El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Tatuado un delfín tienes junto al pubis?

¿TATUADO UN DELFÍN TIENES JUNTO AL PUBIS?

¿CUÁNTO DEFRAUDADO HAS COLECCIONADO?

A pesar de los pesares, considero que hay personas en este mundo que no aprendemos ni a la de tres, ni a la de diez, ni a la de cien. Por muchas oportunidades que nos hayan dado y por otras tantas que nos den, seguimos y seguiremos, erre que erre, cayendo en los mismos vicios o errores. Somos como esas mesas que cojean, que con una cuña las logras calzar y nivelar provisionalmente, pero que, nada más recibir un pequeño empujón o golpe, a las primeras de cambio, como le ocurre a la burra, que vuelve, una y otra vez, al trigo, damos muestras de seguir cojeando de la misma pata, ocasión tras ocasión, sea esta la que sea, la tercera, la décima o la centésima. Y como estés enamorado (hasta los tuétanos, único modo honesto de estarlo; ¿o es que alguien lo está a medias?), ¡lo llevas claro!

Ignoro qué vida habrá llevado una de las novias que tuve otrora. Ojalá haya variado su actitud (si lo ha hecho, habrá mudado la noche por el día). Lo digo por ella (por el mal sabor de boca que habrá dejado diseminado, esparcido) y por sus parejas (porque, al ritmo que llevaba, la recua de damnificados y defraudados ha debido ser, necesaria y seguramente, larga, larguísima), porque, aunque, desde un tiempo a esta parte, el amor ha devenido un clínex, pañuelo de usar y tirar, líquido (según acertó en calificar Zygmunt Bauman), puede que haya dado con parejas con ideas, si no idénticas, parecidas o similares a las suyas, inconstantes, como ella, y no hayan padecido el rosario de desaires manifiestos y groseros o feos que sufrí yo. Si me tengo que basar y fundamentar en la historia, en mi experiencia, en lo que viví con ella, dudo mucho que haya cambiado (me iba a ahorrar el comentario que iba a colocar aquí, en este paréntesis, por malévolo, pero me he decantado por que aparezca, y es que soy humano, pero no soy un santo: si ha mudado, acaso lo haya hecho a peor), pero, me corrijo o enmiendo una pizca o ápice, al menos, al agregar lo que tal vez me haga quedar, si no bien, menos mal, que me molesta prejuzgar. Para salvaguardar su intimidad, no daré la inicial de su nombre de pila (como había previsto al principio), sino que usaré el signo que, en un escrito, sustituye al nombre propio de la persona que se quiere ocultar, la letra que se utiliza para la incógnita, X.

Conocí a X en el salón del piso que compartí antaño en Zaragoza con otros dos estudiantes universitarios. Mis compañeros habían invitado a Y, amiga íntima de ambos, que convivía con X y otras jóvenes. X se había animado o brindado a acompañarla. Aquella noche, mientras ellas y ellos se decantaron por el té, servidor se inclinó por el café. Recuerdo que a ella se le acabó el paquete de tabaco negro, Ducados, que yo también gastaba y, antes de que se marchara, le obsequié con uno entero (entonces compraba en el estanco cartones de esa marca, que ignoro si todavía se compra/vende, pues hace veinte años que dejé de fumar). Departimos amistosamente (poco) de lo divino y (mucho) de lo humano y, llegada la despedida, nos dimos los dos besos de rigor en la cara, que antes era normal darse, y quedamos, sin concretar la fecha, en volver a vernos con un clásico “hasta la próxima” (“que sea pronto”, escribí en mi diario). Al cabo de una semana nos volvimos a encontrar en el mismo lugar. En esta segunda ocasión ya decidimos dónde ocurriría el tercero: quedamos para el sábado próximo en que, desde el edificio donde vivíamos, iríamos a la zona de bares del Casco Viejo. Durante el trayecto de ida, X y yo hablamos y me pidió que, si el grupo se deshacía, a la vuelta la acompañara a su casa. Accedí de buen grado, pero ella decidió proceder, sobre la marcha, de otro modo, distinto del pactado. Mis compañeros que conocían el percal, ya me habían advertido con antelación de su comportamiento versátil, veleta, pero como yo ni era ni soy partidario de prejuzgar (aunque alguna excepción a la susodicha regla cabe ser rastreada y hallada sin mayor esfuerzo en mi biografía), le concedí el beneficio de la duda.

Uno de los amigos de mis compañeros de piso, el que se fue con X, apareció al día siguiente del de autos, por casa. Se pasó por la tarde a tomar un café y nos dio pelos y señales de lo ocurrido. A mí me vino bien conocer detalles y pormenores de aquello, pero no hice el aprovechamiento cabal, lógico, si tengo en cuenta mis muchos yerros posteriores. Cuando se marchó de casa, me sentí un semidiós, porque, sin buscarlo ni querer, había sido depositario de una información crucial. Inopinadamente, X pulsó por la noche el timbre del portero y me dijo que me invitaba a tomar un café en “El gran Gatsby”. Recuerdo que pedí dos cortados en la barra, pero nos los tomamos sentados en una mesa del fondo para charlar, pues adujo que quería disculparse por su comportamiento. Allí, tras escucharle ensartar embelecos, a troche y moche (pues yo era conocedor, por haber oído con atención la versión exhaustiva referida por el “destripapolvos”, a quien sus amigos, mis compañeros, le pidieron encarecidamente que contara, libremente, lo que quisiera, pero que, por favor, fueran verdades como puños), cuando hizo una pausa, le pedí permiso para hacerle una pregunta íntima, acaso subida de tono. Le advertí de que, si no me cuadraba y satisfacía su respuesta, me iría a casa y no querría saber nada más de ella. Accedió a que le preguntara y se comprometió a no mentir. ¿Tienes tatuado un delfín en la parte derecha del pubis? No me mintió en esto, pero en días y meses posteriores no dejó de hacerlo en eso, aquello y en lo de más allá, hasta que, desenamorado, por fin, dije con orgullo sanseacabó y basta.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

OFERTAS ORO

¡¡¡ DESCUENTOS ENTRE EL 41 Y EL 50% !!!

Una amplia variedad de las mejores ofertas de nuestra selección de tiendas online

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído