El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Hay en ti una semilla de Immanuel

HAY EN TI UNA SEMILLA DE IMMANUEL

LA SEMBRÓ EN TU CABEZA EL PROPIO KANT

   “—Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar a secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo, ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro, que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico a sus ojos hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único e insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que a ti venga, sea el que fuere, reforzándole y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: ‘suena a Apolodoro’, como se dice: ‘suena a flauta’ o a caramillo, o a oboe, o a fagot. Y en esto aspira a ser órgano, a tener los registros todos”.

   Miguel de Unamuno y Jugo en su obra “Amor y pedagogía” (1902) pone en boca de uno de sus personajes, don Fulgencio, estas palabras.

   Hoy, aquí, en las líneas que contenga este texto en prosa, mi propósito, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, ora seas o te sientas él, es persuadirte, con razones de peso, de que debes confiar en ti y en las posibilidades de tus potenciales dones o virtudes. Así que no te duermas en los laureles; espabílalos/as y sé ambicioso (adjetivo en el que siempre he hallado más caras o facetas de ese poliedro que es una persona virtuosa que de ese otro tal que es un hombre vicioso). No te conformes con reparar lo que había quedado deteriorado o tú te encontraste maltrecho.

   Si no marro, barrunto que tienes una mente ágil, brillante, provocadora. Aprovéchate de ella, utilízala un día sí y otro también. Intuyo, asimismo, que ya sabes qué persigues con ahínco, cuál es la última estación de tu trayecto; y eso no es moco de pavo, poca cosa, sino algo fundamental y prioritario para luego determinar cuál puede ser el modo más adecuado o apropiado para que lo logrado resulte eficaz, en grado sumo, y, si no todos, la inmensa mayoría de la sociedad pueda beneficiarse de ello.

   Está bien, mejor, muy bien, que disfrutes un montón echando una mano y que ejerzas, a menudo, de colchón (de diversa índole o jaez) para las/os demás, los que nunca están de más (sobre todo, de los deudos y amigos, ellas y ellos, los seres más allegados, por quienes suele empezar a canalizarse la corriente altruista que uno, hembra o varón, genera), pero sé consciente de que solo ayudándote podrás seguir ayudando a los demás (a la inversa ya te constaba el hecho). No olvides qué aprendiste de José Ortega y Gasset, aunque, en sentido estricto, no asistieras a ninguna de las numerosísimas clases o conferencias que impartió a lo largo de su vida: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Así que continúa por el buen camino de darte, pero nunca lo hagas del todo. Contribuye a solucionar un gran problema, aunque solventarlo te requiera más días de los que previste. Tú ya te encargarás de elegir cuál.

   No te importe fracasar, siempre que lo hagas con el objetivo claro y cristalino de alcanzar lo que buscabas o pretendías, el éxito; ergo, equivócate con cabeza, aprendiendo de tus errores (exprímelos a conciencia para que sean aleccionadores).

   Sabes que para triunfar en esta vida necesitas hacerte antes con un plan y para crecer que el tiempo y el conocimiento que inviertas en él dé sus frutos apetecibles, los resultados apetecidos.

   Haz el esfuerzo de implicar, como mínimo, a dos personas más en tu plan (si las consigues comprometer concienzudamente, se interesarán tanto que asumirán que participar en él las obliga, en cierta manera, a convencer a otras dos, y cada una de estas a otras tantas, que, a su vez, implicarán a otras dos más y… si el resto continúa cumpliendo, a rajatabla, la conditio sine qua non de seguir con la misma dinámica o mecánica, podrás sentirte plenamente satisfecho, pues tu plan, antes o después, devendrá global, al menos llevará la dirección correcta para convertirse en mundial). Si logras que tu plan de la potencia pase al acto y vives, habrás sacado el máximo jugo o zumo y provecho al imperativo categórico de Kant (que, cuando lo estudiaste, acaso te ocurriera tres cuartas partes de lo mismo que a mí, que me pareció, sobre el papel, una entelequia, imposible, y el profesor que tuve en COU, Francisco Pérez, “Paco Pera”, me lo enseñó o yo me lo aprendí de él así: “Obra de tal manera que tu forma de actuar se convierta en ley universal”). Y te sorprenderá sobremanera. Hay en ti una semilla de Immanuel. La sembró en tu cabeza el propio Kant.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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