TAN LIMPIO SOY COMO LO FUE MI MADRE
PERO NO CON EL PISO, CON MIS TEXTOS
Hoy, después de comer, mientras hablaba por teléfono con mi hermana María del Pilar, “la Nena”, he vuelto a recordar el episodio más remoto de mi tierna infancia (tendría yo dos o tres años, como mucho): me escondía, junto a mi hermano mayor, José Javier (entonces era mi ángel de la guarda y quiero creer que, desde que murió, hace cuarenta y cinco años, qué pena y qué alegría siento, al mismo tiempo, menudo embrollo o revoltijo, sí, sigue ejerciendo del mismo ángel custodio conmigo), debajo de una mesa de madera, que había en la despensa de la casa en la que ahora (tras vivir servidor tantos años fuera, en la capital maña, sobre todo) resido (aunque es de mis cuatro hermanos y mía, a partes iguales, yo soy el usufructuario), porque nuestra progenitora, Iluminada, ignoro la razón, nos amedrentaba. Ayudándose de los dedos índice y corazón de su mano izquierda y el índice de su diestra, se bajaba las pestañas inferiores de sus ojos y se achataba la nariz, y eso a ambos, qué angelitos, nos producía pánico.
Cualquier congénere nuestro, que haya habido sobre la faz del planeta azul, la Tierra, recibió la mitad de los genes de su madre y la otra mitad de su padre, fungieran luego o no de tales. Cuando me preguntan por los míos, los hubieran conocido o no, siempre acostumbro a contestar e iterar las conclusiones a las que llegué otrora, hace muchos años, cuando reflexioné concienzudamente al respecto, que yo era tan inteligente como mi padre y tan trabajador como mi madre.
Mi progenitor, Eusebio, era una persona tan prudente y sensata, que siempre que surgía alguna disputa familiar entre sus sobrinos, mis primos, lo hacían llamar para mediar, solucionar el desaguisado y reconciliarlos, y una y otra vez salía airoso de ese aprieto o brete. Cuando nosotros éramos pequeños (más de una vez, le llevé el bocadillo, recién hecho por mi madre, a su puesto de trabajo, antes de acudir yo a la escuela, pues quedaban cerca tanto el uno como la otra), trabajaba 12 horas al día, su turno (de mañana o de tarde) y media jornada laboral más. Varios sábados, a las ocho de la mañana, le tocó empezar a descargar un camión de tablones de madera (lo sé, de buena tinta, porque, más de una vez, lo acompañé en dicha tarea). Ergo, mi padre era también hacendoso, pero, si tengo que destacar una facultad suya, insisto, debo ponderar la que aparece expresada arriba, su poliédrico intelecto.
Mi madre, además de laboriosa, era limpia, limpísima, pues limpiaba sobre limpio, y yo le criticaba por ello. Dedicaba tantas horas a tener limpios y bien vestidos y planchados a sus hijos y esposo, y adecentado, como los chorros del oro, su piso, que nosotros, siendo críos, no pisábamos ni siquiera el pasillo. Es una hipérbole, pero no tan exagerada. Recién bañados, cenábamos y, cuando terminábamos, nuestro padre nos llevaba, sobre sus hombros, a la habitación para meternos en el sobre. Tenía el piso de exposición y se enorgullecía un montón cuando las visitas le comentaban que no se habían llevado a los ojos un terrazo tan bien cuidado y reluciente como el del suelo de su piso. Era su trofeo (pero sin la cola, sin sus dos sílabas finales), su copa de Europa, que brillaba como una patena. Itero que yo censuraba a mi madre por relimpia, pero tengo que reconocer sin requilorios que otro tanto hago yo con mis textos. Me sabe a rayos comprobar, de manera fehaciente, que, a pesar de mi hábito inveterado de leer un mínimo de tres veces, tres, mis urdiduras o “urdiblandas”, he pasado por alto algún error. Me huele a cuerno quemado, a demonios, constatar que este menda ha incurrido en un yerro y no lo ha enmendado oportunamente, a su debido tiempo, antes de que dicho escrito viera la luz.
Ángel Sáez García