ser algunas personas; sobre todo, la usaba para referirse a los políticos nocivos o perniciosos de entonces, cuando él vivía, por, grosso modo, dos razones de peso, o porque no hacían lo que debían o, en su defecto (agravando más aún la situación), porque coronaban lo contrario de lo que habían dicho y aun prometido que iban a culminar. Mi progenitor falleció hace diecisiete años; bueno, pues, el estado de los casos y de las cosas que tienen que ver con la política actual y los políticos patrios, me temo, ha/n ido a peor, como enseña la apodíctica e irrefutable ley de Murphy (“si algo malo puede pasar, pasará”).

¿España es diferente? Eso es lo que parece a simple golpe de vista (basta con que uno se lleve a los ojos a diario varios periódicos para colegirlo así o arribar a semejante puerto o conclusión). Aquí, en este país, nuestros representantes políticos cometen los mismos errores o excesos en los que incurren sus homólogos en otros países europeos; pero con diferente consecuencia o distinto corolario, ya que, mientras en las naciones de nuestro entorno, estados socios también de la Unión Europea, UE, a los autores (ellas y ellos) de los desmanes, si se les pilla in fraganti, saltándose las normas o dando malos y hasta pésimos ejemplos cívicos, una de dos, o se les cesa de sus cargos o puestos ipso facto, en el acto, o dimiten motu proprio, por propia iniciativa, itero, aquí, en nuestro país, a los hacedores de las tropelías no se les logra sacar de su madriguera ni echando mano del bicho, como, mutatis mutandis, suele acaecer con algunos gazapos.

Ignoro si el atento y desocupado lector (hembra o varón) de estos renglones torcidos tuvo, mientras estudiaba o duraba su educación o formación (hasta que se licenció) profesores memorables, esto es, dignos de recuerdo. A mí sí se me brindó esa afortunada oportunidad y cupo la dicha de tenerlos excelentes, difícilmente superables. A uno de ellos, Pedro María Piérola García, verbigracia, en uno de los relatos que he urdido y publicado le hago decir lo que muchos habrán oído y dicho alguna vez en sus respectivas vidas, que “no hay mejor maestro que fray Ejemplo” (él, Piérola, lo fue, sin duda, e inolvidable, para muchos). Desconozco si usted, visto lo visto y oído lo oído, se ha preguntado alguna vez lo mismo que acabo de preguntarme yo: ¿Con los políticos que actualmente ocupan los escaños del Congreso, del Senado y de las diecisiete cámaras autonómicas serán suficientes los seis meses (acaso se haya quedado corto Sánchez; confío, deseo y espero que se entienda rectamente el recochineo) para conseguir doblegar y vencer la segunda oleada de la pandemia de la covid-19? Si nos atenemos, detenemos y fijamos nuestra atención (¡qué alipori o vergüenza ajena!) en los estomagantes o vomitivos (por pésimos) malos ejemplos que dan (¿alguno de ellos ha oído o leído y sabe distinguir entre dos conceptos inmarchitables que heredamos de Roma, “auctoritas”, autoridad moral o saber socialmente admitido, de “potestas”, mando o poder socialmente reconocido?), ¿podemos seguir confiando en ellos? Yo ya me he respondido varias veces que no y con dichas negaciones he formado un montón, rememorando lo que aprendí otrora de mi primer profesor de Latín, Daniel Puerto: “Adde parvum parvo, magnus acervus erit”, añade un poco a otro poco, el montón será grande; pero acepto, además de otros pareceres, distintos y aun opuestos al mío, que puedo estar equivocado (en este punto, sigo al filósofo austriaco, que devino ciudadano británico, Karl Raimund Popper: la verdad gasta carácter interino, o sea, es provisional; dura hasta que es refutada por otra; entonces, lo honesto, desde el punto de vista intelectual, es aceptarla como certeza, mientras otra aspirante no venga a contradecirla y, a su vez, a desbancarla del pedestal que ocupaba), pues no soy, como sí lo son muchos de ellos, ni soberbio ni fanático.

Otra de las frases que repetía Puerto era un adagio de Ulpiano, este: “Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere”; estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no dañar al otro y dar a cada uno lo suyo. Ahora bien, qué difícil, por complejo, resulta conciliar los tres principios del célebre jurista romano; sobre todo, cuando uno debe afear una actitud incoherente, criticar con dureza y castigar un comportamiento hipócrita, sin blandir o esgrimir el afilado “animus laedendi”, la intención o el propósito de dañar. Así que terminaré de redactar este escrito con otro endecasílabo irónico, primo (o) hermano del que obra en el rótulo: ¡Qué mimbres para hacer una banasta!

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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