ASÍ FUE MI PRIMER DÍA DE ESCUELA
CUANDO YO COMENCÉ A ESTUDIAR TERCERO
Está claro, cristalino, que unos hechos, por la razón o razones que sean, los recordamos mejor que otros. Yo, por ejemplo, ignoro el porqué, pero no que rememoro, como si me llamara Ireneo Funes y hubiera ocurrido ayer, mi primer día de escuela, cuando comencé a estudiar Tercer Curso de la ya extinta Educación General Básica, EGB, en el colegio “San Francisco Javier”, de Algaso.
Nuestro profesor era don Eugenio, un guasón de marca mayor; y, a veces, yo tiendo a verme a mí mismo como trasunto suyo o una mera prolongación de su personalidad zumbona, divertida, chispeante. A fin de conocernos, pues él era nuevo en el cole, aunque el grueso de los alumnos de la clase nos habíamos echado encima los dos ojos (no mal de ojo, que no sabíamos, a la sazón, cómo hacerlo; y algunos no hemos invertido ni perdido el tiempo en averiguarlo) o visto mil veces en los campos de tierra de la villa, jugando al fútbol, sobre todo, tras presentarse él, mandó que hiciera lo propio el primero de la fila de su derecha y dijera su nombre, primer apellido, mote, si lo tenía, y ansiada profesión de futuro. Comenzó Evaristo Gutiérrez, “Salvatierra”, sobrino de tío rico, Gil Pato, verbigracia. Y así fue yendo la cosa, sin sobresaltos, de delante atrás, fila tras fila, de derecha a izquierda. Como yo me hallaba sentado en la silla del último pupitre de la tercera fila, fui el postrero del aula en presentarme en sociedad y dije: Roberto Álvarez, “Toíto”, secretario del Muy Ilustre Ayuntamiento. A mí, don Eugenio, extrañado tal vez, me preguntó el motivo y se lo brindé: porque le había escuchado decir a mi padre que este, al menos el de Algaso, en la Casa Consistorial, mandaba más que el alcalde, bastante más, o lo aparentaba.
Durante el recreo, mientras yo jugaba de portero en el patio, don Eugenio se me acercó y me preguntó, cuando el balón estaba alejado, en la otra área del campo, cuál era el quid de mi apodo. Como yo lo desconocía, me limité a encogerme de hombros. Ahora bien, a la hora de la comida, se lo pregunté, directamente, a mi padre, que me dijo que un día, con tiempo, me lo contaría, porque tenía mucha prisa y debía volver, como un rayo, al trabajo, pues se ganaba el sustento tapizando sillas y sofás. Así que, por la tarde (entonces el horario era partido, no como ahora), cuando don Eugenio volvió a interrogarme, le narré lo acontecido en casa.
De nada sirvió que yo insistiera, erre que erre, en preguntarle a mi progenitor, porque él se las ingeniaba para idear un subterfugio tras otro, con el que, un día sí y otro también, lograba escaparse por la tangente o, en su defecto, irse por los cerros de Úbeda, dejándome a mí in albis, chasqueado, con un palmo de narices. Don Eugenio, al que, para entonces, transcurrido un mes de aquello, todos llamábamos como el resto de los profes del cole, “Uge”, su hipocorístico, me propuso que probara a sonsacarles a sus amigos, primero a los algasianos, que pudieron estudiar con él; y fue Félix Ovejas, “Sacristán” (porque su padre lo fue durante muchos años de la iglesia de Lourdes; él no siguió los pasos o la senda que había abierto su padre, pero a él lo seguían llamando así, con el mismo alias; otro tanto le pasó a José Ramón Bayona, “el Barbas”, que fue el primero de su cuadrilla en dejarse la barba, tras venir de la mili, y todo quisque lo seguía llamando o refiriéndose a él con ese mote, aunque saliera este todos los días del año de su casa completa y pulcramente afeitado), quien me dio pormenores, pelos y señales, de mi apodo familiar. Lo llamaban así desde que le puso el remoquete (en sentido estricto, se lo puso él a sí mismo) uno de sus maestros en la escuela, don Gervasio, cuando un día le preguntó a mi padre (siendo este un crío, entiéndame el atento lector) si había resuelto el problema de matemáticas, que les había puesto como deber la tarde anterior, y él contestó: “Toíto” (otros aseguran que dijo “Toíto, toíto, tó”). ¿Seguro?, insistió en preguntarle el docente; y él contestó: “Toíto, toíto, tó (aquí no hay discrepancias), pero me he dejado la solución en casa”. Pues salga a la pizarra y demuestre a sus compañeros que lo resolvió, le ordenó don Gervasio. Salió, pero se quedó de brazos cruzados y decidió optar por contar la verdad; así que reconoció que se le había ido el santo al cielo y que no lo había hecho. Pero, entonces, inopinadamente, por ciencia infusa tal vez, un milagro, sí, se puso a pensar delante del encerado y del enunciado del problema, que aún permanecía planteado en la pizarra, y, en menos que canta un gallo, o que uno se yanta un callo, lo solventó.
Nota bene
A veces, me resulta oneroso escoger el título que encabece uno de mis textos, porque son tantos los que me brotan, nacen o surgen, que me cuesta decantarme o decidirme por uno. Eso es, precisamente, lo que ocurrió con la presente urdidura o “urdiblanda”. Dudé entre rotularla con el que porta o con otros dos, estos: “Si ‘Toíto’ a mi padre le avergüenza, / yo me siento orgulloso de ese apodo” y “Nadie le toma el pelo a don Gervasio, / a menos que Dios sea el peluquero”.
Ángel Sáez García