AMÉN DE DESMANDADA, ES MALMANDADA
ME ENCANTA PROFERIR “¡QUÉ ASCO MÁS RICO!”
Llevábamos sentados diez minutos en un banco. Amanda seguía anotando cuanto le llamaba la atención y yo supervisando, a hurtadillas, su escritura. Cuando acabó de redactar una cara y media, qué párrafo más luengo, me dijo:
—Déjame que hoy te cambie el nombre de pila, amado esposo; y, en lugar de Victorio, te llame el que parece que te cuadra y encaja más, Contradictorio.
—¿Me tengo que reír o poner euro?
—Te estoy hablando en serio, cariño.
—A ver, ¿qué he dicho o hecho, amada Amanda, para que me tenga que avenir o, por lo menos, no me deba oponer, de manera radical, a tu dictamen? Ya sabes que soy un abanico y que puedo ejercer de la varilla que lleva escrita estas dos palabras, “varón sensato”; ¿por qué dicha muda?
—Tú sabrás.
—No; no lo sé; y por eso te pregunto, ¡caramba! A veces, digo cosas, pero no siempre soy plena ni verdaderamente consciente de haberlas dicho. Y es que mi lengua, de cuando en vez o de vez en cuando, se aparta o desgaja de mí y consigue tener vida propia, independiente. Es, además de una desmandada (con el significado de segregada de la manada, desmanada), una malmandada (desobediente) y me suele dejar en evidencia y/o feo en público, cuando actúa por su cuenta. No acostumbra a reparar en lo precipuo o principal y obvio, que soy yo quien tiene que apechugar y correr luego con el riesgo que llevan aparejada sus salidas de pie de banco.
—Me has censurado que haya escrito en mi libreta (apunte provisional, no definitivo) la fetén, que se le estaba “regalando” a la chica de la coleta el polo. ¿Acaso no es una correcta expresión tudelana afirmar tal cosa?
—Lo es. Tienes toda la razón en formular la queja. Como lo ignoraba, lo he consultado y he comprobado, ¡menuda sorpresa me he llevado!, que regalar tiene una nueva entrada en el Diccionario de la lengua española, que recoge, precisamente, el significado con el que tú la has usado, de “derretir”.
—Te agradezco mucho que hayas vuelto a la cordura. Si abogas habitualmente por la libertad creativa del autor, ella o él, no puede haber una sola excepción a dicha regla.
—Como castigo por semejante dislate o disparate, dejo que me impongas tú la pena, siempre que su cumplimiento no me la dé, al haber ideado para mí un nuevo y más pernicioso potro de tortura.
—¿Por qué no pruebas a estar durante unos minutos calladito, prenda, o, en su defecto, los pasas, entre diez y doce, no menos, cambiando impresiones, eso sí, en silencio absoluto, con varios de los heterónimos que, me consta, acarreas?
Dicho y hecho; hice el gesto de correr la cremallera que semejaba mi boca, para mantenerla cerrada a cal y canto, y así estuve, sin molestar a mi señora, mientras ella tomaba apuntes en su libreta de cuanto veía que acaecía a esa hora en varios lugares de la plaza del Padre Lasa, en el tudelano barrio de Lourdes, estando sentados ambos en un banco de madera de la susodicha. Transcurridos algunos segundos de propina de los doce minutos impuestos, no convenidos o estipulados, Amanda me propuso algo lúdico, porque disfruta un montón haciendo tal cosa, jugar, con su marido, quien ahora, a solas, se dedica a trenzar los renglones torcidos de que consta(rá) este texto:
—Te propongo que seamos lo que queda del día buenos, no, mejores, no, óptimos, y no nos molestemos o no tengamos la voluntad de hacerlo a sabiendas, y nos demos un beso en los labios para sellar el acuerdo.
—Acepto el pacto o trato, si añadimos al mismo, al contrato, una cláusula imprescindible e inexcusable más, esta conditio sine qua non, que al beso público, estampado en la sonrisa horizontal, le sigan esta noche, una vez nos hayamos acostado en el lecho conyugal, otros ósculos púbicos, privados, dados estos en los labios mayores y menores de la vertical.
—No sé para qué te propongo nada, porque todo te lo tomas, una de dos, a guasa o, en su defecto, a zumba.
—En esto no, que hablo muy en serio. Hace semanas que no hacemos sexo sucio y yo ya empiezo a echarlo de menos. Y ya sabes que a mí me encanta proferir esa expresión, que es un oxímoron, “¡qué asco más rico!”.
Ángel Sáez García