PAGO AQUÍ, “CUQUI”, CUANTO TE ADEUDABA
El sábado 27 de mayo, por la mañana, me llamó por teléfono una amiga de Algaso, con la que cursé la carrera, que, desde hace apenas un mes, trabaja como redactora de Sociedad en La Opinión del Ebro, periódico de reciente creación y mancheta en la capital maña. Quería hacerme una interviú sobre mis hábitos sexuales actuales. Estaba dando forma a un artículo extenso, que saldría en el número del domingo, sobre el sexo en personas que estén disfrutando de su tercera década de vida, y había pensado en mí como necesaria candidata a dicha entrevista (he notado que me estaba dando coba, dorando la píldora, y no me lo he callado), en pulsar mi criterio al respecto.
Me he excusado, porque estaba muy atareada, corrigiendo exámenes, y le he prometido que, antes del miércoles, sin falta, le remitiría un correo con una breve confidencia sobre el asunto en cuestión, pero esta sería, que no le cupiera la menor duda, fehaciente, real, sincera, verídica. Seguramente, le iba a sorprender leer mi escrito fetén, porque la devorahombres o femme fatale que fui entonces, la fiera tigresa que ella conoció durante algunos fines de semana, mientras frecuentábamos la facultad, había devenido un lustro después, qué cambiazo había dado, sí, en apacible gatita.
Este (el que obra abajo) es el texto que le he mandado hoy, martes, a mi amiga Cruz, “Cuqui”:
“Digo que me llamo ‘Pita’ (pero el domingo pasado, verbigracia, cuando me acerqué, después de desayunar, al colegio electoral para introducir mis sendos votos por las ranuras superiores de las dos urnas; en realidad, mis sobres iban vacíos —volví a votar en blanco; como todos los partidos en liza, sin excepción, me parecían igual de estupendos, excelentes, me decanté por la opción más cabal, no perjudicar a ninguno—, al chico de la derecha en la mesa, mi izquierda, que era el que tomaba los datos de la identidad del votante, ella o él, insistí en referirle la verdad —hacía mucho tiempo que a nadie le declaraba mi auténtica gracia de pila—, Guadalupe) Álvarez Sanquirico. Últimamente, quiero decir, en los postreros ocho meses, salvo dos episodios mochales, orates, vacacionales, playeros, no he mantenido otra relación íntima estable que con dos dedos, el índice y el corazón, de mi diestra.
“Vivo en Zaragoza, en el barrio de Delicias, en un piso compartido con otra profesora, Marta, a quien, por cierto, jamás de los jamases, le he preguntado su edad; en mutua correspondencia, ella ha tenido la misma delicadeza conmigo y tampoco me ha interrogado la mía. Debemos andar ambas por la edad de Cristo cuando lo crucificaron (si hacemos caso y tomamos los cuatro evangelios canónicos como fiable fuente histórica, claro). Yo, al menos, ya he cumplido los 33 años.
“Para no molestarnos (que acaso una muestra del alterum non laedere, no molestar al otro, latinajo de Ulpiano, fuera darnos recíprocamente envidia), ni Marta ni yo, salvo que sepamos, a ciencia cierta, que la otra no va a estar en el piso, por hallarse de vacaciones, o trabajando en el extranjero, nunca hemos llevado a nadie a nuestro asiduo domicilio zaragozano para follar, si saco de la ecuación que acabo de mencionar, aquella bochornosa noche que llegué a casa, de improviso, pues había finado sus días el padre de Luisa, una amiga del alma, y vi a Marta, en medio del pasillo, emulando a una perra en celo, siendo montada por detrás por quien imitaba a un can babeante, salido. Jamás, ni ella ni yo, hemos sacado en ninguna conversación el patético espectáculo de marras, marrano o no, dependiendo de los ojos que contemplaron otrora la escena o ahora leen, sin el aporte de los pormenores escabrosos u obscenos, estos renglones torcidos que, más que representarla, la sugieren”.
Si alguien lee algún día mi diario, comprobará que esto lo escribí el miércoles 31 de mayo.
“Pita” Álvarez Sanquirico.
Ángel Sáez García