El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Que no le falte el trazo a ningún día

QUE NO LE FALTE EL TRAZO A NINGÚN DÍA

Uno de mis heterónimos femeninos, Edurne Gotor, “Metonimia”, acaba de mandarme, por correo electrónico, a una de mis direcciones de tal, la más usual, la que aparece bajo mi firma en los textos que ven la luz en mi bitácora, el blog de Otramotro, el siguiente escrito:

CÓMO HOMENAJEARTE Y RECORDARTE

Dilecto Otramotro:

Como hija de tu caletre que soy, te ruego con especial encarecimiento que publiques, cuando consideres oportuno, en tu blog de Periodista Digital el texto que sigue, que te envío por el canal habitual, en el que vengo a razonar por qué escribo, por imitarte y por entender que no hallo, porque tal vez no la haya, una forma mejor de homenajearte y recordarte.

Observar, a través de la galería del salón, un día sí y otro también, cómo escribías, me empujó y llevó a armarme de valor y a preguntarte, lógicamente, cuando no estabas urdiendo, si yo podía hacer lo mismo que tú. Como me contestaste que sí, siempre que cumpliera, a rajatabla, la condición inexcusable de hacerlo en riguroso silencio, te pedí que colocaras una mesa (a dos metros de distancia, impusiste tú) de la tuya, más pequeña, claro, para no estorbarnos ni molestarnos (qué pronto aprendí la traducción de ese latinajo de Ulpiano que dice así: “Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere”, o sea, “estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno lo suyo”); y, así, cada uno/a estuviera atento/a a cuanto le soplaba su estro poético o su fantasía.

La escritura es una forma de tejer ideas y, por tanto, de diálogo con quien sea. Lo primero que se me ocurrió y escribí fue un coloquio contigo. Recuerdo que yo te pregunté qué te apetecía hacer y tú me respondiste que retorcerme el pescuezo, pues había contravenido o quebrantado la norma y te estaba incomodando con mis preguntas impertinentes. En el segundo diálogo que ideé te aduje que mi intención no era hurgar en la herida, esto es, meter el dedo en el agujero, creado por el clavo, en la muñeca (me había convencido tu explicación de que era más factible que los clavos hubieran sido colocados por los romanos en el espacio que hay entre el cúbito y el radio, que en las palmas de las manos, como solo se narra y lee en el Evangelio de Juan 20: 24-29, no en el resto de los sinópticos, y, de hecho, se suele representar pictóricamente de esa guisa el suceso), como acaso hizo el incrédulo Tomás para cerciorarse de que Jesús de Nazaret había resucitado (salvo que todo sea una patraña urdida por el evangelista; pues no conviene olvidar que la literatura, aunque cuente hechos ciertos, fehacientes, verídicos, en el supuesto de que incluya una pizca de mentira, la tinta que acarrea esta tiene la virtud de entintarlo todo, deviniendo el relato apodíctico en mendaz).

Nota bene

   Hoy, martes 12 de septiembre de 2023, por la tarde, cuando mi hija estrena mi misma pasión y ocupa la mesa aneja (a los dos proverbiales metros de distancia de la mía), me apetece rememorar que, desde aquellas dos primeras ocasiones iniciales, todos los días de mi existencia he escrito algo; sigo, a rajatabla, la expresión latina que se le adjudica a Plinio el Viejo: “Nulla dies sine linea”, o sea, “que no le falte el trazo a ningún día”.

   Edurne Gotor, “Metonimia”.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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