COLOQUIO ENTRE PASMADO Y PODEROSO
VERDADES A LA CARA DE HIJO Y PADRE
Acababa de rebañar Juanjo (o Júnior) las natillas, que su abuela Gregoria, “Goya”, había hecho, llevado a casa y dejado en la nevera para el postre de la cena (eso decía la nota que había escrito la yaya y colocado sobre el frutero), con la ayuda de la cucharilla, cuando su padre Juan José Pérez Prado, abogado, le dijo a su hijo:
—Después de mucho cavilar, a fin de que sepas de qué va esto, la vida, mañana, tras desayunar, me acompañarás al bufete. Sé que aún eres menor de edad, pero el año que viene comenzarás a estudiar Derecho en la Universidad y conviene que sepas cuanto antes y sin procrastinarlo más, qué se cuece aquí, qué se trama y qué hay detrás o debajo de lo tramado. No vas a tener que hacer nada, solo estar. Bueno, sí, tienes que estar muy atento a qué se dice y hace a tu alrededor. Algunas cosas que escuches o veas te sorprenderán; unas gratamente y otras por lo contrario u opuesto. Tú, insisto, de cuanto oigas o veas no tienes que hacer ni decir nada. Basta con que apuntes y/o guardes en tu memoria cuanto acaezca para que, por la noche, durante la cena, me des tu opinión, qué es lo que has sacado en claro, qué has aprendido, qué te ha llamado la atención.
Antes de sorber la primera cucharada de gazpacho, nada más tomar asiento, el progenitor, cumpliendo lo prometido, le preguntó a su retoño sobre lo advertido por este durante la jornada, más bien “jortodo”, y el hijo le dijo:
—Ahora sé por qué no te fías de nadie, ni de tu propia sombra, por qué no has contratado a un nuevo ayudante, desde que aquel primer pasante, que se pasó tres pueblos, te salió rana. En la conversación telefónica que has mantenido con tu amigo Luis Quirico Iriarte de Pablo he hallado la clave o razón de peso al respecto. A ti te debió pasar con tu pasante, un batracio, tres cuartos de lo propio de lo que le ha acontecido a Luis Quirico con su entontecido sapo.
—Muy bien, Júnior; continúa.
—Hoy me he sentido como Santo Tomás, el incrédulo discípulo de Jesús de Nazaret, porque, si lo que he visto y oído no lo llego a ver y oír con mis propios ojos y oídos, no me lo hubiera creído ni a la de tres, de veras. A ti, mi propio padre, a quien hasta hoy consideraba un dechado de empatía, ejemplo de probidad y espejo de solidaridad, y había subido a un pedestal, pues te había reputado un modelo actitudinal, te has venido en un santiamén abajo, al suelo: el decente ha devenido, por tu proceder, que he escrutado, deshonesto; el comulgante dominguero ha resultado un falsario o, mejor, un farsante de tomo y lomo, un impostor, un hipócrita redomado. Sabía que algún negocio tuyo era turbio, pero esta mañana he comprobado que estás inmerso en más de tres que tienen pésima pinta, pues su pelaje tira a negro zaíno. Perdona que sea tan franco contigo, pero he constatado que tú eres un hilo más, y no menor, de esa tupida tela de araña de delincuentes que, o estás al loro, o acabarás como otros han terminado antes, entre rejas.
—Bien visto. Sé a lo que me expongo, hijo, pero controlo la situación.
—Eso mismo dijeron antes otros muchos, y luego les fue como les fue, pues pasó lo que les pasó y pesó un montón el peso de la ley, al no controlar tanto como pensaban. El cúmulo de chanchullos en el que participas puede depararte más de un disgusto y/o susto.
—Sé que corro cierto peligro o riesgo, pero está calculado, medido, pesado y valorado a conciencia.
—Si tuviera que inclinarme por el hecho que más me ha llamado la atención, me decantaría, a ojos cerrados, por el doble fajo, de billetes y cartas, que me has enseñado y guardas, como oro en paño, en la caja fuerte que ocultas debajo de una baldosa del cuarto de baño de tu bufete. El fajo de billetes de 500 euros me ha dejado impresionado, pero aún lo ha hecho más si cabe, que sí, que cabe, el de las misivas que la mamá le mandó a su amante y que a ti te las entregó (¿a cambio de cuánta pasta?) la mucama que trabajaba en casa del pintor Jesús Sobresalto Borja, a quien en sus epístolas llamaba la mamá Evaristo, que no era tan listo como ambos creían.
—Los secretos dan mucho juego, si no les has dado fuego oportuno antes, claro; y son tan valorados (por los que los atesoran como por los que carecen de ellos) que a quienes los poseen los que pueden salir más perjudicados si estos trascendieran hacen aún más poderosos.
Ángel Sáez García