El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Opiniones en torno a la voz «santo»

OPINIONES EN TORNO A LA VOZ “SANTO”

OTRO AUGUSTO VARÓN ES LUIS DE PABLO

¿MASTICA O NO MASTICA EN SU ONOMÁSTICA?

Como a todo lector asiduo (hembra o varón) de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro le consta, de manera fehaciente, de Navarrete (en concreto, de los tres años imborrables que pasé allí, de Sexto a Octavo de la extinta Educación General Básica, EGB, que cursé en el inolvidable seminario menor que los religiosos Camilos regentaban entonces en la citada villa riojana), mi edén en el planeta azul, la Tierra, suelo referir bondades a espuertas, alhajas a porrillo y/o virtudes sin cuento, por la sencilla razón de que las merecen, pues las susodichas fueron las que hallé, sentí, vi y viví en dicho lugar.

En el citado colegio navarretano empecé a hacer acopio de un montón de razones de peso, unas provisionales (como eso mismo sucede con ciertas verdades; quien haya invertido unas cuantas horas atentas en leer a Karl Raimund Popper sabe de qué trenzo) y otras (escasas, muy pocas) definitivas, que fui guardando, no del modo apetecido, conveniente y/u ordenado que me hubiera gustado, en mi caletre, que a ratos comparaba con un cofre, a ratos con un pozo, a ratos con un saco (entero, no roto). Por ejemplo, dos certezas apodícticas que asimilé, estando interno en dicho seminario menor, fueron: una, que se puede aprender de un compañero que consideras menos inteligente que tú; y dos, que detrás de muchos fracasos suele atisbarse la sombra del éxito o, urdido de otro modo, que, tras un cúmulo de males, lo lógico es que venga un bien. De dichas tesis fetenes, precisamente, deduje dos obviedades (que luego, muchos años después, confirmé al leer el “Quijote”, de Cervantes, en concreto, en el capítulo XVIII de la Primera parte, que nadie es más que nadie, si no hace más o mejor las cosas, y que, tras la tempestad, viene la calma, donde Don Quijote le dice a su fiel escudero esto, tal cual: “—Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas”) o correlatos correspondientes: uno, que si yo había aprendido algo, lo que fuera, de quien reputaba menos evolucionado o preparado que yo, eso significaba y/o venía a constatar una verdad como una catedral de grande, a todas luces irrefutable, imbatible, irrebatible, invencible, que yo era más necio o sandio que él en ese preciso aspecto intelectual; y dos, que no hay mal ni bien diuturno, o sea, que dure toda una vida.

Dado que la inteligencia, que cabe definir como la facultad humana que permite al bípedo implume resolver problemas (no me refiero, por supuesto, a los de matemáticas, física o química, que también, sino a los cotidianos, de cualquier jaez), puede ser abordada desde distintas perspectivas o prismas, y ahí no falta quien ve en ella un acervo de distintas modalidades; y, por ende, en una faceta o matiz de ese poliedro podemos ser o estar más avanzados y en otro más retrasados, si nos comparamos con un colega, compañero o semejante.

Hoy, verbigracia, he soñado que un condiscípulo de los que tuve antaño allí, que reputé que era, en conjunto, globalmente, menos inteligente que yo, ignoro ahora la razón o razones del juicio al que llegué otrora, se había enterado (por el medio o persona que fuera) de que este menda había empezado a agavillar definiciones zumbonas al objeto de componer un Diccionario burlón del español/castellano; y, en menos que canta un gallo o que me zampo un callo, me ha hecho llegar, mediante el oportuno correo electrónico, su aportación, cediéndome, gratis et amore, generoso fue, es y será, una definición de santo de la que he decidido sacarle provecho al grueso de su párrafo final: “(…) En definitiva, día de su onomástica, aunque quien celebre su santo y su cumpleaños en el mismo día sea tan mayor que no mastique con su dentadura real, sino con la postiza o (a la fuerza ahorcan) se haya aficionado a los purés”.

Dejando aparte a dos tíos míos, uno por parte de padre (por afinidad) y otro por parte de madre (por consanguinidad), soy amigo, desde la más tierna infancia, de quien se llama así, Santos, porque nació el primer día del mes de noviembre, fecha en la que se celebra la festividad de Todos los Santos, y en el que el susodicho conmemora su cumple y su santo juntos. Y, asimismo, de otro que conocí en Rincón de Soto (La Rioja), que se llama, en realidad, Vicente, pero a mí me brotó nombrar Santos, y no se enfada conmigo cuando lo llamo de esa guisa ni cuando le mando recuerdos a través de un amigo común, Luis de Pablo Jiménez, que es otro augusto y santo varón.

Nota bene

Por un doble motivo o pareja de razones; uno, porque la última persona mencionada arriba, en el cuerpo del texto, mi amigo del alma y gemelo vital, Luis de Pablo, el pasado viernes 3 de los corrientes, festividad de san Blas, cumpleaños y santo de su venerable padre, me hizo un comentario filológico jocoso, un calambur o juego de palabras, que, de manera involuntaria, me inspiró la urdidura de este escrito; y dos, porque hoy, dieciséis días cabales después, domingo 19 de febrero, el susodicho cumple y celebra años, le pido permiso al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, o cualquier otra opción) de estos renglones torcidos, para que servidor pueda aprovechar la ocasión, pintiparada, y amén de felicitarle, le mande un abrazo sentido y sincero, de hermano.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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