El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Que saber estar solo no es un arte?

¿QUE SABER ESTAR SOLO NO ES UN ARTE?

TANTO COMO EN UN GRUPO O UNA PAREJA

Nadie puede negar que hay congéneres o semejantes nuestros (refiramos la verdad, pongámonos estupendos, exquisitos, e incluyámonos, por favor, en la legión que conforman los tales, porque tú, atento y desocupado lector, bien seas o te sientas ella, bien seas o te sientas él, y yo, somos igual de seres humanos que ellos y, como sentenció el comediógrafo romano Publio Terencio Africano, en su “Heautontimorumenos”, “humani nihil a me alienum puto”, o sea, “considero que nada de lo humano me es ajeno”) que salen de sus respectivas zonas de confort o de sus erebos (pues, si es innegable que la soledad deseada puede ser un cielo, también es inobjetable que la soledad impuesta puede devenir o resultar tan detestable como cualquier infierno) a la búsqueda de complementar o completar sus afectividades, el conjunto de las emociones, pasiones, sensaciones y los sentimientos que cada quien acarrea. ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué lo hacemos? Porque anhelamos suplir la inopia sentimental (sé de un zumbón machista que, para referirse a la de una fémina suele acortar y, por ende, mudar dicho adjetivo femenino por la locución “de semental”) que, velis nolis, advertimos en nosotros. El hombre (hembra o varón) es un ser social, sociable, aunque Blaise Pascal tuviera una opinión tan personal (y acaso intransferible) al respecto, al pensar y airear su idea de que “todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación”. Seguramente, si nuestra memoria está en perfectas condiciones de pasar revista, recordaremos, asimismo, la “Oda XXIII, A la salida de la cárcel”, de la que su autor, fray Luis de León, dejó constancia, al parecer, en una de las paredes de la que fue su prisión, una famosa décima (sui géneris, no espinela) que escribió, tras pasar una temporada entre barrotes, por haber traducido sin licencia, del hebreo a la lengua vulgar, el “Cantar de los Cantares”, la obra de Salomón: “Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado. / Dichoso el humilde estado / del sabio que se retira / de aqueste mundo malvado, / y con pobre mesa y casa / en el campo deleitoso / con solo Dios se compasa / y a solas su vida pasa / ni envidiado ni envidioso”.

Desde que el mundo es (in)mundo, el hombre ha vivido en sociedad. Como nihil novum sub sole, no hay nada nuevo bajo el sol, el deseo del hombre, ella o él, de relacionarse, de establecer lazos con otros (hembras o varones), cabe identificarlo como una de las señas de identidad más escondidas u ocultas (y, asimismo, más someras o superficiales) del ser humano. Se suele acudir a la autoridad del creador del Liceo, el peripatético filósofo estagirita, a Aristóteles, y a su público y notorio aserto de que el ser humano es un animal político, ocupado y preocupado por el bien de la sociedad de la ciudad-estado, para confirmar o ratificar dicho parecer. Por variopintos que sean los escenarios y formatos, por diferentes que sean los métodos, medios y canales de comunicación y de transferencia afectiva, la necesidad de relacionarse es algo consustancial e inherente a todas las personas, incluidos tú, lector, y yo.

Quien haya leído “El principito”, de Antoine de Saint-Exupéry (mejor si lo ha vuelto a releer de adulto, y mejor aún si dicha relectura la ha coronado recientemente), en concreto, su capítulo XXI, habrá rememorado el encuentro entre el principito y el zorro. Este, astuto, hábil para engañar y para evitar el embeleco ajeno, le revela al muchacho una verdad olvidada, que domesticar significa crear lazos, vincularse. Y le agrega: “—Efectivamente —dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos; y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…”. Pero el zorro, maestro aleccionador, sin parar de ejercer de tal, aún le abrirá los ojos más, si cabe, que sí que cupo, cabe y cabrá: “—Solo se conocen las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!”. Para crear lazos hace falta DES, acrónimo de dedicación, esfuerzo y sacrificio, o, en su defecto, PER, acrónimo de paciencia, entrega y respeto. Luego le convence de que, si sabe que viene a las cuatro de la tarde, empezará a ser feliz desde las tres, de la liturgia o el rito (no solo dentro del ámbito religioso) y, por fin, le comunica la fetén, su secreto más preciado y precioso, que “solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos”.

Así como el corazón se dilata y se contrae, eso mismo le viene sucediendo al hombre, desde que este se halla sobre la faz del planeta Tierra, que se abre a los demás y se cierra o se encierra en un habitáculo para comprender por qué los otros actúan, como lo hacen, y entender su propio comportamiento, a fin de estudiar cómo mejorar su modus vivendi y las condiciones de vida de sus semejantes, como hace el investigador científico (aunque trabaje en un laboratorio solo o con otros colegas), el poeta, el músico, el ensayista, el escultor, el arquitecto, el narrador, el pintor, el…, al objeto de dar lo mejor de sí mismo, en la grata compañía de la soledad y el silencio, verbigracia. Y es que otro arte, y no menudo, es estar solo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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