El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Prefiero ser camello a nuevo rico

PREFIERO SER CAMELLO A NUEVO RICO

   ¡Qué acertadamente actué al arrimarme, por mi propia iniciativa y natural instinto y proceder, a los buenos, de los que podía recibir o sacar algo en claro, los ricos (en experiencia y anécdotas)! La primera vez que leí el “Lazarillo” y las posteriores y diversas relecturas que hice de dicha joya, la novela anónima, vinieron a confirmar o ratificar (ergo, no rectificar) la certidumbre de cuanto había comprobado y concluido y he expresado en el arranque de este párrafo. Desde la primera vez que me identifiqué con el protagonista, Lázaro de Tormes, tomé al hijo de Tomé González, a dicho personaje prototípico, como dechado o modelo de conducta, que debía remedar sin falta si quería más tarde alcanzar mi objetivo, poder medrar como él.

   Así que, desde otrora, miro solo por lo que me toca la fibra sensible (¡qué irónica y magistral lección le dio el cínico arcipreste de San Salvador, que, si salvó o sacó a Lázaro de su tumba, del infierno de la soltería en la que este vivía, fue por puro y duro interés, para poder entrar él, sin tantos bretes o trabas, en el cielo del celibato!), mi provecho.

   Reconozco que, de crío, siempre quise ser un anagrama de esa palabra, rico (en experiencia y anécdotas, insisto e itero), porque había constatado, por mi propia experiencia, de manera fehaciente, lo irrefutable, que quienes eran ricos y quienes eran hijos de quienes eran ricos disponían o tenían bienes de los que yo carecía, verbigracia, balón de reglamento. Y a mí, a la sazón, siendo un “muete” (decimos en Tudela, en vez de mocete o mozalbete) de corta edad, hijo de familia honrada, pero pobre, me gustaban muchos juegos (casi todos), pero el que más me divertía o ponía (se usa este verbo más ahora) era dar patadas y cabezazos a un balón de reglamento (además, de paso, hacíamos deporte, gimnasia), dos mejor que uno, como recomendaba consumir (luego se comprobó la desfachatez que contenía, el craso error, que acarreaba) la publicidad de esos redondos bollos blanditos que tenían un agujero en el centro y anunciaban en la tele de otrora.

   Cuando iba los domingos a misa de doce, hecho un pincel, y, sentado en un banco de la iglesia, escuchaba con atención al sacerdote leer ese pasaje del Evangelio de Mateo 19: 24, en el que Jesús de Nazaret aducía aquello de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos, desear ser rico me echaba para atrás, porque yo ansiaba poder entrar en la Gloria por las buenas, sin tener que dar rodeos ni hacer trampas.

   Una década después, poco más o menos, cuando leí a San Agustín, entendí el porqué; porque el rico no se conforma nunca con serlo, con lo que tiene; porque desea ser, a toda costa, más rico, amasar una fortuna mayor. El santo, obispo de Hipona, lo explica de esta guisa: “Toda riqueza es un ídolo de iniquidad. Y no porque la riqueza sea injusta en sí misma, sino porque es injusto llamar riqueza a lo que, lejos de suprimir la necesidad, la acrecienta”. Yo siempre he visto la riqueza creativa como una notoria objeción a dicho argumento, pero la susodicha acaso se halle incluida o recogida por San Agustín en este sintagma de su tesis: “y no porque la riqueza sea injusta en sí misma”.

   Por tanto, para concluir, como colofón, me brota decir/escribir aquí que prefiero ser camello a nuevo rico; aunque en estos tiempos nuestros que corren, como camello no es solo el animal de dos gibas, al que la voz hacía referencia entonces, sino también la persona que vende drogas en pequeñas cantidades, hoy dicha expresión se puede malinterpretar, al igualar camello con nuevo rico.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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