HOY, BUSCANDO UN DIAMANTE, HE ENCONTRADO OTRO
Hoy, por azar, en el desván, pretendiendo buscar un diamante en una caja de cartón arrumbada, descabalada, he encontrado otro.
Hace muchos años, como un mero ejercicio hilarante o episodio lúdico, le propuse a un colega, que impartía la asignatura de filosofía, que intercambiáramos los papeles y, por un día, él diera clase de literatura a mis alumnos y yo de filosofía a los suyos. Cuando se enteró el director del Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria (IESO) “Juan de Mairena”, de Algaso (está claro que algún deslenguado, tuviera la identidad sexual que tuviera, se fue de la mui, y que no habíamos sido ni él ni yo), nos citó en su despacho a la misma hora y, habiendo accedido ambos al mismo y cerrada la puerta, dentro, nos hizo a ambos idéntica pregunta: “¿Estáis locos, o qué?”. Los dos contestamos, al alimón, que no, y él se limitó a confirmar lo que barruntábamos, intuíamos y/o sospechábamos, su habitual amenaza; no consentiría ni toleraría discrepancias al respecto de ningún jaez (él, en estos casos, no solía usar la voz tipo, solamente jaez).
Para tal día y fin, este menda que, como asimismo hacía don Quijote, se inventa pasiones para ejercitarse, había redactado unas líneas con las que arrancaría la lección. Comenzaría así: Si consideramos el sadismo (vocablo que procede del marqués de Sade; como os consta, supongo, la primera, de las muchas veces que entró en la cárcel, en 1768, lo fue por torturar a una criada) la desviación sexual de quien encuentra placer al causar dolor físico o sufrimiento a un congénere o semejante suyo, cabe que uno se pregunte retóricamente o interrogue a la audiencia si, en algún caso, la citada perversión puede resultar o ser buena. ¿Vosotros qué opináis? La respuesta mejor a dicha pregunta acaso sea “depende” o “según”. Si dicha persona es un afín estándar, de gustos sexuales normales o normalizados, tal vez se imponga la respuesta negativa, que no; pero imaginemos que quien la contesta es un masoquista; entonces puede que esa respuesta fuera positiva, que sí.
Bueno, pues quizá hija bastarda de esa reflexión antedicha fuera esta otra cuestión. ¿Qué consideráis que es mejor tener, “auctoritas” o “potestas”, autoridad o poder? A Lucio Quincio Cincinato (por cierto, la ciudad estadounidense de Cincinnati, en el estado de Ohio, honra al desinteresado romano, prototipo de ciudadano), en el siglo V a. de Cristo, la autoridad, o sea, el crédito y prestigio moral que gozaba entre sus conciudadanos romanos, le supuso ser elegido (y no una, sino dos veces, aunque todo está rodeado por un halo de leyenda) y nombrado dictador y general; dejó el arado para mandar un ejército que derrotó en un solo día a los ecuos. Ahora bien, quien ostenta (de manera legal) el poder absoluto o detenta (de modo ilícito) el mismo, puede cometer o incurrir en desmanes, despropósitos o excesos sin cuento (y el apellido Rubiales, que se impone en este caso, viene como alianza al dedo anular).
Hoy, que tengo ante mis ojos aquellos renglones que trencé hace cinco lustros, usaré las mismas palabras que escogí entonces y/o sigo echando mano de ellas ahora (el hombre es un animal de costumbres; puede que alguien dé el primero, pero nadie osará dar el segundo paso para negar lo evidente, lo apodíctico): Como no hay en el convento mejor maestro que fray Ejemplo, me decantaré por lo obvio, por poner uno, clarificador. Mutatis mutandis, servidor se inclinará por modernizarlo, por ponerlo al día.
Como os hago conocedores de lo precipuo o principal que ha acaecido en los últimos días, aunque hoy el concepto y título de tirano lleva aparejada una connotación negativa (en sus inicios romanos, era positiva), pocos juzgaréis que Vladímir Putin no es un dictador de tomo y lomo ni que no tiene nada que ver con la muerte del fundador, jefe y líder del grupo Wagner, el ejército de mercenarios, Yevgueni Prigozhin, que perdió la vida, así como las nueve personas que lo acompañaban y volaban en el mismo avión, que viajaba de Moscú a San Petersburgo.
Así pues, de todo lo sucedido conviene colegir lo oportuno: ¿Vale más tener autoridad que poder? Insisto en contestar lo mismo: depende o según. Sin embargo, no he olvidado un pensamiento de Anne Dudley Bradstreet, la primera escritora y poeta norteamericana que publicó un libro: “La autoridad sin sabiduría es como un pesado cincel sin filo; solo sirve para abollar, no para esculpir”.
Ángel Sáez García