“LOS LUISES” CUÁNTO BIEN ME HICIERON Y HACEN
A pesar de las largas temporadas que, sin pena ni gloria, transcurrieron, sin reírnos de nuestras tonterías, sin vernos ni abrazarnos, cuánta dicha “los Luises” a este menda le aportaron, y cuánto el tafallés y el rinconero hicieron y hacen bien al tudelano.
¡Qué cúmulo de gestas y de gestos trazaron los caminos que anduvieron los tres amigos, tres, aunque estuvieran separados por piélago u océano! ¡Qué tráfico copioso de emociones entre el trío de marras fluyó libre, sin ataduras, sí, y sin malos rollos! Luis Calvo, para mí, llenó el gran hueco que mi hermano mayor, José Javier, dejó, al morir, de modo prematuro; sin duda, veo en él el clavo ardiendo, al que me agarré firme, su anagrama. En Luis de Pablo hallé mi fiel gemelo. Hemos tenido vidas paralelas. A De Pablo veía en el espejo cada vez que por algo me quejaba y por mi mala suerte maldecía. Mi panacea fue, el mejor remedio. De los tres a ninguno regalaron nuestras licenciaturas, nuestros títulos.
“Tres hombres que infundían vigor, fuerza”, puede ser un buen rótulo del texto, que narre la amistad que ellos forjaron, y cuya llama cuidan que perdure y por nada del mundo esta se apague, el fuego que acordaron avivar, mancomunadamente, sin agobios, dejando libertad de movimientos, para seguir hollando otros edenes, también por separado o a otros unidos, siempre que hubiera brasas en el alma y el corazón siguiera palpitando.
Ergo, se impone aquí lo cristalino. Habrá que corregir al de Estagira, que preceptor fue de Alejandro Magno, y escrito dejar, negro sobre blanco, que puede la amistad medrar con creces; pues el alma es que en tres cuerpos habita, y el corazón que en tres almas, tres, late.
Nota bene
(Que busca que el lector se carcajee de la risa, a mandíbula batiente, pues no es más que un coloquio entre besugos, aunque después no sean tan tarugos, como al principio había proyectado)
—Lector, ¿qué te parece? (le pregunto; marra si espera dádiva; yo no unto, porque ni ganas ni dineros tengo; no puedo sobornar ni ser venable).
—Pues esto te respondo, un disparate.
—Me hago cargo, viniendo de un dislate, que, por arte de magia, es hoy persona. Disiento. ¿No es con churros chocolate?
—¿Me estás llamando acaso “Cierrabares”, porque mi corazón late en los “txokos”, esquinas de las barras de los bares?
—¿Por qué se me ha ocurrido preguntarte?, si está a la vista que careces de arte.
—Déjame con la réplica en la boca y no seré ya más tu confidente; que sé (me consta) de qué pie cojeas.
Ángel Sáez García