EL LUNES ASISTÍ A MIS PROPIAS HONRAS
Bueno, bueno, eso no aconteció exactamente así. A continuación, haré el esfuerzo de explicarme mejor, para que se entienda. El pasado lunes 20 de noviembre de 2023, asistí en la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes, sita en el barrio tudelano del mismo nombre, a la misa de funeral que se celebró por el alma de Ángel Sáez, que no era yo, por supuesto, sino mi tocayo (o, mejor, “hipertocayo” o “supertocayo”; lo solía llamar así, sin el prefijo o, en su defecto, con el hipocorístico que siguen usando algunos de mis familiares conmigo, Angelito; ni a él ni a mí nos molestaba ni molesta, porque sabíamos que lo utilizaban y utilizan con cariño), de los mismos nombre y primer apellido, porque, de segundo, él se apellidaba Osta (DEP/RIP), mientras que el mío es García. Siempre que lo veía, al empezar a subir la cuesta de la calle Mauleón, lo saludaba y cruzaba unas palabras con él. Hasta el año pasado le solía entregar, si llevaba, una copia de lo último que había escrito en prosa, para que lo leyera.
Conocí a Ángel, tal vez, a través de su esposa, Esther, a quien había tratado, porque mi madre, Iluminada, formaba parte de la Hermandad de las Verónicas, de la que Esther era la presidenta. Lo comenté ese mismo día, precisamente, con quien preside en la actualidad dicha Cofradía, Maribel.
Compartí asiento, en el mismo banco de madera del mentado recinto religioso, con Marisa y su hermana, que fueron las primeras diestras que estrechó la mía, cuando llegó ese momento de la liturgia o el rito en el que los cristianos nos damos la paz, tras mandarlo así el sacerdote oficiante.
Recuerdo que el cura que iba a celebrar el oficio (cuyo nombre de pila era ¿Héctor?) se disculpó, por estar esa tarde flojo, y llamó a un compañero para que le ayudara (al final, fue este el que celebró la misa, aunque la homilía o el sermón corrió a cargo del primero, quien pidió perdón por no hallarse en plena forma) en dicho menester. Dijo que sufría vértigos y mareos y que padecía el síndrome (si no recuerdo mal; tras consultar en el buscador de Google, verdadero “espabilaburros”, se trata de la enfermedad de dicho nombre) de Ménière, que, por supuesto, nada tiene que ver con lo que a mí me sonaba, la salsa meunière. Lo que sí entendí bien y fue una bendición escuchar fueron los sones de un violín y de un piano, si no marro (que no me acerqué a comulgar y, por ende, no pude cerciorarme del hecho). Sonaron ambos instrumentos musicales como si los hubieran tocado las manos de nieve de dos ángeles en el Cielo (esto, evidentemente, lo barrunto, intuyo o sospecho, ya que, salvo cuando el doctor Iñaki Alberdi y su equipo me extirparon dos cánceres incipientes, hace más de dos décadas, en el Hospital “Reina Sofía”, de Tudela, y permanecí un día entero en la UCI, no he tenido otra experiencia similar a aquella, tan cercana a la supuesta gloria).
La iglesia de Lourdes, a las siete y media de la tarde del pasado lunes, estaba llena (cosa inusual; y estoy seguro de que utilizo dicho adjetivo calificativo con absolutas corrección y propiedad, porque acudo todos los 25 de mes, o al día siguiente, domingo, si cae el susodicho en sábado, a la misa de mis padres, Iluminada y Eusebio, y de mi hermano, José Javier; así que puedo dar fe de que eso, que esté lleno el recinto, no es lo habitual; mi madre un día estaba pesarosa porque tenía la corazonada o el pálpito de que la bendita costumbre, que ella había iniciado con mi hermano, hace casi cuarenta y cinco años, llevaba las trazas de malograrse, o tenía los visos de perderse; para que la calma volviera a su ser, yo me comprometí a continuarla, mientras viviese; y la alegría volvió a su faz; qué razón abrigaba William Makepeace Thakeray, cuando escribió que “la sonrisa es un rayo de luz en la cara”, porque su rostro mustio, apagado, en un santiamén, resplandeció; yo digo y he escrito muchas veces que soy ateo, y unos días creo que lo soy, a pies juntillas, y otros que no, pero Dios, que si existe, sabe que, como lo mismo deseaba Unamuno, anhelo con todas mis fuerzas y ganas que exista, para que nuestra existencia tenga algún fundamento o sentido; y lo quiero, a pesar de los pesares o por si las moscas; y, aunque sea una engañifa o una filfa, del mismo jaez que son tantas ficciones como escribo a lo largo de un mes, me autoengaño con la especie de que entiende que yo sea una duda errante, andante, ambulante; y me respeta y no condena; y menos al fuego eterno del infierno), y, al acabar la eucaristía, por no agobiar más a Esther, la esposa, ya viuda, de Ángel, me marché de la iglesia sin darle los preceptivos abrazo y pésame. Le di dos besos y el que no pude dos días después, cuando la vi el pasado miércoles, cuando subía servidor la cuesta del extinto cine Regio, en la calle de don Miguel Eza, cuando ella departía con otras dos señoras; y le dije que había asistido al funeral de mi tocayo, como esta urdidura o “urdiblanda” intenta demostrar, de manera notoria e irrefutable.
Nota bene
Olvidábaseme de decir, como hubiera escrito Cervantes, y, por ende, añadir que, antes de entrar en la iglesia, puse mis dos teléfonos en vibración. Creo que fue la señora que leyó la primera lectura y el salmo responsorial la que nos pidió a los presentes, antes de que comenzara la misa, que pusiéramos nuestros respectivos móviles en silencio. Avanzada la ceremonia, mi hermano Miguel Ángel, “el Chato”, intentó contactar conmigo telefónicamente dos veces, pero me vi en la obligación de rechazar ambas llamadas. Finalizado el oficio religioso, ya en la plaza del Padre Lasa, lo llamé para disculparme y explicarle lo ocurrido.
Ángel Sáez García