El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Leyenda de una esquirla puñetera

LEYENDA DE UNA ESQUIRLA PUÑETERA

FUE UNA TARDE DE JUEVES SIN SOSIEGO

Hoy me he levantado de la siesta con el doble propósito o ganas de, amén de llevar la contraria, complementar o completar a un autor por el que siento un aprecio o cariño especial, seguramente, debido al original modo irónico con el que esculpió, talló y trató sus sátiras, Luciano de Samósata, y, por ello, me nace agregar que hay una razón de peso para dejar constancia, negro sobre blanco, de la siguiente mentira o patraña, y es que en el presente texto, en los renglones torcidos que contenga, solo voy a contar y/o dejar pasar verdades como puños.

Sucedió un jueves, en el ecuador de la feria. A media tarde (gracias a Dios, el trabajo escaseaba), en la cafetería “Venus”, de Andosilla, donde era el segundo año en el que prestaba el abajo firmante sus servicios de barman/camarero, durante las fiestas patronales de dicha localidad, tras subir las escaleras que conducían a los baños del local, entrar en uno de ellos y miccionar, me di cuenta de que la orina que expulsaba era roja, o sea, que sangraba. No me alarmé, porque un episodio similar al que acababa de sucederme me había acontecido más veces. Conjeturé o supuse que, de la madre, del cálculo de oxalato cálcico (conmigo se descartó la opción de la bañera y las ondas de choque, esto es, la litotricia, por el tamaño considerable de la piedra, dos centímetros por uno y medio, un “pedrusco”, así la llamó uno de los galenos que me pasó visita, estando convaleciente en el Hospital “Reina Sofía”, de Tudela, no el que me intervino, el doctor Ripa, y me la extrajo en uno de los quirófanos del citado recinto hospitalario), que se me había formado en la pirámide renal izquierda, y que me había empezado a dar problemas, mientras estudiaba, ¡qué casualidad o causalidad!, la carrera de Medicina, en Zaragoza (durante dos domingos seguidos del mes de noviembre, sufrí sendos cólicos de riñón; el médico que me atendió en el servicio de urgencias, que fue el mismo, nada más verme la cara que traía, me diagnosticó: “cólico nefrítico” y, al reconocerme, “¿otro?”; y esa fue, precisamente, la causa por la que me libré de seguir prestando el servicio militar en Araca, Vitoria; he de reconocer que tuve una mili corta, porque llegué un jueves en tren, desde la capital de la Ribera de Navarra, y, al martes siguiente, regresaba en el mismo medio de transporte a mi casa, en Tudela: seis días y cinco noches, unas vacaciones breves; el lunes, a primera hora, fui en autobús al Hospital Militar de Burgos; allí me hicieron dos pruebas médicas, una ecografía y una placa; el coronel médico que me atendió, al entregarme el sobre cerrado con el diagnóstico, me aseveró que estaba exento, por el cálculo mentado, del que luego supe, tras la intervención y el estudio pertinente, su composición, oxalato cálcico); itero, porque, barrunto, al atento y desocupado lector de estas líneas (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él), calculo que le habrá pasado lo mismo que a mí, que se habrá perdido; del cálculo se había desgajado una esquirla, que me estaba horadando la pared del uréter, causa del sangrado.

Durante aquellas mortificantes horas, no hice otra cosa que subir y bajar escaleras y beber agua mineral y mear. Para controlar si echaba o no la piedrecita del demonio, orinaba dentro de un botellín de agua. A la enésima vez que subía, la única en que se me fue el santo al cielo y no cogí el citado botellín o recipiente, fue cuando, por fin, noté (escuché) el ruido característico que hizo esta al chocar contra la loza del urinario. Gracias eternas le fueron dadas por servidor otrora y sigue deseando que le sean dadas ahora a Dios, por esta razón, porque a una hermana, gemela o melliza, de la susodicha, no le brotó la idea de seguir la estela del periplo recorrido o la odisea protagonizada por la puñetera esquirla. Gracias eternas le fueron, son y serán dadas hoy y mañana al Ser Supremo, porque pude terminar la feria trabajando a tope; y, siempre que no me eche el guante ese, más o menos raudo, hurtador de recuerdos que es el alzhéimer, en todo cronotopo o momento y lugar, recordaré aquella tarde de jueves, en la que me sentí como el Manneken Pis, símbolo de Bruselas, sí, pero vestido y más crecidito o talludito.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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