LOS DOS OPINADORES RAZÓN TIENEN
DE BIEN NACIDO ES SER AGRADECIDO
—Ángel, me vas a buscar la ruina (como, mientras salían, una tras otra, esas palabras de la mui o sinhueso de Mertxe Pascual, he advertido que las susodichas, sumadas, consideradas en su conjunto, destilaban o exudaban ironía a espuertas, a raudales, me he tomado el mentado reproche por su apuesto opuesto, un halago). Voy a tener que comprar un espejo de medio cuerpo, porque, desde que, hace dos semanas justas, publicaste en tu bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, el texto que rotulaste “¿EXISTO, PORQUE UN ÓSCULO ME LANZO?”, no ha habido un solo día en el que más de una, de dos y, en esta última semana, de diez personas no hayan entrado en la farmacia a preguntar a Txaro, Raquel, Sonia o a mí dónde está el espejo mágico en el que suele mirarse Ángel, Otramotro, que, con el lento transcurso del tiempo, va camino de convertirse o llegar a ser tan célebre o famoso como el ya clásico y proverbial; me refiero, por supuesto, al que aparece en la versión que de un cuento de hadas, “Blancanieves”, difundieron los hermanos filólogos Jacob y Wilhelm Grimm.
—¿De verdad? Permíteme, Mertxe, que ponga cuanto acabas de aseverar en tela de juicio; de que este menda, un escéptico redomado, no se lo crea y, menos aún, a pies juntillas; de que dude de su certidumbre.
—¿Cómo? ¿Que no me crees? Pues deberías hacerlo, Ángel. Te aduciré más verdades; cuando les he alegado que ese aderezo ha sido producto de tu imaginación, una mera aportación ficticia de tu fecunda fantasía, varios me han objetado o saltado con que habían hecho las oportunas averiguaciones y el contenido de estas les había abocado o llevado a concluir lo obvio, que, si no todo, casi todo lo que escribes es cierto. Incluso ha habido quien, barruntando que el espejo había podido romperse, por la razón que fuera, me ha propuesto que, si el tal se hizo añicos y guardo sus restos, estaba dispuesto a darme diez euros a cambio de un trozo de tres o cuatro centímetros de dicha “reliquia”; así la llamó, reliquia; y esto ya fue ¡la repanocha! He de reconocer que lo del puñetero espejo, que, al principio, los primeros días, nos hacía gracia, ahora no lo llevamos ninguna bien, porque a las cuatro ya nos pone nerviosas, y andamos de cabeza por su culpa, que, por ser tú el causante (ya sabes el dicho jurídico: la causa de la causa es causa del mal causado), en último término, es tuya. Puede que lo más conveniente sea comprarlo y colocarlo donde tú digas que cuadra o encaja mejor o, en su defecto, donde imaginaste que iba.
—Si es cierto cuanto me cuentas, déjame decirte, Mertxe, que no salgo de mi admiración.
—Pues ya puedes salir, majo, de tu asombro, porque todo lo que te he narrado es fetén. A dos sujetos de los que me han argumentado lo de que casi todo lo que trenzas es verídico, les he refutado y razonado que, precisamente, en ese objetor casi cabe meter tu espejo, lo que es la pura y dura verdad, pero, tras mirarles el semblante, representación cartografiada o trasunto de sus respectivas almas, he advertido en él que no he conseguido mi propósito, convencerles completamente, del todo. Por tanto, a fin de que no entren más personas preguntando por el objeto que te sacaste, por arte y ejercicio de tu magia literaria, de tu cacumen o caletre, insisto, empujada por el azar o el destino, voy a tener que comprar el consabido y redicho espejo.
—¿No te estarás quejando de la publicidad que te he hecho de tu negocio, verdad? En esta vida funciona, más de lo que se piensa (estoy persuadido de ello), el latinajo “do ut des”, te doy para que me des. Tú te has portado conmigo bien, y hasta estupendamente; bueno, pues yo, procurando estar a la altura de las circunstancias, he intentado corresponder a tu generoso gesto con otro de, si no idéntico, parecido jaez.
Hace un rato, no más de un cuarto de hora, me he encontrado con Mertxe en la Óptica que regenta su hermano Mitxel, y he mantenido con ella la referida conversación, si no he olvidado nada de lo precipuo o importante.
Seguramente, no faltará el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, que interprete que este breve coloquio entre Mertxe y servidor ha ocurrido tal cual; habrá también quien lo juzgue una fantasía ideada por mi fértil imaginación. Puede que me meta en un lío morrocotudo y ambos me motejen de contentadizo, pero, si he de ser sincero y aquí mi pretensión es serlo, he de certificar y sentenciar que los dos están en lo cierto, los dos opinadores razón tienen.
Ángel Sáez García