CONVIENE SER, A VECES, TEMERARIO
FUE JUSTO EL CUATRO Y MEDIO QUE MEDIARON
Durante una encerrona (así se conocía o llamábamos entonces, en los diversos concursos-oposición en los que participé in illo tempore, al ejercicio que consistía en preparar, durante un tiempo, regularmente dos horas, en las que permanecías incomunicado, en una clase de un instituto, sede del proceso selectivo, un tema, escogido de entre los tres, extraídos al azar, del saquito en el que se habían insaculado o introducido todas las bolas del temario, para exponerlo luego en otra clase, delante del tribunal, conformado por cinco profesores de la asignatura en ejercicio), tuve una idea genial, pero, al final, me incliné por desecharla, sin culminar lo proyectado. Hice mal. Así que, desde entonces, tras extraerle al error el mejor jugo, o el provecho cabal, recomiendo encarecidamente a las personas que me preguntan sobre algo parecido o relacionado con lo dicho, que lo haga, aunque le parezca descabellado, fuera de lo común o extraordinario, para saber qué se siente. Porque yo, al rechazar coronar o llevar a cabo cuanto había pensado, me quedé a dos velas, sin saberlo, y cuanto ideé en agua de borrajas o cerrajas.
Una vez me senté en la silla del profesor, en el aula que me asignaron, recordé el capítulo 149 de “Rayuela”, de Julio Cortázar, que recoge un poema de Octavio Paz. En la edición que otrora compré y leí, durante un verano, no aparecía el nombre ni el apellido del autor mexicano, Premio Nobel de Literatura en 1990, así que pensé que era obra de Cortázar. Allí tampoco aparecía el título que le puso Paz, “Aquí”, y yo, si no marro, lo hubiera rotulado con el nombre de una capital europea, “Londres”, por la pertinaz niebla.
El poema de Paz, breve, de apenas ocho versos, dice así: “Mis pasos en esta calle / Resuenan / En otra calle / Donde / Oigo mis pasos / Pasar en esta calle / Donde / Sólo es real la niebla”.
Bueno, pues, como yo me sentía en aquella encerrona un manojo de nervios, intenté calmarme, paseando por el aula, yendo y viniendo, desde la pizarra hasta el fondo, y viceversa. Me dio por mudar calle por aula y así había decidido comenzar mi exposición, buscando un ápice de empatía y una pizca piedad en los cinco colegas, en quienes vi a dos más de las clásicas tres gorgonas, Esteno, Euríale y Medusa, a pesar de que los cinco eran varones.
De las tres bolas que extraje del saquito, me había decantado por el tema de la Métrica española, sin dudarlo un segundo, aunque luego las hesitaciones fluyeron sin parar. Hubiera elegido “El Quijote”, pero no salió en la terna.
Bueno, pues, insisto, de camino a la clase, donde iba a preparar el tema, las dudas empezaron a acosarme, a hacer de las suyas, que tenían, como correlato, que yo perdiera seguridad en mí mismo y en mis posibilidades de salir airoso o triunfante del aprieto. Me venían a la mente los sonetos de los que no debía echar mano por libidinosos, salaces.
Si, durante esas dos horas, me hubiera tomado un médico la tensión arterial, me hubiera recomendado que ingiriera, sin falta, dos cápsulas del mejor medicamento contra la hipertensión, ya que, a la sazón, la padecía, sin lugar a dudas, pues se me había disparado.
De los más de cincuenta sonetos ajenos que me sabía de memoria (ninguno de los otros tantos que había compuesto servidor, ni de los más de quinientos que, desde entonces, habré escrito), solo me venía a la mente el anónimo titulado “Soneto a Cristo crucificado”, cuyo primer cuarteto dice así: “No me mueve, mi Dios, para quererte, / el Cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el Infierno tan temido, / para dejar por eso de ofenderte”.
No salí contento de aquel brete. El cuatro y medio que me puso el tribunal, como nota media, por la exposición fue justo.
Nota bene
Por si algún atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de los renglones torcidos que contiene esta urdidura no ha sido oportunamente persuadido por este menda, le aconsejo que lea estas palabras de Javier Cercas, que aparecieron, bajo el rótulo de “Retorno a Oxford”, texto que fue publicado en la página 8 del número 2.483 de EL PAÍS SEMANAL, correspondiente al domingo 28 de abril de 2024: “(…) Italo Calvino falleció poco antes de dictar las Norton Lectures —el equivalente en Harvard de las Weidenfeld— y su esposa, Chichita, aseguraba que se había muerto del pánico que le daba tener que hablar ante aquellos señores tan sabios. A mí me salvó mi temeridad, o simplemente mi desvergüenza. Por lo demás, Calvino, que era un sabio auténtico, tal vez olvidó que los auténticos sabios son infinitamente generosos: la prueba es que, a pesar de las eminencias que me habían precedido en las Weidenfeld Lectures, no sólo no me tiraron tomates durante mis charlas, sino que acabaron nombrándome Honorary Fellow. Una cosa está clara: el prestigio de Oxford lo resiste todo”.
Ángel Sáez García