¿COBARDES, TEMERARIOS Y/O VALIENTES?
ESTO VA DE INSENSATOS Y SENSATOS
Como carezco de can al que sacar a pasear, mientras le daba un garbeo matutino a mi diario, el susodicho periódico me lo daba a mí, o ambos nos dábamos sendos garbeos, de manera mutua, recíproca (a saber; el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, bien sea o se sienta ella, bien sea o se sienta él, descartará lo que, según su parecer, no proceda; pues tengo hipertensión y prefiero, a todas luces, dar varios paseos —suelo proferirlo así: “erigir diversos andamiajes”— al día a tomarme una pastilla de amlodipino, ora fuera la de diez miligramos, ora la de cinco, cuando la ingería, claro), he reflexionado a propósito de lo que Aristóteles, seguramente, dijo antes de dejar escrito en letras de molde, sentado y sentenciado, esto, que la virtud se halla a medio camino entre dos extremos, miedos o vicios, el de no llegar al punto medio y el de pasarse. Así las cosas, la valentía, según el peripatético estagirita (del que no consta que fuera hipertenso ni que no lo fuera —puede que él advirtiera antaño, como de un tiempo a esta parte viene haciendo lo propio el abajo firmante, el doble beneficio que obtenía de los numerosos paseos que daba al día, pues, amén de semejar estos, los reiterados garbeos, fuentes de agua cristalina, cuyos sucesivos sorbos o tragos de su preciado y líquido elemento le inspiraban ideas, en el supuesto de que padeciera una dolencia similar a una de las mías, la referida hipertensión, notaba que los mentados atenuaban o mitigaban sus síntomas—), sería dicha virtud, al hallarse a igual distancia del vicio por defecto, la cobardía, y del vicio por exceso, la temeridad.
Como he comprobado, a lo largo de mi más que mediada existencia, que algunos cementerios que he visitado estaban llenos de tumbas donde cabía inferir que reposaban osamentas de cientos y aun miles de congéneres míos, que fueron, en sus últimos momentos de vida, temerarios, valientes y cobardes; y, además, que los seres humanos no somos gatos, ya que a estos, los mininos, mis semejantes y yo les solemos adjudicar, al menos, siete vidas, sino que somos más austeros, pues solo disponemos de una, al apreciar y dar tanta importancia a la vida (quien no se la da la pierde en un pispás) y preferir vivir (aun sojuzgado, sí) a morir (que viva la gallina con su pepita, se lee en “La Celestina”, de Fernando de Rojas, o sea, con su pequeño tumor), acaso no convenga remontarse a Aristóteles para plantearme hoy, aquí y ahora, qué debo hacer con la guerra de Rusia contra Europa en Ucrania (es una forma de ver el absurdo conflicto), si fungir de cobarde, temerario o valiente.
Ignoro si Aristóteles, del que se cuenta que fue maestro o preceptor de Alejandro Magno, participó alguna vez en alguna batalla de alguna guerra. Quien sí lo hizo, concretamente, en la Segunda Guerra Mundial, fue Jerome David Salinger, que en su muy leída y estudiada novela “El guardián entre el centeno” (1951), escribió lo que no conviene echar en saco roto, sino, al contrario, tener en cuenta y en mente, presente, esto es, rememorar, que a los seres humanos cabe diferenciarlos o dividirlos en dos grandes grupos (se le olvidó agregar que estos pueden ser intercambiables, pues como adujo el autor de “Ética a Nicómaco”, en el cerebro del más sabio hay un rincón para la insensatez), los insensatos y los sensatos. Para distinguir a los unos de los otros, Salinger se basó o fundamentó en el criterio que había utilizado el psiquiatra austriaco Wilhelm Stekel: mientras que los primeros ansían morir orgullosamente por una causa, los segundos aspiran a vivir humildemente por ella.
Tengo para mí que la guerra es un cáncer. Yo padecí dos. Primero, en el Hospital “Reina Sofía”, de Tudela, el doctor Iñaki Alberdi, apoyado por su equipo, me privó (por mi bien) de medio metro de colon; y luego, en el Hospital “Virgen del Camino”, de Pamplona, el jefe del Servicio de Coloproctología, Héctor Ortiz Hurtado, el “doctor Agua” (por sus iniciales, H 2 O), ayudado por el suyo, me extirpó el resto de lo que me quedaba de intestino grueso. Me temo que solo eliminando a Putin de la ecuación se logre resolver satisfactoriamente el problema, esto es, la guerra acabará; con indignidad, sí, sin duda, pero esta, el cáncer, cesará. ¿Puedo estar equivocado al pensar así? Desde luego, por supuesto. ¿Me permitirá el atento y desocupado lector, ya hembra, ya varón, que reivindique mi derecho a marrar morrocotudamente y a confiar, desear y esperar que alguien argumente la razón que me convenza y saque del supuesto error, y, asimismo, a que no tenga que padecer otro día más el cáncer de la guerra en Ucrania?
Irene Vallejo, autora a la que recomiendo con especial encarecimiento leer (puede hacerlo, verbigracia, cada quince días en EL PAÍS SEMANAL), terminó el último artículo que le he leído y ella rotuló “Hambre, sudor y lágrimas”, que apareció publicado en la página 8 del número 2.371 de EL PAÍS SEMANAL, del domingo 6 de marzo de 2022, así: “Ninguna persona debería estar dispuesta a morir por la perfección o desvivirse hasta olvidar la vida. Quien se deja engullir por las obsesiones no tiene energías para salir a comerse el mundo”.
Ángel Sáez García