El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Olvidarme de dos palabras suelo

OLVIDARME DE DOS PALABRAS SUELO

SON ESCATOLOGÍA, SÍ, E INCESTO

Ignoro la razón (si sumo los diversos ratos que he dedicado al asunto, he invertido entre dos y tres horas en darle vueltas al tema, pero, he de reconocer lo obvio, que las intentonas o tentativas han resultado baldías, infructuosas), mas he constatado varias veces el hecho, por separado y en su conjunto, que hay dos palabras en español que suelo olvidar, y son escatología e incesto. Como hoy, aleluya, las he vuelto a recordar, sin tener que hacer el mínimo esfuerzo indagatorio, me he dicho, por qué no pruebas a urdir, dado que los hados se muestran propicios, un párrafo o dos, al menos, sobre cada una de ellas. Bueno, pues, el dicho ha devenido, por arte de birlibirloque o mera chiripa, en un santiamén, en hecho. Helo aquí, a continuación.

He de reconocer, sin ambages ni requilorios, que no soy un experto en escatología, en ninguna de las dos entradas que nos brinda o recoge el Diccionario de la lengua española, DLE, esto es, ni en el “conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba”, ni en la acepción de “coprología” ni en la de “uso de expresiones, imágenes y temas soeces relacionados con los excrementos”; a la pata la llana o en plata, que no soy perito ni en el destino que le aguarda al hombre, como especie, ni al universo, como expresión de una expansión ¿infinita?; ni en los excrementos y las anécdotas, chistes y/o supersticiones que se transmiten, con leves variantes, unas generaciones a otras sobre ellos.

Que Dios (sea uno y/o trino), si existe, de veras (no he dado aún con nadie que haya disipado mis muchas dudas al respecto), me perdone, pero ¡cuántas veces he fundido e identificado la supuesta vida de ultratumba, que considero una engañifa o filfa, dentro de cualesquiera de las numerosas religiones que en el ancho mundo hay o son, con la mierda!

Confieso (creo que he narrado antes, en otro lugar, se tratara de un texto escrito en prosa o en verso, el episodio; ahora bien, desconozco si ya ha sido publicado o aún no ha visto la luz) que solo he estado una única vez en un puticlub (he acudido en otras dos ocasiones, que yo recuerde con fidelidad, para tomar allí algo) con la intención de pasármelo chupi, o sea, de chingar (me refiero, para que el atento y desocupado lector, sea ella, él o no binario, no tenga que hacerse cábalas, a copular, a intercambiar sexo por pasta). Entré en aquel antro de vicio y perdición con la primera prostituta que me lo propuso (¿vienes conmigo, guapo?, me preguntó; por qué no, te sigo el rastro, le contesté), sin ni siquiera mirarle a la cara (si lo hubiera hecho, me hubiera ahorrado, seguramente, el mal rato que pasé y la guita que le entregué, que se fue por el desagüe sin cumplir su fin u objetivo). No pude sentarme en el bidé para que ella me lavara mis partes pudendas, porque me entraron, de repente, tales náuseas, que me vi obligado a salir de aquel cubículo, como alma que lleva el diablo, recorrí el pasillo, la zona de bar o pub y salí escopetado a la explanada exterior y vomité entre dos coches que estaban allí apartados. Si lo realizado por servidor hubiera sido una disciplina atlética o prueba deportiva, estoy persuadido de que hubiera batido la plusmarca mundial, el récord.

La causa, conjeturo, fue variopinta, pero influyó decisivamente que la cara de la puta, cuando, al fin, se la miré, tuviera tantos rasgos compartidos con una querida prima mía (nunca diré cuál; qué bochorno sentiría al confesar dicho hecho). Así que, insisto, el origen desencadenante del vómito quizá fuera el mencionado. Cuando he contado la anécdota (media docena de veces, calculo), siempre he hecho referencia a que me libré del incesto por los pelos (los que había en el bidé).

Como he escrito estos renglones torcidos mientras deglutía la merienda, un trozo de pan con otro de chocolate con leche (la misma del seminario menor de los Camilos), me ha dado por preguntarme cuál sería la hipotética del cielo (no puede ir al infierno quien haya comido un trozo de pan; y yo me he zampado unos cuantos miles), tras la parusía y la resurrección de todos los muertos y el gran lío del Juicio Final. Me conformaría con que fuera igual a la hodierna, semejante a la de antaño, la del edén navarretano.

Nota bene

Siguiendo la estela que dejó uno de los pensamientos de Blaise Pascal, cabe trenzar que la literatura también ampara razones que la inteligencia ignora. El motivo de que me olvidara de esas dos palabras acaso haya sido determinante, pues ha propiciado que escribiera una urdidura o “urdiblanda” sobre ellas, este texto.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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