El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Pirrón cambió el pincel por el cincel

PIRRÓN CAMBIÓ EL PINCEL POR EL CINCEL

¿OTRO TANTO OTRAMOTRO HARÁ ALGÚN DÍA?

Algunas personas no aprendemos ni a la de tres, ni a la de diez, ni a la de cien. Un día cayó o se depositó en alguna de las circunvoluciones de nuestro cerebro (ya fuera después de escuchar a otro congénere, maestro o émulo, colega, ya fuera tras leer a otro semejante, difunto o vivo) cuanto celebro, ese pensamiento de Diógenes Laercio que dice así: “Callando, se aprende a escuchar; escuchando, se aprende a hablar; y hablando, se aprende a callar” (o sea, grosso modo, la pescadilla que se muerde la cola), pues nos pareció otrora, la primera vez que lo oímos o pasamos nuestros ojos por él, una verdad incontrovertible, que, por el motivo que fuera, no echó raíces en nuestro cacumen, ya que seguimos cometiendo el mismo error de siempre, al dar nuestro parecer sin estar en posesión de todas las claves sobre el caso en cuestión, ni haber indagado o investigado lo necesario para tener un criterio ponderado.

Que la especie humana disponga de cuerdas vocales y sinhueso no nos confiere a sus especímenes el derecho a poder dar nuestro parecer sobre cualquier asunto; y menos a culminar dicho menester de manera precipitada; a menudo, nuestra opinión sobre este, ese o aquel affaire suele quedar al borde del abismo o despeñada contra las rocas, tras coronar un vuelo icáreo.

Plinio el Viejo atribuyó la sentencia que acarrea la locución latina “nulla dies sine linea” (ningún día sin su línea o trazo) al pintor griego Apeles de Colofón, protegido de Alejandro Magno. A mí me gusta ver en dicho trazo una arruga, un matiz. Esa es la razón por la que rememoro una frase que le escuché proferir (ahora no sé, a ciencia cierta, si fue a Pedro María Piérola García o a Jesús Arteaga Romero; puede que lo hiciera en dos momentos, próximos o alejados en el tiempo, a ambos; es decir, que, en cualquiera de los dos casos, acierto) a la mitad de Eusebio, nombre de pila que he elegido para mi personaje literario fray Ejemplo, de que toda verdad puede esconderse u ocultarse tras un acervo o montón de ápices, lápices o matices (y te ruego con inusual encarecimiento, no te miento, atento y desocupado lector, que no me atices por darle curso a una de mis pasiones, jugar con las palabras).

Está claro, cristalino, que los hechos fueron los que fueron, fijos (salvo que los susodichos fueran consensuados, inventados mancomunadamente, pactados, extremo que no conviene descartar), pero cada historiador los narra según las fuentes que consultó o de que disponía. Algún historiador escribió sobre ellos teniendo en cuenta, presentes, los de primera mano, los acontecimientos concretos, pues fue testigo presencial de los mismos; otros, de oídas…, de ahí las diferencias irreconciliables entre algunos relatos históricos sobre los mismos sucesos, idénticos eventos.

En principio, no está mal que los seres humanos tengamos nuestras convicciones, nuestras opiniones, pero, al entrar estas en debate con otras, las de otras personas, todos tendemos a abrir nuestro abanico y constatar que había en la realidad más varillas de las esperadas, y, de resultas de todo ello, al ser honestos intelectualmente, ponemos en tela de juicio las tales, tanto las ajenas como las propias.

Bueno, y cuanto ha quedado escrito, negro sobre blanco, en los cinco parágrafos precedentes, ¿a qué diantres viene, si puede saberse, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario? Pues, sencilla y sinceramente, a que este menda es cada vez más escéptico, más compañero de paseo de Pirrón de Elis, según la idea que parió el magín de quien fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1957, Albert Camus: “No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”.

Pirrón, que en su juventud fue pintor (acompañó a Alejandro Magno en su expedición o anábasis), cambió el pincel por el cincel, la pintura por la escultura de ideas. Ojalá alguien me vea a mí también algún día de esa guisa.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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