LOS DOS ETERNOS TEMAS LITERARIOS
AMOR Y MUERTE SON, NO TENGO DUDA
Recuerdo que, al final de una de las clases que impartí de Creación Literaria, les propuse a mis alumnos que escribieran un texto en prosa en el que aparecieran, separados o mezclados, esos dos asuntos por antonomasia o excelencia del rótulo, y que el lunes, quien quisiera, voluntariamente, podría leer el suyo en voz alta, y luego haríamos un debate sobre ellos, los leídos. Llegó el primer día de la semana; como a ninguno de mis discentes le había dado por dedicar un par de horas de su largo fin de semana para idear y escribir nada, y yo procuraba tener siempre guardado en la manga, para cubrir el expediente o echar mano de él en cualquier eventualidad, un plan b, les entregué una columna de opinión que había leído el sábado en un diario de tirada nacional y había fotocopiado para que trenzaran otra, abundando y/o discrepando de los criterios que había vertido en la misma su autor.
Este menda, por supuesto, sí que había urdido su pieza. ¿Seguiría teniendo entre ellos alguna autoridad, si no lo hubiera hecho así, si no hubiera dado el esperado y buen ejemplo? Aunque ya he olvidado las palabras concretas que usé en ella, me apostaría doble contra sencillo a que no se diferenciarían mucho de los hechos fidedignos que me dispongo a narrar a continuación.
En el séptimo piso zaragozano de la Avenida de Valencia, compartí habitación con Juan Miguel, un joven calceatense (de Santo Domingo de la Calzada, donde se cuenta que acaeció un milagro que ha devenido en proverbio, pues se sigue aireando que allí, en dicha localidad riojana, sita a orillas del río Oja, y si no te gusta el dato, ajo y agua, cantó y voló la gallina después de asada). Las primeras noches que dormí en dicho lugar advertí que, en la vivienda de arriba, seguramente, en la inmediata dependencia superior a la nuestra, a eso de la media noche, unos minutos arriba o abajo, alguien emitía ayes, se quejaba. A la quinta o sexta noche, extrañado, le pregunté a Juan Miguel si no escuchaba nada, y me adujo que no, que acaso no tenía un oído tan fino como el mío. Me comentó un día, antes de comer, que había preguntado sobre el caso de marras a uno de los dos porteros del edificio, que eran hermanos, y que este le había dicho que no hiciera caso de las habladurías, que se secreteaban entre vecinos al respecto, de que un anciano se estaba muriendo en el octavo. Lo del agonizante empedernido era una engañifa, una filfa. Al final, como el supuesto moribundo no se moría, ni a la de tres, ni a la de diez, ni a la de cien, colegí lo obvio, que uno de los miembros de la pareja (heterosexual o, en su defecto, más de féminas que de varones) de arriba se moría, sí, pero de sumo gusto, cuando alcanzaba el orgasmo.
Como en mis inicios filológicos servidor era un peliculero de marca mayor, un soñador empecinado, un día anoté en mi “libreta de sueños” (así llamaba entonces al cuaderno donde recogía, de manera resumida, mis vivencias oníricas) uno de los que tuve allí. Grosso modo, en él subía por las escaleras a la planta superior, me dirigía al piso correspondiente y, al apoyar mi mano en la puerta, comprobé, inexplicablemente, sí, un prodigio, que podía traspasar sin dificultades la madera, como si fuera un fantasma. Mi miré en el espejo de cuerpo entero que había en el recibidor y no me vi, así que deduje e interpreté, incluso dentro del sueño, de la experiencia onírica que vivía en ese momento, que yo era yo, pero sin cuerpo físico, solo alma o espíritu. Y no desaproveché la oportunidad pintiparada que se me había brindado, gratis et amore. Llegué a la habitación donde acaecía lo que me intrigaba sobremanera y llevaba por la calle de la amargura, y allí, in situ, cual mirón redomado, constaté en vivo cuanto ocurría y yo tantas veces había imaginado, que el señor de la casa estaba en la habitación de la mucama, haciendo el amor con ella; y ella era, precisamente, la fuente sonora de ayes gozosos que yo escuchaba abajo y me ponía los dientes largos.
Como el sueño que había tenido, estando servidor durmiendo, a pierna suelta, en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, podía explicarse fácilmente así, tal cual yo lo había soñado, no indagué más. Y di el sueño por profético.
La experiencia narrada arriba, la de los supuestos ayes agonizantes, no tuvo nada que ver con otra, esta sí, real, de veras, a la que asistí por hacer un favor. Escuché los penúltimos estertores que dio un anciano del asilo de la calle Cartagena. Una monja, que acompañaba y cuidaba a un moribundo, salió al pasillo y me halló a mí; me dijo que tenía que ir urgentemente al baño (bueno, puede que, hace cuarenta y tantos años, ella dijera váter) y yo me encontré entre la espada y la pared; así que no me quedó otra opción que ofrecerme voluntario y suplirle durante esos pocos minutos, cinco o seis, que tardó en hacer lo que fuera, que no le pregunté qué fue, por supuesto. En directo, sentado en la silla, que aún estaba caliente, escuché la respiración jadeante y dificultosa, que producía un sonido ronco, a modo de silbido, que emitía aquel moribundo. El señor murió, qué angustia (debió sufrir él y sentí yo), pocos minutos después de haberme marchado. Me enteré del esperado y luctuoso desenlace al sábado siguiente.
Ángel Sáez García