El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Espabila, Ángel, has de ser más vivo

ESPABILA, ÁNGEL, HAS DE SER MÁS VIVO

La frase del título (a medio camino entre el consejo comportamental y la recomendación actitudinal de quien te aprecia de veras) me la dijo (se la escuché aseverar y proferir con suma atención a) el sustituto (más elegido que impuesto) de José Javier, mi hermano mayor y mecenas (él, Koldo, en Tafalla, fue quien me propuso la posibilidad, oportunidad que aproveché, es decir, no dejé pasar de largo, de trabajar durante el verano haciendo ferias, o sea, yendo de pueblo en pueblo en fiestas, currando de barman o camarero en bares y cafeterías; y, por ende, de poder seguir estudiando la carrera de Filosofía y Letras, habiendo descartado continuar, por razones obvias, la de Medicina), Luis Quirico Calvo Iriarte, hace muchos años, cuatro décadas cabales, los ocho lustros que llevamos siendo amigos del alma (según la definición que brindó el filósofo estagirita, Aristóteles: “La amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita —forma verbal que a mí me gusta mudar por la más ajustada, “palpita”— en dos almas”).

Quien ahora me sigue echando una mano (le falta poco, apenas una pieza dental —pues ejerce de médico odontólogo y estomatólogo en su clínica FARMADENT, de Tafalla, en la que prestan servicio también sus hijos, los doctores Íñigo y Leire Calvo Archanco— para terminar de adecentarme la boca, que la tenía deteriorada) otrora se dio cuenta de que servidor, el abajo firmante, era un pipiolo, recién salido de casa (del cascarón lo había hecho antes, ciertamente, a los doce años, cuando marché a estudiar al seminario menor de Navarrete, y más tarde a la capital maña, bajo la égida de los benéficos religiosos camilos; pero a la vida, cruda, dura, como el mismo pedernal, lo hice cuando determiné no cursar el noviciado; comprobé que el romanticismo no te lleva a ninguna parte; bueno, sí, si eres consecuente y prudente, a reparar en lo notorio, en que te has equivocado, en que has metido la pata hasta el mismo corvejón, al decidir imprevista y sorprendentemente, optar por estudiar la carrera de galeno sin haber adquirido previamente los rudimentos imprescindibles, necesarios, para poder salir airoso de ese brete, al haber elegido estudiar el BUP y el COU por letras), sin malicia (aunque hubiera hurtado galletas subrepticiamente en la sala de profesores de mi edén navarretano y descendido los tres pisos del edificio, el bloque octavo del número 162 de la extinta calle zaragozana del Camino de la Mosquetera, por la noche, tras acabar cada una de las tres evaluaciones, mientras estudiábamos COU; nos íbamos a celebrarlo a un bingo cercano; las dos primeras salidas cantamos sendos bingos, la suerte de los principiantes; esa era nuestra maldad).

Nadie sabe, a ciencia cierta, dónde, en qué peña concreta, brotó la fuente del conocimiento. Ahora bien, a nosotros, lectores empedernidos, el mismo fruto, la misma idea, nos llegó por dos cauces, en principio, inconexos, Occidente y Oriente. Pero como el bípedo implume, según definición platónica, es un homo viator, no nos extraña que la misma persona sembrara idéntica semilla o simiente del pensamiento en dos lugares distintos y distantes, y los avispados o vivos recolectores las siguieran sembrando en otros terrenos y estos, a su vez, las segaran.

Los tres parágrafos anteriores vienen a cuento de lo que sigue. Aristóteles (en Occidente) enseñaba a sus discípulos que lo que diferenciaba al sabio del ignorante era lo mismo que distinguía al vivo del muerto.

Bueno, pues, quien haya leído esa colección de setenta apólogos de origen hindú (en Oriente) que porta en el título los nombres de dos chacales, “Calila y Dimna”, habrá tenido la oportunidad de leer el mismo argumento del pensador peripatético en las primeras páginas del capítulo primero del citado ejemplar: Berzehuey o Bersehuey médico principal del rey Nixhuen, de Xirben, lee en unos libros de filosofía que en las montañas de la India existen hierbas y plantas que, mezcladas en sus justas proporciones, pueden resucitar a los muertos. Pide permiso a su rey para ir a buscarlas y este se lo concede. Tras un año de denuedo baldío, infructuoso, formula sus quejas y comparte las penas con sus colegas hindúes y estos le aleccionan del sentido alegórico de las palabras que leyó en los libros de filosofía. Las montañas son los sabios y las yerbas el saber de estos. Los muertos son los necios que, tras leer los libros sabios, resucitan a la vida intelectual.

Hay quien dice que Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, más conocida por Santa Teresa de Jesús, vino a complementar o completar o cerrar ese círculo o idea con los tres versos octosílabos que arrancan o inician una de sus composiciones poéticas: “Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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