TODO ESCRITOR PORTEA A OTRO TESEO
Todo escritor, quiéralo o no, acarrea a otro Teseo, que sabe, a ciencia cierta, dónde empezaba el hilo que Ariadna le cedió o dejó prestado antes de que decidiera poner un pie en el laberinto, pero, si sigue tirando paulatinamente de él, se dará cuenta de que desconoce dónde puede terminar este, tras cumplir la heroica labor de matar al monstruo cretense y salir airoso e ileso del dédalo.
Verbigracia, el abajo firmante de estos renglones torcidos halló el cabo, extremo o punta de la susodicha hebra mientras se llevaba a los ojos el libro titulado “Viaje con Clara por Alemania” (2010), de Fernando Aramburu, en concreto, en el inicio del último párrafo de la página 17 (manejo la edición de Tusquets editores): “Mientras miraba la fachada del colegio se le paró en la boca una sonrisa seráfica”.
La relectura de esas dos escasas líneas le empujaron al autor, recreador, este menda, a escribir otras, el primer parágrafo de lo que debería haber sido, en un principio, un relato corto, un cuento: “Hace muchos años, mientras miraba el escaparate de una tienda, la mantequería más cara de la ciudad, Algaso, acudió a la comisura de los labios de la niña que, andando el tiempo, sería mi progenitora, Iluminada, una breve y suave corriente de céfiro que dibujó en su boca una e(vi)terna sonrisa angelical”. Pero, por razones que ignoro y en estos momentos me veo incapaz de improvisar o repentizar, ya que, amén de convincentes, han de ser verosímiles para que servidor las juzgue o repute válidas, dieron un giro inesperado sobre sí mismas y devinieron en el soneto que sigue:
¿POR LA CARA NO HICISTE ACCIÓN BARATA?
Hoy, ocho de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción, dedico los catorce versos endecasílabos de este poema a mis ocho sobrinas/os: Raquel, Rocío, Natalia, Alba, Lucía, Jorge, Adrián e Íñigo, con sumo cariño.
Mi madre, Iluminada, salivaba
Mientras más chata su nariz volvía.
Eso me lo narró el dichoso día
En el que a mí lo propio me pasaba.
Miraba los turrones y admiraba
Las manos que lograron, qué osadía,
Aquella bendición, que me envolvía
En un halo que al Cielo me llevaba.
Contra el cristal del mismo escaparate
Hoy es la/el nieta/o de “Ilu” quien achata
Su apéndice nasal. Qué disparate
Pasar hubiera sido con la tata
Por allí, tras la clase de karate,
Y no hacer por la cara la barata.
Ángel Sáez García