A VER SI UN “EROSKIKI” SOLUCIONA
EL INSOMNIO QUE A “CHISCA” PERJUDICA
(AUNQUE NO ME CREA, ES MANO DE SANTO)
Tengo para mí que Marifé no me mintió el día que le contesté a su pregunta “¿qué esperas de mí?” con mi célebre, célere y firme “todo”, porque, al rato, me confesó que esa rauda y recia respuesta, que le di, la había acabado de convencer entera y completamente de que, por fin, tras mucho buscar, había hallado en mi persona a otra naranja (del sexo complementario, entera, no media, como asimismo se juzgaba y sigue reputándose ella), con la que, a simple vista, después de ser cortadas con un cuchillo por la mitad, y tras ser colocadas esas cuatro mitades de cara, una detrás de otra, alternativamente o no, sobre el exprimidor, una vez puesto este en marcha, cabía esperar que saliese abundante y buen (ya que, por cada parte ácida, había tres dulces) zumo.
También considero que puede que “Paca” (hipocorístico cariñoso de Francisca Marifé, mi cónyuge, entre otros muchos, verbigracia, “Chisca” y “Maxifé”, que obtuve, tras consecutivas contracción y síncopa de “Máxima fe”) empezara a pensar que podíamos tener un futuro juntos, cuando me formuló la siguiente cuestión, “¿qué tienes depositada/o/s en mí, Eladio?”, y yo le respondí la verdad. Como antes de conocer a Marifé, tuve dos novias chungas, poco dadas a poder confiar en ellas, le solté: “Las tres virtudes teologales, según el orden de prelación (contrario al de su aparición en el diccionario) con el que me las aprendí: fe, máxima fe, esperanza y caridad. Quizás, en lugar de llamarte Marifé, el segundo de los nombres de tu gracia compuesta de pila, debería usar, por ser más justo, según mi opinión, Máxima fe o, mejor aún, ‘Maxifé’”.
Como yo sé, a ciencia cierta, que a “Chitón” (este hipocorístico no le gusta, así que lo uso, sobre todo, cuando escribo de ella aquí, en mi diario, que a ella no le consta que lo tenga ni, menos aún, que todos los días, tras prepararme las clases del día siguiente o corregir cuadernos, exámenes o trabajos, trence unas líneas en él, siguiendo la sabia recomendación que hizo otrora al artista, ora pintor, ora escritor, Plinio el Viejo; “nulla dies sine linea”, “ningún día sin trazo/línea”), itero, a mi esposa, le apetezco, sexualmente hablando, más duchado que sin duchar, al revés de lo que me ocurre a mí, que ella me pone más sin pasar por el agua corriente (o que el agua corriente pase por ella), que pasada, nada más llegar a casa del colegio, voy derecho, directo, al baño (siempre que ella no tenga urgencia de usarlo, claro, porque, en ese caso, me suele soltar “espera, cariño, que necesito evacuar”; si se me ocurre preguntarle “¿por meato o por recto?”, me acostumbra a contestar de esta guisa: “Pronto lo sabrás”, pero, como tiene el hábito, que a mí me gusta llamar manía, de darle un par de golpes o toques al ambientador aerosol o pulverizador del baño, adherido a una de sus paredes, pues me quedo a dos velas, porque, aunque haga el ímprobo esfuerzo y, a la postre, baldío, de husmear, cual perro sabueso, de olfato muy fino, nada cato.
Ahora bien, de nada sirve el haberme duchado ni que ella no lo haya hecho si, cuando llega a la cama, empieza a quejarse del hombro, de la espalda, de la cabeza, de… Porque esa noche, se haya tomado un paracetamol antes de cenar o después, no hay ni preliminares ni, mucho menos, coito, salvo que ella no logre conciliar pronto el sueño, porque, ¡aleluya!, mis oraciones tienen entonces rauda recompensa, si la cosa sale, poco más o menos, de este jaez; si, tras dar ella mil vueltas en la cama y no caer rendida en los esmerados y esperados brazos de Hipnos, me ruega: “Eladio, a ver si un ‘eroskiki’, un polvo rapidito, lo arregla o solventa”. Que yo recuerde, haya Dios o no lo haya, después del susodicho orgasmo rápido, a modo de ultílogo, si no me duermo en un pispás, le rezo el doble que oré en el que hace las veces de prólogo. Hágame caso y tómeme de modelo de conducta, atento y desocupado lector, ya sea o se sienta ella, ya sea o se sienta él, porque, aunque no me crea, el ardid oratorio/amatorio es mano de santo.
Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.
Ángel Sáez García