El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

En los mullidos brazos de Morfeo

EN LOS MULLIDOS BRAZOS DE MORFEO

Ayer, habiendo caído, rendido por el sopor, en los fornidos, mullidos y plácidos brazos de Morfeo, volví a tener un sueño extraño, pero reparador y, por ende, gratificante. Paso a narrártelo a continuación, atento y desocupado lector, bien seas o te sientas ella, bien seas o te sientas él, para tu solaz. Además, como puede que hayas devenido un experto exégeta en el ámbito onírico y, tal vez, a pesar de mi relato confuso, te veas capaz de formular tu propia tesis sobre una recta, plausible y correcta interpretación del mismo y, en mutua correspondencia, te sientas animado, espoleado o impelido a hacérnosla llegar a ambos, de manera conjunta o por separado, te avengas a culminar todo ello de esa guisa, tal cual, para nuestra diversión, esparcimiento o recreo.

Tras ser convocado por el Espíritu Santo (no sabría decir, a ciencia cierta, cómo coronó Él dicho hecho, si lo hizo por ciencia infusa, mediante mensajero, que eso significa, por cierto, la voz “ángel”, precisamente, en griego clásico, o por telepatía), acudí como el rayo a las puertas del Cielo, donde un querubín o serafín, que no formaba parte a esa hora del coro celestial, tuvo la amabilidad y la gentileza de acompañarme, por los pasillos de aquel palacio limpio y luminoso, que semejaba un laberinto especial, extraordinario, porque, en lugar de acongojar, consolaba, hasta la sala de audiencias, donde allí me “oiría”, es un decir, el Ser Supremo. Aunque el ángel me dijo “espera aquí, tocayo, que no tardará en aparecer Dios”, Él lo hizo al instante. En ese único segundo que transcurrió entre ambos sucesos (eso me pareció a mí, al menos), comprobé que en la misma sala de marras, blanca e impoluta, donde me di de bruces con Dios Padre, se hallaba también, a una distancia semejante, dos metros, de la que me separaba a mí de Dios, Iris de Él, Dios Hijo.

“¡A ver si os decidís de una vez santa y juzgáis oportuno dar el paso, que me tenéis en ascuas, zampando uñas!”, dijo Dios Trino, o trinó Dios. Bueno, bueno, puede que no adujera ni gorjeara nada y se limitara a hacernos saber, por el medio que eligiera o fuera, a ambos el mismo pensamiento. “Necesitaríamos tentáculos, como los pulpos, en vez de brazos y manos, me temo”, me contó Iris que pensó (no le constaba que hubiera proferido esas palabras entrecomilladas, pero acaso bastó con que las ideara para que Dios las captara al vuelo por el canal más normal o lógico o el cauce más insospechado; desde que escribiera san Pablo, el apóstol de los gentiles, su famosa epístola a los Romanos, se sabe y nadie ha osado ni logrado objetar su axioma de que los juicios de Dios son insondables y sus caminos inescrutables) luego, a la salida, nada más “escuchar”, o sea, tener conocimiento, por el medio (no miedo, su anagrama, como había escrito al principio) que fuera de lo que ella catalogó como queja divina. “Nosotros hacemos cuanto podemos, y quienes hacen lo que pueden no están obligados a hacer más”, sostuve, o pensé que sería justo que refiriera yo, como égida ante lo que a mí me pareció un mandoble, esto es, más que una reprimenda y menos que un rapapolvo.

Dios vino a decirle a Iris, poco más o menos, esto: “Aunque a veces Ángel piense que el amor que te profesa es, amén de insensato, inútil, se equivoca. No cometas tú otro error, del mismo o parecido jaez. Ángel te ama como nadie te amó ni amará; te lo viene demostrando desde que te conoce. ¿Estás en Babia, en los cerros de Úbeda, en la luna de Valencia, o en los tres sitios a la vez?”.

Y a mí me soltó (inculcó o comunicó) esto otro: “Ya sé que podría eliminar de un plumazo todos los obstáculos que te separan de tu amada musa tinerfeña. No soy un sádico; sé que tienes una sola vida, pero llevo echándote capotes desde que eras un crío, desde aquel primer viaje que hiciste a Zaragoza, a casa de tus tíos José y María, en aquel Mini, que no acabó en accidente mortal de tráfico, incrédulo, tanto como santo Tomás, porque medió, a ver si te enteras de una vez para siempre, uno de mis milagros”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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