El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Lector, por interés escucho y leo

LECTOR, POR INTERÉS ESCUCHO Y LEO

¿A LA NATURALEZA SABIA SIGO?

“Una de las cosas por las que pasaré a la historia es por haber exhumado al dictador de un gran monumento como el que construyó en el Valle de los Caídos”.

Pedro Sánchez hizo esta declaración, entre otras, durante el homenaje que el PSOE tributó a la escritora Almudena Grandes el pasado lunes 28 de noviembre, junto al Ateneo de Madrid.

¿Una conversación telefónica de 53 minutos y 41 segundos de duración basta y sobra para que el comunicante B (ella o él), que más escucha, quien sigue, a rajatabla, la recomendación que hizo otrora, hace casi dos milenios y medio, Zenón de Citio, el Estoico, de que, ya que la naturaleza es sabia, y como el ser humano tiene dos oídos y una sola mui, es lógico colegir que este ha de escuchar, por regla general, el doble de lo que hable, le aconseje al otro interlocutor, el comunicante A (hembra o varón), de modo atinado, qué hacer con el problema que tiene entre manos para que este pueda darle la mejor (y acaso más radical) solución?

No, no lo creo, ya sean plurales, ya sean escasos, los argumentos aducidos por el escuchante u oyente. Y es que aquí lo que cuenta, de verdad, no es la cantidad de las razones alegadas, sino su calidad. A veces, un solo y único razonamiento es suficiente para derribar, en un santiamén, todo un escogido arsenal de objeciones, pues la contundencia del solitario basta para abatir, en sendos intentos o lanzamientos, qué certero proyectil, los muñecos del pimpampum, colocados en fila sobre la balda de una caseta de feria. Asimismo, y el dato no es baladí ni despreciable, cuenta que seas el primero o el último de esa serie de comunicantes, al que le refiere el tenedor (ella o él) del problema el ídem, ya que, en el caso de ser el postrero, el argumento mejor que le formule, plantee o presente este puede venir a reforzar los dados por los anteriores (o no) y devenir en el definitivo (o no). Y es que, como dice la paremia o el refrán castellano, la cabra siempre tira al monte (al que le sigue todo un rosario de variantes del susodicho: el lobo muda los dientes, pero no las mientes; quien nace lechón muere cochino…), mera mutación de la fábula de la rana y el escorpión o viceversa (y la naturaleza o propensión de este a usar su aguijón).

¿Por qué quienes reciben una nueva que les produce una alegría enorme no se la quedan para sí, sino que la airean a voz en cuello y la ponen cuanto antes en conocimiento de sus seres más allegados, íntimos o queridos, deudos y amigos? ¿Por qué quienes padecen un sufrimiento sin parangón suelen hacer tres cuartos de lo propio? Acaso la razón descanse, esté, estribe y radique en quien se ocupó de estudiar a conciencia ese asunto, ya que quizá encontró su esencia, porqué o quid.

Desde que la primera persona lo advirtió y concluyó, y, a renglón seguido, lo comunicó a su entorno más cercano, han sido muchos, una legión, los que lo iteraron o repitieron, cuando la ocasión era pintiparada para rememorarlo. No se conoce el nombre del autor del adagio, pero dicho proverbio ha venido a engrosar y formar parte consustancial del acervo cultural de un pueblo o de una nación, y hoy se sigue propalando por doquier por ser una sentencia incontrovertible, irrefutable; y hasta puede que no falte quien la catalogue como verdad incondicionalmente cierta, necesariamente válida. En este caso, el dicho agudo y sentencioso es sueco y dice así: “Una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida es la mitad de una pena”.

Yo, atento y desocupado lector (bien seas o te sientas ella, bien seas o te sientas él) de estos renglones torcidos, reconozco que, para no ser tachado de menos soberbio que Pedro Sánchez, en la actualidad, el político arrogante por antonomasia, el dirigente engreído a machamartillo (¿es posible que no tenga un amigo fetén a su lado, que le cante las cuarenta, que le diga las verdades del barquero?; hasta los generales victoriosos que llegaban a Roma y eran aclamados y vitoreados por el pueblo, mientras estos desfilaban ufanos por sus calles, premiándoles así por los triunfos cosechados, se hacían acompañar por un siervo que les bajaba los humos, recordándoles que eran mortales con la expresión latina “memento mori”, o sea, “recuerda que vas a morir”), intentaré influir, pero no tan cutre, torpe y zafiamente como hace él, el prepotente, en sus turiferarios, en mis aduladores, para pasar a la historia por ser quien no quiso pasar jamás a la historia como vanidoso, sino por quien, remedando a Jorge Luis Borges, me avenga a airear lo mismo que él dijo y escribió, que otros se jacten de los libros que les fue dado escribir (es decir, de las obras que llevaron a cabo), yo solo me enorgullezco de los que me fue dado leer; y deje escrito, negro sobre blanco, que fui, soy y seré un lector avezado, consolidado y empedernido, como otro tanto se predica del proverbial Andrés, por puro interés, esto es, por el “utile” de Horacio, que cabe hallar y leer en el verso 343 de su “Epístola a los Pisones” (también conocida dicha obra por su “Arte poética”), que vino a complementar o completar el verso siguiente, el 344. Conjeturo que sigo leyendo las historias que narran los autores (de ambos sexos) en sus textos, porque, de ordinario, suelen espabilar o favorecer que broten o surjan en mi mente recuerdos que contienen, a su vez, anécdotas propias similares, sobre las que luego tal vez pueda servidor trenzar unos cuantos párrafos, y por la otra mitad del binomio o tándem horaciano, el “dulci”: “Omne tulit punctum qui miscuit utile dulci, / lectorem delectando pariterque monendo” (“Todo el galardón se lo llevó quien mezcló lo útil con lo dulce, al lector deleitando y al mismo tiempo aleccionándolo”).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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