El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

El mito de la estufa es una estafa

EL MITO DE LA ESTUFA ES UNA ESTAFA

Hoy, 25 de diciembre de 2023, Navidad (aunque verá la luz mañana en mi blog, 26; por tanto, una semana cabal después de la fecha en la que mi madre cumplía años, sí, el 18, de seguir estando viva, hubiera alcanzado los 89), he recordado una frase lapidaria que le escuché aducir a Iluminada, sí, mi progenitora, mientras ella estaba ingresada en el Hospital de San Juan de Dios, de Tudela, de donde, antes de cumplirse el mes de su estancia allí, salió con los pies por delante, qué pena, cadáver: “La vida, Angelito (ella me llamaba así, o Tito), es una mentira”. Cada quien la interpretará a su manera, pero yo, su hijo, que fui testigo presencial, que se la oí pronunciar entre las cuatro paredes de la habitación que ocupaba (estando los dos solos en su interior), o sea, salir de su propia mui, de sus labios y de su lengua, barrunté que había sido dicha o manifestada la susodicha con la misma o parecida impresión refractaria a la que suele dejar en el ánimo o en el alma (si existe) de quien ha sido objeto de un fraude. Y de ahí, de esa realidad, me ha brotado el rótulo que porta esta urdidura (o “urdiblanda”): el mito (o timo, su anagrama) de la estufa (del calor que da tener a Dios cerca, al lado) es una estafa.

Varios meses antes de ocurrir el fatal desenlace mencionado arriba, su óbito, en casa, antes de acostarse en la cama, como cada noche, le ayudaba a ponerse las bolsas de la orina nocturnas (pues la pobre portaba dos nefrostomías), que no solía llenar, pero le faltaba poco para hacerlo. Antes de meterme en el sobre, volvía a su cuarto a echarle un vistazo y casi siempre la pillaba rezando. ¡Qué pérdida de tiempo!, seguramente, determinará el lector ateo, pero para el creyente orar acaso pueda llevar aparejado algún consuelo o implicar o suponer alguna esperanza.

Iluminada tenía una colección de estampitas y de vírgenes a las que les dedicaba todas las noches, antes de apagar la luz con el propósito de conciliar el sueño, su ritual; las besaba una a una. Ante mis preguntas insistentes, a propósito de esa práctica piadosa, un día, por fin, obtuve premio, pues se dignó darme una respuesta. Me confesó, aunque yo me riera internamente, o por lo bajo, que aquellos ósculos que les estampaba le ayudaban a recobrar la fe que había perdido durante la jornada. Las besaba con los ojos cerrados y esa caricia que sus labios transmitían a aquellas imágenes era su manera de aferrarse a cierto sentido vital, ante tanto sinsentido como advertía a su alrededor y allende los mares; en esa asidua y diaria liturgia encontraba un motivo para seguir respirando; entonces no pensé que pudiera parecerse tanto ese proceder, querer creer, al de uno de mis maestros (aunque nunca me impartiera una sola lección en un aula), don Miguel de Unamuno, que es la razón por la que el abajo firmante eligió el seudónimo que usa de ordinario, Otramotro, que tanto porfió en hallar alguna razón de ser a lo que nunca la tuvo, ni la tiene, ni la tendrá, nuestra existencia en este mundo inmundo, pues como acertó a ver Jean-Paul Sartre, el hombre es una pasión inútil, pues su vida carece de sentido (aunque se autoengañe, al esforzarse ineficazmente por encontrárselo).

Aunque mi madre era juiciosa, sensata, creía, a pies juntillas, que hacer el bien en este mundo tendría recompensa antes o después, o le acarrearía un premio a dicho benefactor, al final de su existencia, acaso por mi mala influencia, mis continuas refutaciones, le entraron dudas, y se dio cuenta de que tal vez las cosas no eran como ella pensaba, sino, más bien, como se las presentaba yo, un descreído, un ateo. A veces, yo me veía como un mero demonio, por poner su fe en entredicho a cada instante.

Y el último párrafo del presente, ora absurdo, ora prudente, texto, se lo dedico, única y exclusivamente, a esa entidad que hemos dado en llamar (a fin de que podamos entendernos) Dios. Por si logra leer (ha podido aprender braille), al pasar las yemas de sus dedos por las líneas que contiene, este escrito, para que pueda soltar una venturosa y sonora carcajada (¿queda por ahí algún incrédulo, ora ella, ora él, ora no binario, que ponga en duda los beneficios de la risoterapia?). Si alguien algún día consigue demostrar, de manera fehaciente, que Dios existe, y, una vez identificado, comprueba que este no es ese ser omnipotente y omnisciente que nos ofrecen y presentan todas las religiones que en el ancho mundo son, quizá logre constatar, a ciencia cierta, lo que muchos nos temíamos, que eso no era más que otra engañifa o filfa, pues el tal sigue siendo el mismo ciego sordomudo e incapaz de siempre.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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