¿RETUERCES LA VERDAD COMO SI VIERAS
EN ELLA UNA BAYETA DE COCINA?
La extraña, diuturna y arraigada afición por leer atenta y comprensivamente cuanto caía en las manos del niño que fue mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, propició, favoreció y desarrolló en él una evidente y placentera inclinación por cultivar su espíritu crítico, o sea, que este se afanara con denuedo por desentrañar los faros o fanales que cabía hallar en la oscuridad y los agujeros negros que cabía barruntar e identificar en una galaxia; dicho o urdido a la pata la llana, por la crítica (que encomia, cuando debe, y, si tiene que denigrar, no se calla ni se esconde; esto es, que no solo se dedica a coronar la parte o vertiente negativa de su quehacer, la que se encarga de censurar actitudes o comportamientos humanos —en realidad, deshumanizadores o inhumanos—, sean estos ajenos o propios).
Si el atento y desocupado lector, ella o él, de estos renglones torcidos no me cree, lea lo que escribió, hace más de cuatro lustros, “Metomentodo”:
“Nadie puede negar lo apodíctico (‘incondicionalmente cierto, necesariamente válido’, según la definición que da de dicho adjetivo y/o vocablo el Diccionario de la Lengua Española, DLE), verbigracia, esto, que cualquier investigación que llevemos a cabo (ora académica, ora diletante) necesita una inversión de tiempo y de conocimiento, pues la atenta y detenida lectura del número indeterminado de libros que precisemos o usemos para culminarla requiere el doble y necesario concurso del primero y del segundo; y, de dicho trámite, sale enriquecido y metamorfoseado el mencionado en último lugar. Eso nos va a permitir conocer más caras o facetas de ese poliedro que es la realidad que nos disponemos a estudiar y en la que confiamos, deseamos y esperamos profundizar, y, por ende, de resultas de todo ello, vamos a obtener más y mejores (más sólidas y más amplias) certezas”.
Aunque puede que haya habido algunos momentos de dicha, escasos, quien ha tenido la desgracia de cuidar, de continuo, día tras día, a un deudo (padre, madre, hermana/o, tía/o, abuela/o) con alzhéimer habrá llegado a la misma conclusión a la que arribó él, cuando colaboró (echaba una mano en un asilo, de lunes a viernes, todas las mañanas de las semanas que tenía turno de tarde donde trabajaba, en una fábrica de electrodomésticos) con las monjas y otros voluntarios, que cuidaban allí a ancianos, mayoritariamente, que no hay un infortunio mayor que este, que una persona haya perdido su memoria, extraviándola para siempre, sin posibilidad alguna de volverla a recuperar.
Bueno, pues eso es ahora lo habitual o normal en muchos de los políticos actuales (de aquí, de ahí y de allí), que parece que han olvidado qué dijeron hace años, meses y aun días, ya que cuanto afirman hoy entra en claro conflicto con lo que manifestaron o dejaron escrito ayer o antes, cuando fuera.
Aunque tres cuartos de lo mismo, con otras palabras, se lo leí ayer a una politóloga de prestigio, en una tribuna excelente, Emilio escribió, al final de la segunda parte de su autobiografía, “Fiel relato y retrato de ‘Egomet’”, esto:
“No vale ni para echar tabas a un corro el politicastro (hembra o varón) que se niega, en redondo, a asumir la contradicción manifiesta de su discurso (oral o escrito), pues lo que dijo o dejó mecanografiado o pasado a ordenador otrora no encaja, es más, puede pasar por lo contrario u opuesto de lo que acaba de expresar ahora (verbalmente o fijado en letras de molde). Quien no admite dicho yerro, morrocotudo, esa realidad pura y dura, como no ha dejado de ser (en puridad, de comportarse como) un niño, no vale para político, que requiere cumplir, a rajatabla, con la conditio sine qua non de ser mayor de edad, aunque ayuda un montón, sobremanera, ser ya un adulto hecho y derecho.
“Hoy el político niño, politiquillo (ella o él), abunda y como aficionado que es a referir medias verdades, las mentiras peores, a esa parte de su semimemoria que lo salva (de la quema) le retuerce la verdad que acarrea o contiene, como si fuera una bayeta de cocina, para que, una vez escurrida, diga lo que la historia jamás dijo ni dirá (siempre que no haya quien la logre manipular o tergiversar, claro)”.
Ángel Sáez García